Biblia Sagrada

El Pacto de la Cera y la Palabra

El sol de mediados de otoño caía a plomo sobre la explanada frente a la Puerta de las Aguas, pero nadie parecía notarlo. Una multitud apiñada, hombres, mujeres y niños capaces de entender, formaba un mar quieto de túnicas polvorientas y rostros sombríos. El aire olía a sudor, a lana caliente y a la tensión palpable de una decisión colectiva. No era el bullicio festivo de la dedicación de los muros, semanas atrás. Aquello había sido un grito de victoria; esto era el susurro solemne de un pueblo que, tras la euforia, miraba al abismo de su propia inconsistencia y sentía vértigo.

Desde mi lugar, entre los levitas, podía ver la espalda ancha de Nehemías, el gobernador. Estaba de pie, junto al sacerdote Esdras, delante del gran rollo de la Ley. Nehemías no era un hombre especialmente alto, pero había en su postura una firmeza de roca que imponía silencio. Su túnica sencilla, manchada por el trabajo de reconstrucción, contrastaba con las vestiduras de lino fino de los sacerdotes. Ese día, todos eran iguales: pecadores necesitados de gracia.

Esdras comenzó a leer. Su voz, envejecida pero clara, surcaba el aire caliente como un cuchillo afilado. No eran solo los Diez Mandamientos, eran las leyes, los estatutos, las ordenanzas olvajadas en el desván de la memoria. Cada palabra era un martillazo en la conciencia. Oí gemidos bajos, un llanto contenido que crecía como un rumor de fuentes subterráneas. A mi lado, un hombre llamado Malquías, tejedor de oficio, se enjugaba los ojos con el dorso de la mano, callos y polvo mezclados con lágrimas.

La lectura fue larga, exhaustiva. El sol fue trepando y luego iniciando su lento declive. Y cuando la última sílaba se disolvió en el aire, no hubo aplausos, ni vivas. Hubo un silencio denso, cargado. Era el silencio que precede a un juramento.

Entonces Nehemías dio un paso al frente. No alzó la voz. La bajó, casi, como si hablara para sí mismo, pero cada palabra llegó a la última fila.

—Hemos oído la Ley —dijo—. Y sabemos lo que hemos hecho, y lo que hemos dejado de hacer.

Su mirada recorrió la multitud, deteniéndose un instante en los rostros de los principales, en los de los comerciantes, en las mujeres que acunaban a sus hijos.

—El muro está terminado. Pero un muro de piedra no protege un corazón infiel. Jerusalén tiene murallas, pero ¿tiene pacto?

Un murmullo de asentimiento, como un susurro de hojas secas, corrió por la plaza.

Fue entonces cuando comenzó el acto más prosaico y, a la vez, más sobrecogedor. Nehemías, con una caligrafía firme y sin adornos, fue el primero. Tomó el documento del pacto, un rollo de piel preparado para la ocasión, y estampó su sello. No un sello real, sino el sello de un siervo: *Nehemías, hijo de Hacalías, el gobernador*. Un chasquido seco de cera caliente. Un acto irrevocable.

Luego, uno a uno, los sacerdotes se acercaron. No en desorden, sino con la pesada dignidad de quien carga con una responsabilidad ancestral. Vi a Sedequías, un hombre de pocas palabras y mirada intensa. A Serías, el anciano jefe de los sacerdotes, cuya mano temblaba ligeramente al presionar el anillo sobre la cera. A Azarías, a Hilcías… Sus nombres y sellos se fueron sucediendo, una letanía de compromiso. No era un ritual vacío. En cada rostro se libraba una batalla: la comodidad de lo conocido contra el riesgo de la obediencia.

Les siguieron los levitas. Josué, Binuy, Cadmiel… hombres como yo, dedicados al servicio pero también a la lucha diaria. Shebanías, un hombre jovial que solía cantar durante los turnos de vigilancia, hoy tenía el ceño fruncido en una concentración feroz. Al firmar, respiró hondo, como quien acaba de sumergirse en aguas profundas.

Luego, los jefes del pueblo. Esta fue la parte más lenta, más deliberada. Parús, un terrateniente de las afueras, conocido por sus tratos a veces dudosos; Pahat-moab, cuyos ancestros se mezclaban con los pueblos vecinos; Elam, Zatu… No todos venían con entusiasmo. En algunos se adivinaba la reticencia, el cálculo mental de lo que este pacto podría costarles. Pero el peso de la asamblea, el ejemplo de los que habían firmado antes, y sobre todo, la memoria aún fresca de las palabras de la Ley, los fue empujando hacia adelante. Firmaban en silencio, y al retirarse, sus ojos buscaban el suelo.

El documento, a medida que se desenrollaba, se iba llenando de marcas de identidad, de pequeñas rúbricas personales, de símbolos familiares. Dejaba de ser un texto abstracto para convertirse en un mosaico de voluntades, frágiles pero unidas.

Y entonces, Nehemías, de nuevo con esa voz que no necesitaba gritar, comenzó a declarar los términos. No eran nuevos. Eran los viejos caminos, desbrozados de la maleza del olvido.

Primero, la cuestión de los matrimonios. “No daremos nuestras hijas a los pueblos de la tierra, ni tomaremos sus hijas para nuestros hijos.” Una mujer a mi izquierda, de nombre Noemí, apretó la mano de su hija adolescente. Lo dijo claro: la fe se transmite en el hogar o no se transmite.

Después, el sábado. “Si los pueblos de la tierra traen mercancías o grano en día de reposo para vender, no compraremos de ellos.” Vi la mirada rápida e incómoda que cruzaron dos comerciantes, Natán y Tobías. Sabía que el mercado sabático, junto a la puerta, era un negocio lucrativo. El sello en el documento significaba, para ellos, que las monedas dejarían de sonar un día a la semana. La obediencia tenía un precio en plata contante.

Y por último, lo que nos tocaba más de cerca a los que servíamos en la casa de Dios: los diezmos, las primicias, la leña para el altar. “No abandonaremos la casa de nuestro Dios.” Era un compromiso práctico, material. La adoración necesita leña, aceite, harina. Necesita que el labrador aparte el primer haz de la cosecha, que el pastor escoja el primogénito sin defecto, que las familias den su parte para que los levitas pudiéramos servir sin distracciones. Un hombre, Pedaías, se ajustó el turbante y asintió para sí mismo. Era agricultor. Sabía lo que costaba apartar lo mejor, cuando la cosecha no había sido abundante.

El sol se ponía ya, bañando de dorado los muros nuevos de Jerusalén, cuando terminó la ceremonia. La multitud no se dispersó de inmediato. Grupos se formaron aquí y allá, hablando en voz baja, no de política o de cosechas, sino de cómo cumplirían lo prometido. Se oían frases como: “Habrá que hablar con el mercader de Tiro…” o “El primer trigo del campo del norte…”.

Al recoger los instrumentos, mi mirada cayó sobre el rollo del pacto, ahora enrollado y atado con un cordón. No era un objeto imponente. Pero contenía la frágil voluntad de un pueblo que, una vez más, elegía ser distinto. Que entendía que los muros eran inútiles si las puertas del corazón estaban abiertas a cualquier viento.

No fue un día de milagros visibles. No cayó fuego del cielo, ni tembló la tierra. Solo fue el sonido de la cera al sellar, el roce de la pluma sobre el papiro, el suspiro de un pueblo que, cansado de caer, decidió atarse a la roca de la Palabra. Un día común, en una ciudad en reconstrucción. Pero allí, en ese acto sencillo y terco de escribir un nombre, residía, lo sabíamos, la única esperanza posible. La esperanza de que, esta vez, la memoria durara más que el cemento entre las piedras.

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