El sol, bajo y anaranjado, comenzaba a quemar la bruma matutina que se aferraba al valle del Jordán. Sentado sobre una piedra lisa, gastada por incontables estaciones, el anciano Eliab ajustó el manto sobre sus hombros, sintiendo el peso de los años no tanto en los huesos, que también, sino en la memoria. Un grupo de hombres jóvenes, sus rostros libres aún de la sombra de las grandes batallas, se había congregado alrededor, sus ojos pidiendo algo más que leyes o reparticiones de tierra. Pedían sentido. Pedían la historia antes de la tierra.
“Ustedes ven llanuras fértiles y colinas cubiertas de viñas”, comenzó Eliab, su voz áspera como corteza de terebinto. “Ven ciudades con murallas reparadas y campos que no siembran otros. Y piensan que así fue siempre.” Escupió suavemente al polvo, un gesto viejo y seco. “Esta tierra tenía dueños. Dueños que llevaban coronas y se creían dioses. Sus nombres pesaban sobre los pueblos como losas de basalto.”
Uno de los jóvenes, un muchacho de cabellos enmarañados llamado Dan, se atrevió a interrumpir. “Nos han dicho de Jericó y de Hai. De los engaños de Gabaón.”
Eliab asintió lentamente, su mirada perdida más allá de ellos, en la línea lejana de montañas al otro lado del río. “Esas fueron las primeras llaves. La puerta que se derrumbó con trompetas y fe ciega, y la amarga lección de un anatema no cumplido. Pero tras esa puerta… se abría una sala llena de tronos.” Hizo una pausa, dejando que el graznido lejano de un cuervo llenara el silencio. “¿Saben lo que es enfrentar un carro de hierro? No un carro, cientos. Cuando avanzan, la tierra tiembla de una manera distinta, un trueno ordenado y metálico que te parte el alma antes de que la lanza te alcance. Así era la llanura, al norte. Jabín, rey de Jasor. No un caudillo de una aldea fortificada. Un rey de reyes, cuya palabra movilizó a Madón, Simrón, Acsaf… una constelación de malignidad aliada contra nosotros.”
Describió entonces, no con la precisión de un escriba, sino con las imágenes torpes y vívidas de quien ha estado allí. El olor a miedo y sudor frío mezclado con el aroma dulzón de los arrayanes machacados por los cascos de los caballos. El resplandor cegador del sol sobre el metal de las hoces unidas a los ejes de los carros. El grito de Josué, no como un clamar de victoria segura, sino como un rugido desgarrado contra el miedo, ordenando que les desjarretaran los caballos. Y cómo, al final, fue el humo lo que dominó todo. Humo de Jasor, la grande, quemada hasta los cimientos. Un humo espeso que subió como una columna torcida hacia el cielo, una ofrenda involuntaria al Dios vivo.
“Pero no fue solo el norte”, continuó, cambiando de postura con un quejido sordo. “La tierra tiene memoria en sus piedras. Allá, hacia la costa, donde el aire huele a sal y a comercio, estaban los reyes del mar. No menos feroces. Uno a uno, sus fortalezas cayeron. No siempre en batalla campal. A veces era el asedio, lento y agotador; el tiempo y el hambre como armas silenciosas. La ciudad de Gezer… sus muros eran como los dientes de Leviatán. Pero hasta los dientes se rompen.”
Su relato se volvió entonces un murmullo, casi monótono, como si enumerara los nombres de antiguos enemigos ahora convertidos en polvo y leyenda. No los recitó todos, los fue sacando de la memoria como quien saca piedras de un zurrón, cada una con una textura distinta. El rey de Jerusalén, aquel bastión casi inexpugnable en la montaña. El de Hebrón, entre los encinares de Mamré donde nuestro padre Abraham una vez hospedó ángeles. El de Laquis, donde las cartas de angustia escritas en ostracón no pudieron salvarles. El de Eglón, la ciudad del becerro. Hasta treinta y uno. Treinta y un nombres que antes hacían temblar.
“¿Y por qué?” preguntó otro joven, su voz vacilante. “¿Por qué ellos y no nosotros?”
Eliab lo miró, y por primera vez una sonrisa leve, llena de arrugas profundas, le cruzó el rostro. “¿Crees que fue por nuestra fuerza? Mira mis manos.” Las extendió, temblorosas, surcadas de cicatrices blancas y callos. “Estas manos mataron y temblaron. No. Fue por la promesa. Por el juramento hecho a un hombre llamado Abraham bajo un cielo lleno de estrellas. Esta tierra, cada palmo de ella, desde el desierto árido del sur hasta las nieves del Hermón, desde el río que nos da vida hasta la costa de los grandes barcos, fue señalada. Ellos…”, hizo un gesto vago con la mano, abarcando el horizonte, “se habían entregado a una podredumbre tal que la tierra misma gritaba bajo su peso. Su justicia era el capricho; su religión, un terror sin esperanza. Nosotros… nosotros éramos el instrumento. El hacha en la mano del leñador. No se enorgullezcan de la hacha. Recuerden la mano que la blande.”
Se levantó entonces, con dificultad, apoyándose en un bastón de almendro silvestre. Los huesos le crujieron. “Ahora ustedes heredan la tierra que ellos perdieron. No es un trofeo. Es un depósito sagrado. Un lugar para descansar, sí, pero para un descanso vigilante. Porque cada ciudad conquistada, cada rey derrotado, está escrito no para inflar nuestro pecho, sino para recordarnos nuestra fragilidad y Su fidelidad. No construyan sobre sus ruinas sin recordar sus nombres. Porque en ese recuerdo está la semilla de la humildad.”
Y dando la espalda a los jóvenes, que permanecieron sentados, absorbidos en un silencio nuevo y pesado, Eliab comenzó a caminar cojeando hacia su tienda. El sol ya estaba alto, y el calor disipaba la última neblina, revelando la tierra prometida en toda su extensión verde y dorada. Una tierra que, por un momento, bajo el relato del anciano, había vuelto a estar llena de sombras, de estandartes enemigos y del estruendo de carros que ya no rodarían nunca más. Solo el viento, susurrando entre las espigas, contaba ahora otra historia.




