El polvo de Babilonia tenía un sabor distinto. No era el polvo fértil y familiar de las colinas de Judá, que olía a tomillo y a tierra húmeda después de la lluvia de primavera. Este polvo era amargo, metálico, levantado por los carros de guerra y secado por un sol implacable que no conocía la brisa del mar. Se pegaba a la garganta, a las vestiduras raídas, a las lágrimas que, al secarse, dejaban surcos grises en el rostro.
Nos habíamos sentado, un grupo de nosotros, a la orilla de aquellos canales. El Éufrates, ancho y lento, llevaba aguas pesadas, ajenas. Sus riberas no tenían la pendiente amable del Cedrón, sino que eran rectas, artificiales, obras de ingeniería de un imperio que todo lo ordenaba y lo dominaba. Los sauces, sí, allí estaban, con sus ramas largas y tristes, inclinándose hacia el agua como si también ellas cargaran con un peso invisible.
Mis dedos rozaron las cuerdas del arpa, pero no produjeron sonido. El instrumento, que antes resonaba en el atrio del Templo, colgaba ahora de una rama, mudo, cubierto por la misma película de polvo que todo lo envolvía. Era una extensión inútil de mi propio brazo, un miembro paralizado por una nostalgia que tenía la fuerza de una enfermedad física.
Los demás tampoco hablaban. El silencio entre nosotros era espeso, cargado de todos los recuerdos que no nos atrevíamos a nombrar. De repente, uno de los más jóvenes, un muchacho que apenas tenía memoria de Sión, comenzó a tararear una tonada, una canción de vendimia. Fue un acto inconsciente, un destello de vida normal en medio del desarraigo. Pero al instante, los ojos de los más viejos, como el mío, se clavaron en él con un dolor tan intenso que el sonido se quebró en sus labios.
Fue entonces cuando llegaron.
No eran soldados, no exactamente. Eran algunos de nuestros captores, guardianes babilonios de rostros curtidos y adornados con joyas que a nosotros nos parecían grotescas. Venían con sus odres de vino, con la alegría ruda y bulliciosa de quien está en su tierra. Uno de ellos, el de voz más potente, nos señaló con un gesto amplio.
—¡Vamos, judíos! —gritó en su lengua áspera, que nosotros ya comprendíamos por pura supervivencia—. Dicen que vuestros cantos y vuestros dioses son famosos. ¡Cantadnos una de esas canciones alegres de Sión!
La petición cayó entre nosotros como una piedra en aguas estancadas. No hubo respuesta. Miré las arpas colgadas, inertes. ¿Cómo podíamos cantar las canciones de Yahvé en tierra extraña? Cada nota, cada salmo de alabanza, estaba tejido con los olores del incienso del altar, con el eco de los Levitas en los coros, con la visión de las piedras blancas del Templo recortándose contra el cielo azul de Jerusalén. Aquí, bajo este cielo pálido y descolorido, esas canciones se convertirían en una burla, en una profanación. Sería como vestir el manto sagrado de lino fino para un festival de ídolos de barro.
El silencio se hizo más tenso. Los babilonios, molestos por nuestra falta de respuesta, comenzaron a burlarse. Sus risas sonaban como golpes. Uno se acercó y tomó el arpa que colgaba más cerca, la de Josías, un hombre cuya esposa había muerto durante la larga marcha desde Judá. El babilonio la hizo sonar de manera torpe, estridente, produciendo un chirrido que nos hizo estremecer a todos. No era música; era la violación de un recuerdo sagrado.
Fue en ese momento, con ese sonido grotesco atravesando el aire, cuando la memoria me asaltó con una nitidez desgarradora. No era un recuerdo difuso, sino una invasión total de los sentidos. Ya no estaba junto al Éufrates. Estaba en las calles de piedra de Jerusalén, el día que todo se derrumbó. El olor a humo, no a incienso, sino a madera, tapices y casas enteras consumidas por el fuego. El estruendo atronador de las máquinas de asedio golpeando los muros, un latido de muerte. Y después, el silencio más terrible: el silencio que siguió al quebrantamiento final de las puertas. Un silencio roto solo por los gritos, los alaridos de los heridos, el llanto de los niños arrastrados por el suelo, el crujido de las vigas al caer. Y sobre todo, el sonido de las piedras, las mismas piedras sagradas del Templo de Salomón, siendo derribadas una a una por las picas y los arietes, rodando por el Monte Moriá con un rumor sordo y final que parecía sacudir la tierra bajo los pies.
Un gemido escapó de mis labios, sin que yo lo pretendiera. Los demás levantaron la vista. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con la misma imagen de horror. La burla de los babilonios se detuvo por un momento, confundida por la oleada de dolor tangible que emanaba de nuestro grupo.
Entonces, las palabras comenzaron a brotar de lo más hondo de mi ser. No eran un canto. Eran un juramento, una maldición, un pacto férreo forjado en el horno del sufrimiento.
“Si me olvidare de ti, oh Jerusalén…” La voz no me sonaba propia. Era ronca, cargada de todo el polvo del camino. “Pérdida sea mi diestra.” Miré mi mano derecha, la misma que tantas veces había tañido el arpa en alabanza. Que se seque, que se paralice, que sea inútil para siempre si traiciona la memoria de Sión. “Mi lengua se pegue a mi paladar…” Que el órgano de la alabanza y la oración se enmudezca, se adhiera al techo de la boca en una sequedad perpetua, si prefiero entonar una canción de alegría aquí, en el corazón del imperio que la arrasó.
Pero no terminó ahí. El dolor, cuando es tan absoluto, se vuelve oscuro y busca un reflejo. La memoria de los pequeñines de Judá, estrellados contra las rocas por la crueldad de los edomitas que animaban a los babilonios —“¡Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos!”—, hirvió como un veneno en el alma. Y de esa amargura, surgió la última parte, la que ningún salmo de antes habría contenido, la que todavía hoy, al recordarla, me estremece. Una petición terrible, un deseo de justicia sangrienta que nacía de haber visto la injusticia más profana. No era una oración bonita. Era el grito de un hombre roto, que veía en la futura caída de Babilonia el único espejo posible de la caída de su propio mundo.
Los guardias, al no obtener la diversión que buscaban, acabaron por irse, murmurando entre sí sobre la tristeza incorregible de los prisioneros judíos. La noche comenzó a caer sobre Babilonia, tejiendo su manto azul oscuro salpicado de estrellas frías y distantes.
Nadie movió las arpas de las ramas. Allí quedaron, siluetas oscuras contra el cielo crepuscular. Yo cerré los ojos, y en la oscuridad interior, no vi la opulencia de la ciudad de los canales, sino otra vez, con una fidelidad que era a la vez tormento y consuelo, la línea pura y quebrada de los muros de Jerusalén, bajo un sol que ya no existía, escuchando un eco de canciones que solo resonarían, si acaso, en el corazón de Dios. El juramento estaba hecho. Mientras la lengua me sirviera, no sería para cantar aquí. Y si alguna vez volvía a cantar, solo sería junto a las aguas de Sión.




