Biblia Sagrada

Zanjas de Agua Roja

El sol, un disco de bronce impiadoso, aplastaba el desierto de Edom. No era el calor vivificante de la cosecha, sino una sequía voraz que hendía la tierra y cuarteaba las gargantas de los hombres y de sus bestias. Joram, rey de Israel, hijo de Acab, sentía ese peso sobre su armadura y sobre su alma. No había heredado la devoción de su padre a Baal, había quitado la piedra sagrada que Acab erigió en Samaría, pero su corazón aún cojeaba, titubeante entre la tradición de Jacob y las sombras de los dioses cananeos. Ahora, su ejército, una serpiente de polvo y metal, se arrastraba por la ruta sur, acompañado por el piadoso Josafat, rey de Judá, y por el rey de Edom, un aliado incómodo y necesario.

La campaña contra Mesa, rey de Moab, que se había rebelado negando el tributo, se torcía hacia el desastre. Siete días de marcha circular, buscando una ruta de ataque, y los odres de agua eran solo pieles vacías y crujientes. La sed es un jefe de ejército más implacable que cualquier espada. Los caballos bajaban la cabeza, sus ollares resecos; los hombres caminaban con la mirada vidriosa, escudriñando el horizonte en busca de un charco, de un oasis, de cualquier señal de humedad que fuera más que un espejismo danzante.

—¿Acaso ha convocado Jehová a estos tres reyes para entregarlos en mano de Moab? —musitó Joram, y su voz sonó a grava. La desesperación le hacía recaer en la mentalidad de su madre, Jezabel: todo era capricho de una deidad vengativa.

Josafat, cuyo rostro estaba curtido por el sol pero no por la desesperanza, movió la cabeza con lentitud. —¿No hay aquí algún profeta de Jehová, para que consultemos por medio de él?

Un oficial israelita, con los labios agrietados, habló: —Aquí está Eliseo, hijo de Safat, que vertía agua en las manos de Elías.

El nombre cayó como una sombra fresca. Joram lo conocía. No era un profeta de corte, sino un hombre del desierto, heredero de un espíritu indomable. «Sirve al Dios de tu padre», dijo Joram con una mezcla de desdén y urgencia, cuando los tres reyes, descabalgaron y se acercaron a la tienda modesta donde moraba el profeta.

Eliseo salió. No era un hombre imponente en estatura, pero su mirada era como el cauce seco de un torrente: parecía vacío, pero contenía la memoria de la furia del agua. Miró a Joram y su expresión se endureció. —¿Qué tengo yo contigo? Ve a los profetas de tu padre y a los profetas de tu madre.

La humillación fue pública. Joram se quedó inmóvil, pero fue Josafat quien, con una humildad que no era debilidad, intervino. —No digas eso, porque Jehová ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab.

La presencia del rey de Judá, hombre de fe genuina, ablandó el ánimo del profeta. Por respeto a Josafat, Eliseo accedió. Pero pidió un tañedor. Un músico con un arpa. Era un detalle extraño, humano, imperfecto. No una invocación grandilocuente, sino el sonido tembloroso de unas cuerdas en el aire seco. Y mientras el músico rasgueaba una melodía que parecía evaporarse al nacer, la mano de Jehová vino sobre Eliseo.

Sus ojos, antes afilados como pedernal, se suavizaron, mirando más allá del desierto inmediato. —Así ha dicho Jehová: Abrid muchas zanjas en este valle. Porque no veréis viento, ni veréis lluvia, pero este valle se llenará de agua, y beberéis vosotros, vuestras bestias y vuestro ganado.

La orden era absurda. Cavar zanjas bajo ese sol, con la lengua pegada al paladar, era una locura. Pero era una locura con una promesa adjunta. Josafat asintió de inmediato. El rey de Edom, pragmático, no vio otra opción. Y Joram, sin fe pero sin alternativa, ordenó a sus hombres que tomaran picos y palas.

El trabajo fue una tortura. El polvo se elevaba en nubes espesas, mezclado con el jadeo de los soldados. La tierra, dura como hierro, cedía centímetro a centímetro. Las zanjas parecían heridas abiertas en la faz del mundo, bocas sedientas que clamaban al cielo vacío. Algunos hombres murmuraban, otros cavaban con la desesperación de quien cumple un rito sin sentido. Al atardecer, una red de surcos innaturales cruzaba el valle, un monumento a la obediencia ciega o a la última esperanza.

La noche cayó, fría y estrellada. No había nubes. Ningún aroma a lluvia en la brisa. Los hombres se arrebujaron junto a sus monturas, bebiendo sorbos mezquinos de lo último que quedaba, saboreando la derrota. La promesa del agua parecía, ahora sí, el sueño de un loco.

Pero Jehová no obra siempre con estruendo. Algunas veces lo hace en silencio, desde lugares insospechados. Muy lejos, en las montañas de Edom, hacia la tierra de Moab, cayó una lluvia torrencial. Un aguacero que nadie en el campamento vio ni escuchó. Esa agua, en vez de empapar la tierra sedienta de aquellas cumbres, corrió por las laderas pedregosas, se canalizó en arroyos furiosos, y siguiendo la inclinación secreta del terreno, comenzó a viajar hacia el valle donde dormían los ejércitos exhaustos.

Antes del amanecer, un sonido despertó a los centinelas. No era el viento. Era un murmullo profundo, un rumor de piedras arrastradas, de tierra empapada. Luego, un brillo. A la luz de la luna menguante, las zanjas vacías comenzaron a reflejar el cielo. Se llenaban. Lentamente, de forma milagrosa y terrenal a la vez. Agua rojiza, cargada del barro de Edom, fluía y se depositaba en los surcos cavados con fe. Al principio, un hilo. Luego, un pequeño caudal. Para cuando el sol asomó, el valle estaba surcado por espejos de agua que brillaban como escudos rotos.

El campamento estalló en un jolgorio áspero, de gargantas aún secas. Hombres y animales se arrojaron a las zanjas, bebiendo no el agua clara de un manantial, sino el barro líquido de la providencia. Era agua de la tierra de Moab, traída por la mano invisible de Dios. Bebieron hasta saciarse. El milagro no fue espectacular, fue práctico. Fue dado a quienes, en su necesidad, habían obedecido una orden que parecía insensata.

Y entonces, cuando la fuerza volvía a sus miembros, la perspectiva cambió. Desde las tierras altas de Moab, el sol de la mañana iluminó algo distinto. Para los moabitas que vigilaban, ese amanecer reveló un espectáculo desconcertante: el valle, que conocían seco, brillaba con lo que parecían enormes extensiones de sangre. El agua rojiza reflejaba el sol naciente con un tono escarlata. Y llegaron a la única conclusión lógica para una mente guerrera: «¡Aquella sangre es de los reyes! Sin duda que los reyes se han vuelto uno contra el otro, y se han matado entre sí. ¡Ahora, pues, Moab, al botín!»

Fue su error. Y fue su perdición. Confiados, bajaron del amparo de sus fortalezas en desbandada, sin orden, ávidos de saquear los cadáveres de tres ejércitos. En vez de eso, se encontraron con un ejército hidratado, reorganizado y listo para la batalla. Los israelitas, judíos y edomitas, les salieron al encuentro con una furia renovada. La emboscada divina estaba completa. Los moabitas huyeron, y la persecución fue implacable. Saquearon tierras, cegaron fuentes, talaron árboles buenos, y sitiaron la capital, Quir-hareset, hasta que Mesa, en un acto de desesperación horrorosa, sacrificó a su propio hijo, el heredero al trono, sobre el muro de la ciudad.

La campaña terminó. Los ejércitos volvieron a sus tierras. Joram regresó a Samaría con un botín, pero también con una pregunta insondable grabada en el alma: el Dios de Eliseo, el Dios de Josafat, era uno que respondía al tañido de un arpa, que enviaba agua desde un país enemigo, que convertía la obediencia en zanjas y las zanjas en victoria. Un Dios que no se controlaba, pero al que, quizás, se podía invocar con humildad. No fue una conversión instantánea, sino el lento germinar de una duda sobre los ídolos mudos de su padre. El desierto, después de todo, no solo había estado sediento de agua, sino de significado. Y en aquellas zanjas llenas de barro rojo, Joram había vislumbrado, por un instante, el rostro oblicuo y misterioso de una misericordia que no merecía.

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