Biblia Sagrada

El Mensaje de Corinto

El aire en el puerto de Cencreas olía a sal, a pescado seco y a madera mojada. Andrónico caminaba con paso cansado entre las sombras alargadas del atardecer, el rollo de cuero apretado contra su pecho. La carta pesaba más que el físico, como si las palabras grabadas en su interior estuvieran hechas de plomo. No era la primera vez que llevaba un mensaje del Apóstol, pero esta… esta tenía una urgencia distinta, una especie de dolor contenido que traspasaba el pergamino.

Había llegado a Corinto una semana antes, encontrando una iglesia próspera, vibrante, pero también cómoda. Se hablaba mucho de dones, de conocimiento, de libertad. Se celebraban comidas en casas amplias con vistas al istmo. Pero en sus rincones, Andrónico había percibido un desgaste sutil, como la sal que pierde su sabor. Una impaciencia hacia los métodos de Pablo, una vergüenza solapada hacia las cicatrices que el Apóstol llevaba en el cuerpo y que eran el mapa de su ministerio.

Sentado en un rincón del taller de Aquila y Priscila, ahora vacío y lleno del olor a lana y tinte, Andrónico desenrolló el mensaje. No lo leyó. Ya lo conocía casi de memoria. En cambio, cerró los ojos y dejó que los recuerdos le trajeran la voz áspera y ardiente de Pablo, dictando esas palabras entre los sollozos de un invierno en Macedonia.

* * *

“No recibáis en vano la gracia de Dios…”

Pablo no estaba en una sinagoga adornada ni en un foro. Estaba en una buhardilla mal iluminada de Filipos, con el vendaje de la última paliza aún manchado de un rojo oscuro en su hombro. Tito escribía con mano rápida, pero Pablo hablaba pausado, como midiendo cada sílaba. Afuera, el viento silbaba.

“Porque él dice: ‘En tiempo favorable te he escuchado, y en día de salvación te he socorrido’. He aquí, ahora es el tiempo favorable. He aquí, ahora es el día de salvación.”

El Apóstol hizo una pausa y miró por la estrecha ventana. No era una mirada de teólogo, sino de un hombre que sabe lo que cuesta cada minuto de ese “tiempo favorable”. Andrónico, que servía un poco de agua, vio cómo sus nudillos se ponían blancos al agarrar el borde de la mesa de madera tosca. Pablo se volvió, y su voz cambió. Ya no era solo exposición. Era defensa. Era una herida abierta.

“No damos a nadie motivo de tropiezo en nada, para que nuestro ministerio no sea censurado. Antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: en mucha perseverancia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos…”

Y ahí, Pablo comenzó a enumerar. Pero no era una lista de méritos. Era un inventario de despojos. Cada palabra salía con el sabor amargo de una memoria viva. “En azotes” – Andrónico recordaba los latigazos en Filipos, la carne desgarrada. “En cárceles” – el frío y la oscuridad del calabozo, las canciones a medianoche. “En trabajos” – las manos encallecidas del fabricante de tiendas, temblando de cansancio al final del día. “En desvelos” – las largas noches discutiendo con judíos helenistas o consolando a un creyente agonizante. “En ayunos” – el hambre voluntaria y la involuntaria, cuando no llegaba el sustento.

Pero entonces, la voz de Pablo, ronca, adquirió un tono extraño, casi paradójico. Un fuego en medio del despojo.

“…en pureza, en conocimiento, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios…”

Era como si, de cada herida, brotara un fruto. La cárcel no produjo amargura, sino pureza. Los azotes no endurecieron, sino que afinaron el conocimiento de la fragilidad humana. El desvelo no generó irritación, sino longanimidad. Andrónico lo veía claro ahora, en el silencio del taller corintio: Pablo no se jactaba de sus sufrimientos, sino de lo que Dios había hecho en ellos, a través de ellos, a pesar de ellos. El poder no estaba en la evitación del dolor, sino en su transfiguración.

La enumeración continuó, y el contraste se hizo casi brutal, como un puñal de dos filos.

“…con las armas de la justicia, a diestra y siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como impostores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero he aquí, vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.”

*Impostores, pero veraces.* Andrónico suspiró. En Corinto, algunos murmuraban que Pablo cambiaba de discurso según la audiencia, que no era claro. *Moribundos, pero he aquí, vivimos.* ¡Cuántas veces le habían dado por muerto! Y ahí seguía, una llama tenaz que el viento no lograba apagar. *Entristecidos, pero siempre gozosos.* Esa era la clave. Una tristeza que no negaba el dolor presente, un gozo que no dependía de las circunstancias. Un misterio.

Y entonces, llegaba la súplica, el corazón de la carta que ahora reposaba en sus manos. La voz de Pablo en el recuerdo se quebró ligeramente, no de debilidad, sino de una intensidad abrumadora.

“Nuestra boca se ha abierto a vosotros, corintios; nuestro corazón se ha ensanchado. No estáis estrechos en nosotros, pero sí estáis estrechos en vuestro propio corazón. Pues, para corresponder del mismo modo —como a hijos hablo— ensanchaos también vosotros.”

Andrónico miró el rollo. Ahí estaba. La queja no era por el rechazo de los enemigos, sino por la frialdad de los hijos. Les había dado todo, se había desnudado por completo, y ellos le respondían con la prudencia medida de quienes calculan beneficios. Les ofrecía un corazón de padre, y ellos le medían con la vara de un orador.

El final fue un golpe seco, un mandato que resonaba como un portazo en el alma:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos. Porque, ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión, la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia, Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo, el templo de Dios con los ídolos?”

No era un llamamiento al aislamiento, sino a la identidad. No podían beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podían vivir con un pie en la gracia exigente y otro en la comodidad negociadora de Corinto. La separación no era física, sino de lealtad. De esencia.

“Por lo cual, ‘salid de en medio de ellos y apartaos’, dice el Señor. ‘Y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas’, dice el Señor Todopoderoso.”

* * *

Un ruido en la calle devolvió a Andrónico al presente. El taller estaba a oscuras. Enrolló la carta con cuidado, sintiendo la textura áspera del cuero. Mañana la leería en la asamblea. No sería fácil. Hablaría de azotes y cárceles a hombres que discutían sobre retórica. Hablaría de pureza y amor sincero en medio de disputas por preeminencia. Hablaría de un corazón ensanchado que chocaba contra corazones estrechos por el cálculo.

Pero también llevaba la promesa final, la que daba sentido a toda la exigencia: “Yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre”. No era la invitación a un club, sino a una filiación. No a un estatus, sino a un abrazo.

Andrónico salió a la frescura de la noche. Las estrellas sobre Corinto eran las mismas que sobre el calabozo de Filipos. El tiempo favorable no era una estación del año, sino la postura de un corazón que, en medio de la tribulación o la comodidad, decide vivir como hijo. Aunque duela. Aunque cueste. El mensaje no era una reprimenda, sino una llamada a volver a casa. Y él, el simple portador, tenía que creerlo primero, antes de pronunciar una sola palabra.

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