El calor, ese día en el monte Gilboa, no era el de un sol vivificante, sino el aliento pesado de un horno. La tierra agrietada olía a polvo, a hierba chamuscada y a metal. Desde lo alto, donde Saúl había hecho plantar su tienda la noche anterior, se veía el valle de Jezreel extendiéndose como un tapiz de muerte. Allí abajo, moviéndose con la paciencia terrible de una marea, estaban los filisteos. Sus carros relucían como escamas de bronce bajo la luz implacable.
Saúl, alto aún pero como un roble carcomido por dentro, observaba. La túnica púrpura, ya deslustrada, le pesaba más que una armadura. Los años de sombra en su espíritu, aquel silencio de Dios que gritaba en sus entrañas, habían cavado surcos más profundos en su rostro que cualquier batalla. Recordaba, con una punzada que le secaba la boca, al pastor rubio de Belén. A David. La melodía de su arpa era ahora un rumor lejano, ahogado por el estruendo de los carros que comenzaban a avanzar.
La batalla no fue un encuentro, fue un desmoronamiento. Las líneas hebreas, carentes del corazón que antes las unía, cedieron como arena ante la marea filistea. Los gritos de los heridos se mezclaban con el chasquido de las lanzas rompiendo escudos de madera. Saúl, viendo caer a sus hombres como espigas segadas, sintió el pánico, antiguo y familiar, trepando por su garganta. Pero no era el pánico de un joven inseguro, sino el terror frío de un hombre que sabe que ha jugado su última pieza y ha perdido.
Un grupo de arqueros filisteos, hábiles como cazadores, fijó su atención en la figura real. Saúl lo notó. El aire a su alrededor se espesó, silbando con el paso de las flechas. Una le atravesó el manto, clavándose en la tierra a sus pies. Otra rasgó el aire junto a su oído. Entonces, un dolor agudo y húmedo, como un hierro al rojo, le traspasó el vientre. Miró hacia abajo y vio la pluma gris de una flecha sobresaliendo de su costado. No cayó de inmediato. Se apoyó pesadamente en su lanza, la vista nublándose. El mundo se redujo al crujido de la madera bajo su peso, al sabor a cobre en su boca, al eco lejano de una pregunta sin respuesta: «¿Por qué me has desamparado?»
Jonathan, su fuerza y su luz, había caído más abajo, en lo más crudo de la refriega. Alguien, con voz desgarrada, le gritó al rey que su hijo estaba muerto. Saúl no lloró. El dolor ya era un país demasiado vasto para las lágrimas. Volvió la cabeza hacia su escudero, un muchacho pálido cuyos ojos brillaban con un miedo animal. «Desenvaina tu espada», dijo el rey, con una calma terrible. «Acábame. No quiero que vengan esos incircuncisos a burlarse de mí.»
El joven retrocedió, temblando. No podía. Su mano, habituada a sostener el escudo, se negaba a empuñar el arma contra el ungido. Saúl, con un último resto de fuerza que le brotó de la desesperación, gruñó. Tomó su propia espada, apoyó la culata en la tierra resecha, y se dejó caer sobre la punta. El acero frío encontró un camino entre sus costillas. Un sonido áspero escapó de sus labios, y su cuerpo, aquel cuerpo que una vez había sobresalido sobre todo Israel, se desplomó como un fardo.
El escudero, presa del horror absoluto, miró al rey muerto, luego a los filisteos que ascendían ya por la ladera. No había escape. Con un gemido que era también una oración, tomó su espada y siguió a su señor.
La noticia corrió más rápido que los fugitivos. Al otro lado del Jordán, en la ciudad de Jabes de Galaad, los ancianos se reunieron al caer la tarde. Recordaron. Recordaron la primera hazaña de Saúl, recién ungido, cuando rescató a esta misma ciudad de la ignominia. Un deber de honor, antiguo y sagrado, pesó sobre ellos. No era lealtad al rey que había sido, sino gratitud al hombre que había sido.
De noche, los hombres más valientes de Jabes cruzaron el río. Se movieron como sombras entre los restos del campamento filisteo, que resonaba con cantos de victoria y el olor a carne asada. En Beth-sán, en los muros, habían colgado los cuerpos desnudos y mutilados de Saúl y sus hijos, trofeos para los cuervos y la burla. El corazón les hubiera gritado de rabia, pero el silencio era su arma. Con manos firmes y ojos secos, descolgaron aquellos restos que ya no eran reyes, sino simplemente hermanos. Los envolvieron en lienzos limpios. Los trajeron de vuelta a Jabes y allí, bajo una encina anciana, les dieron fuego y sepultura. Y ayunaron siete días, no solo por el luto, sino por el fin de una era.
La crudeza del relato, como el filo de la espada que acabó con Saúl, no busca adornos. La historia se cuenta así, sin suavizar los detalles, porque en ellos reside la lección. El cronista, desde la perspectiva del tiempo y la ruina, añade al final la clave que despeja cualquier misterio: aquella muerte no fue un accidente de la guerra, ni siquiera la simple derrota de un hombre. Fue la respuesta. Fue el pago por la infidelidad persistente, por haber buscado respuestas en voces muertas en lugar de en el Dios vivo, por no haber guardado la palabra. El reino, así, sería arrancado de su casa y dado a otro. A un pastor de Belén, cuyo corazón latía al ritmo del Altísimo. En la llanura de Jezreel, entre el polvo y la sangre, se cerró un capítulo marcado por la sombra. Y lejos, en los campos de Judá, un nuevo cantar comenzaba a gestarse.




