La palabra del Señor vino a Jonás por segunda vez, y era como un golpe seco en el costado, un despertar brusco de aquel letargo de culpabilidad que lo envolvía desde su travesía en el vientre del gran pez. No hubo saludo, ni preámbulo. Solo la orden, clara y pesada como una losa: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclámale el mensaje que yo te diga».
Jonás se levantó. Los huesos le crujieron, no tanto por la edad, sino por el peso de la obediencia tardía. El recuerdo del agua salada, de la oscuridad vegetal y viscosa, del canto lastimero que había brotado de sus entrañas en aquel sepulcro vivo, lo impulsaba ahora a moverse. No era valor, sino la sombra de un terror más grande que el miedo a los asirios.
Emprendió el camino hacia el este, una figura demacrada y curtida por el sol y la sal. Su túnica, aunque limpiada, conservaba en los pliegues un tenue olor a algas y a profundidad. Atravesó llanuras polvorientas donde el viento silbaba su canción vacía, y cruzó ríos de aguas marrones y lentas. Con cada paso, Nínive crecía en su mente no como una ciudad, sino como un monstruo echado sobre la llanura, un cáncer de piedra y humanidad orgullosa. La odiaba. La temía. Y en el fondo de su alma, un rencor pequeño y duro como guijarro temía algo aún más: que Dios, en su insondable y desconcertante misericordia, pudiera perdonarla.
Al tercer día de caminata, el olor llegó antes que la vista. Un olor a humo de mil hornos, a aceite caliente, a excrementos de animales amontonados, a sudor de multitud y a incienso espeso quemado para dioses con cabezas de animal. Luego, en el horizonte, la mancha gris se hizo forma, y la forma se hizo muralla. Nínive. La visión le cortó la respiración. No era solo grande; era desmesurada, obscena en su extensión. Una ciudad de tres días de camino, decían los mercaderes. Jonás, al verla, lo creyó. Sus muros, altos como colinas, parecían contener un rugido sordo, el rumor de una olla a presión donde hervían la crueldad, la riqueza y el pecado del mundo.
Atravesó una de las enormes puertas, abrumado por el estruendo. El trajín era un golpe físico: carros de guerra con ruedas reforzadas con hierro chirriando sobre los adoquines, soldados asirios de barbas rizadas y miradas duras como el basalto, mercaderes pregonando telas de Babilonia y estaño de lejanas tierras, sacerdotes caldeos con rostros tatuados, niños semidesnudos correteando entre las piernas de camellos cargados. El aire, espeso y caliente, vibraba con una energía brutal y vital. Jonás se sintió una mota de polvo, un insecto insignificante en el vientre de la bestia.
No esperó. No buscó al rey primero, ni a los nobles. La orden era clara: proclamar el mensaje. Y un fuego extraño, no de compasión sino de la urgencia de quien ha sido enviado aun en contra de su voluntad, se encendió en él. Subió a una pequeña elevación junto a una plaza abarrotada, cerca de un mercado de esclavos donde hombres encadenados miraban al suelo. Tomó aire, y su voz, áspera por el camino y el miedo, se alzó cortando el bullicio como un cuchillo desafilado.
«¡Cuarenta días!» gritó. No era un sermón. Era un anuncio seco, una sentencia. «¡Nínive! ¡Escucha la palabra del Dios de los cielos, el Dios de Israel, el Dios que hizo el mar y la tierra seca!»
Algunos se detuvieron, curiosos. Un vendedor de dátiles dejó de vocear. Un soldado se volvió con desdén.
«¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida! ¡Volteada! ¡Hecha polvo!»
Las palabras caían como piedras. «Destruida». «Volteada». No hablaba de juicio futuro, de advertencia retórica. Hablaba de un fin concreto, inminente, físico. La ciudad entera, con sus palacios recubiertos de láminas de bronce, sus templos obscenos, sus gigantescos toros alados, reducida a escombros humeantes. Algo en la voz de Jonás, una cualidad rota, la marca invisible de su propia experiencia en el abismo, llevaba un sello de verdad terrible. No parecía un fanático, sino un mensajero que había visto el rostro de aquel que lo enviaba, y ese rostro era capaz de todo.
La noticia no se propagó como un rumor; se propagó como un incendio en un campo de trigo seco. De la plaza al mercado, del mercado a los barrios de los artesanos, de ahí a las colinas donde vivían los ricos. Al atardecer del primer día, un temor palpable, un frío repentino, había comenzado a descender sobre la gran ciudad. No era el miedo a un ejército enemigo—eso lo habrían comprendido, lo habrían enfrentado con sus lanzas y su arrogancia. Era un miedo a lo invisible, a lo inapelable. El desconocido Dios de un pueblo lejano había fijado su mirada en ellos, y había hablado.
Al día siguiente, Jonás recorría las calles, repitiendo su mensaje único, monótono, implacable. Y entonces vio el primer signo. Un comerciante, su stand de telas finas abandonado, sentado en el polvo con la cabeza cubierta de cenizas. Luego otro. Y una mujer que lloraba sin sonido, rasgándose el vestido. El terror se estaba organizando en penitencia.
Para el tercer día, Nínive era irreconocible. El rugido de la actividad había sido reemplazado por un silencio denso, roto solo por llantos y cánticos de lamento. No había distinción. El rey, desde su trono, al escuchar las palabras del profeta hebreo, se levantó, se despojó de su manto púrpura, se vistió de cilicio—esa áspera tela de saco—y se sentó personalmente sobre un montón de cenizas, aquel símbolo universal de mortalidad y duelo. Luego decretó, y los heraldos lo pregonaron por toda la ciudad:
«Por orden del rey y de sus nobles: Que ni hombres ni animales, bueyes ni ovejas, prueben bocado alguno; no pasten ni beban agua. Que se cubran de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios con todas sus fuerzas. Que cada uno se aparte de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quién sabe! Tal vez Dios se vuelva atrás, se arrepienta y aplaque el ardor de su ira, y no perezcamos.»
Era un espectáculo que helaba la sangre y conmovía el alma. La ciudad más poderosa y temida de la tierra, postrada. Los soldados más fieros, llorando con sus yelmos puestos al lado, sus espadas olvidadas. Los mercaderes más avaros, dejando sus riquezas. Los animales, confundidos, mugiendo débilmente bajo los jirones de cilicio que les habían colocado, sintiendo el ayuno y la tensión de sus dueños. El olor a incienso idolátrico fue barrido por el olor a polvo, a lágrimas y a esperanza desesperada.
Jonás lo veía todo. Recorría las calles silenciosas, y su mensaje ya no necesitaba ser gritado. Flotaba en el aire. Y en su corazón, en lugar de la satisfacción del deber cumplido o la compasión por el pueblo arrepentido, una amargura profunda comenzaba a fermentar. Lo había predicho, sí. Pero esto… esta humildad masiva, este arrepentimiento colectivo y grotesco, era el preludio no de la destrucción que él había anunciado con un secreto y terrible deseo, sino de lo que él más temía.
Desde la colina más alta de la ciudad, donde los olivos polvorientos ofrecían una vista de todo el valle, Jonás vio los cuarenta días pasar, uno a uno, como gotas pesadas de agua cayendo en un charco de aceite. El sol salía y se ponía sobre una Nínive vestida de duelo. El clamor, sincero y desgarrador, subía hacia el cielo como una columna de humo de un sacrificio general.
Y entonces, el día cuarenta y uno amaneció con una calma extraña. No hubo truenos. No hubo terremoto. No cayó fuego del cielo. Las murallas seguían en pie. Los palacios no se habían derrumbado. Solo el canto de un gallo, lejano, rompió el silencio del alba. La ciudad, exhausta, comenzaba a levantar la cabeza, a mirarse a sí misma con incredulidad.
Dios había visto. Había visto el cilicio, había oído el clamor que salía de entre la violencia y el arrepentimiento auténtico. Y se había arrepentido—la palabra humana para un misterio insondable—del mal que había dicho que les haría. No lo hizo.
La sentencia fue revocada. Nínive respiró. Y Jonás, al pie del olivo, sintió que el sol de aquella mañana, tibio y dorado, no calentaba su piel. Solo iluminaba, con una claridad cruel, la vasta y desoladora extensión de la misericordia de Dios, un mar infinito contra el cual su propia justicia, su rencor, su deseo de fuego purificador, no eran más que un guijarro pequeño y negro, arrojado inútilmente a sus profundidades. La ciudad vivía. Y él, el profeta exitoso, el único predicador de la historia que había convertido a toda una metrópoli con cinco palabras, se sintió más vacío, más derrotado, y más solo que en las entrañas mismas del gran pez.




