Biblia Sagrada

El Grito de las Trompetas

La tierra olía a lluvia pasada y a polvo levantado por miles de pies. Abías, rey de Judá, se plantó en la ladera del monte Zemaraim, con la vista clavada en el horizonte donde la sombra del ejército de Israel se extendía como una mancha de aceite. No era un hombre de guerra, su rostro más bien reflejaba la fina palidez de los administradores y los estudiosos de la ley, pero en sus venas corría la sangre de David, y en ese momento, esa sangre parecía cantar con un ritmo antiguo y belicoso.

A su alrededor, cuatrocientos mil hombres escogidos, guerreros valientes, afilaban espadas, ajustaban correas de cuero y murmuraron oraciones entre dientes. Frente a ellos, al otro lado del valle que separaba los reinos hermanos y enemigos, Jeroboam, hijo de Nabat, había dispuesto a ochocientos mil de los suyos, guerreros aguerridos, con la confianza de quien se cree dueño de la historia. La superioridad numérica era clara, aplastante. Un observador neutral habría sellado el destino de Abías en ese instante.

Pero Abías no era neutral. Subió a una prominencia rocosa, donde la brisa jugaba con los flecos de su manto púrpura. No gritó. Su voz, cuando llegó, fue extrañamente clara, cortando la tensión previa a la batalla como un cuchillo afilado corta un lienzo tenso.

—¡Escúchenme, Jeroboam y todo Israel! —comenzó, y el eco llevó sus palabras hacia las líneas enemigas—. ¿No saben acaso que Yavé, el Dios de Israel, ha dado el reino a David y a sus hijos para siempre, mediante un pacto de sal, un pacto irrevocable?

Describió entonces, con una precisión de escriba, la rebelión de Jeroboam contra Roboam, hijo de Salomón. No era solo una lucha por el poder, argumentaba; era un rechazo directo a la soberanía divina. Habló de los becerros de oro en Betel y en Dan, ídolos mudos puestos por hombres temerosos. Y luego, con un gesto que abarcó a sus propias tropas, declaró:

—Nosotros, en cambio, no hemos abandonado a Yavé. Sus sacerdotes, los hijos de Aarón, ministran ante Él, y los levitas están en su servicio. Cada mañana y cada tarde presentan holocaustos a Yavé, queman incienso aromático y disponen los panes de la proposición sobre la mesa pura. Nosotros guardamos los mandamientos de Yavé, nuestro Dios. Pero ustedes lo han abandonado.

Se hizo un silencio denso, cargado. No era el silencio del respeto, sino el de una ira contenida. Desde las filas de Israel se oyó el sonido metálico de una espada siendo desenvainada. Jeroboam, astuto y práctico, no estaba para discursos teológicos. Mientras Abías aún hablaba, de fijar la verdad en el aire, él ya había movilizado una parte de su ejército. Un grupo de lanceros y arqueros comenzó a desplegarse en un lento y mortal movimiento de tenaza, para caer sobre Judá por delante y por la retaguardia a la vez.

La visión fue aterradora. El ejército de Judá, viéndose cercado, el discurso de su rey ahogado por el ruido de armaduras y el golpeteo de los escudos contra los muslos del enemigo, sintió el primer escalofrío del pánico. Los rostros, antes resueltos, se demudaron. El número, al fin, imponía su lógica férrea.

Pero Abías, en el centro de aquel círculo que se estrechaba, no bajó la mirada. Con una fe que parecía surgir de lo más profundo de la tierra, gritó una orden que fue casi un gemido de súplica y un rugido de autoridad a la vez. Los sacerdotes, que estaban entre las tropas, no con espadas, sino con trompetas de plata, levantaron los instrumentos. No era la señal para cargar. Era la señal para clamar.

Y clamaron. Un sonido no de guerra, sino de adoración desesperada y confiada. Un sonido que rasgó el aire cargado de violencia. «¡A Yavé, nuestro Dios!» Y entonces, como si el grito y el sonido de las trompetas hubieran tocado un resorte oculto en la realidad, sucedió.

No fue un terremoto. No fue un rayo. Fue algo más sutil y a la vez más devastador. En las filas de Israel, en el preciso momento en que la tenaza debía cerrarse, el orden se quebró. Una confusión inexplicable, nacida del pavor, se apoderó de los hombres de Jeroboam. El que debía avanzar retrocedió. El que debía lanzar su jabalina la dejó caer. La coordinación se desvaneció, y en su lugar surgió el caos de un rebaño cegado por un relámpago. Vieron algo, o sintieron algo, que las crónicas no detallan: quizás la sombra alada de un ángel exterminador, quizás solo la certeza abrumadora de haber apostado contra el Dios verdadero.

Fue entonces cuando los hombres de Judá, sintiendo renovarse sus fuerzas como de una fuente oculta, lanzaron el grito de guerra. Ya no era una batalla, era una ejecución. Cargaron contra un enemigo que ya no peleaba, que huía despavorido hacia el norte, hacia las ciudades que creían seguras. La carnicería fue terrible. Quinientos mil hombres escogidos de Israel cayeron aquel día, una cifra monstruosa que hablaba menos del poder militar de Judá que del juicio fulminante que había caído sobre la rebelión y la idolatría.

Abías, al ver huir a Jeroboam, persiguió al rey derrotado. Tomó ciudades: Betel, Jesana, Efrón, con sus aldeas. Las fortificó y puso guarnición. Por un tiempo, la frontera se estabilizó. La fama de Yavé, y en cierta medida la de Abías, se extendió. Jeroboam, herido en cuerpo y espíritu, no volvió a recuperar su poder durante los días de Abías. La mano de Dios, ciertamente, lo había golpeado.

Al caer la tarde, en el campo sembrado de cadáveres y despojos, los sacerdotes de Judá volvieron a levantar sus trompetas. Esta vez no era para la guerra, sino para un canto lastimero y solemne de gratitud. El olor a sangre y tierra húmeda se mezclaba con el humo de los últimos rescoldos de las hogueras. Abías, de pie entre los suyos, ya no parecía el orador del monte. Parecía un hombre muy viejo, cargado con el peso de una victoria que no era suya, contemplando el terrible y misericordioso rostro de la justicia divina, que se había inclinado, por esa vez, sobre los campos de Zemaraim.

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