Biblia Sagrada

La unción del pastor David

El peso sobre los hombros del profeta Samuel no era metafórico, sino una losa de piedra y duelo que llevaba a cuestas desde Ramá. El aire olía a tierra reseca y a aceite de oliva rancio, el perfume de una tristeza antigua. Dios le había hablado claro: Saúl ya no era rey a sus ojos. Y a Samuel, aquel hombre acostumbrado a dictar juicios y ungir monarcas, se le había quebrado algo por dentro. No era solo el fracaso de un rey, sino el de su propia esperanza.

La orden de ir a Belén, con el pretexto de un sacrificio, le sabía a engaño piadoso. “Llena tu cuerno de aceite”, le había dicho la Voz, y él lo hizo con manos temblorosas, el roce del cuero pulido contra sus palmas un recordatorio de la unción pasada, la de Saúl, tan llena de promesas vacías. El camino polvoriento hasta Belén fue un viacrucis de dudas. ¿Qué buscaba el Señor allí, entre los olivares y los rebaños de un pueblo insignificante?

Los ancianos de Belén salieron a su encuentro con el miedo pintado en los surcos de sus rostros. La llegada de Samuel, el vidente, el juez, nunca presagiaba buenas noticias. “¿Vienes en paz?”, preguntaron, sus voces un coro apagado. Samuel asintió, secamente. “En paz. He venido a sacrificar. Santificaos y venid conmigo.” La ceremonia fue rápida, casi furtiva. La carne del animal quemándose sobre las piedras despachó un humo grasiento que se aferraba a la ropa y a la garganta.

Fue entonces cuando sus ojos, todavía agudos a pesar de los años, escudriñaron a la familia de Isaí, alineada con la rígida formalidad del respeto. Eliab, el primogénito, era un monumento de hombre. Alto, de hombros anchos, con la mirada firme de un guerrero nacido. Una certeza brusca golpeó a Samuel: “Éste es, sin duda. El Señor ha elegido a su ungido ante él.” Era lógico, hermoso, casi poético en su justicia corpórea.

Pero entonces, como un soplo frío en la nuca, llegó la corrección. No una voz atronadora, sino una convicción clara y extrañamente amable que se coló entre sus pensamientos: *“No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho. Porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón.”*

Samuel parpadeó, desconcertado. Apartó la vista de Eliab como si se hubiera quemado. Uno a uno, fueron pasando los hijos de Isaí: Abinadab, Samá, los otros cuatro cuyos nombres se le olvidarían después. Siete jóvenes, siete varones fuertes, siete “no” silenciosos pero rotundos que resonaban en su espíritu. Un vacío incómodo se instaló en el patio. El sacrificio humeaba, los ancianos murmuraban, e Isaí tenía la expresión de un hombre que ha presentado su mejor mercancía y aún así no ha vendido nada.

“¿Son éstos todos tus muchachos?”, preguntó Samuel, y su voz sonó más cansada de lo que esperaba.

Isaí se encogió de hombros, un gesto casi de disculpa. “Aún queda el menor, que está apacentando las ovejas.” Dijo las palabras como si mencionara un detalle sin importancia, un trámite. El pastorcillo, el niño, el que sobraba.

“Envía por él”, ordenó Samuel, y no hubo discusión. Había una terquedad en el profeta ahora, una urgencia que no entendía del todo. La espera fue larga. Se oían los balidos lejanos de un rebaño, el rumor del viento en las hojas de los olivos. Hasta que apareció en el umbral, sofocado por la carrera, con el polvo del campo en los tobillos y el olor a aire libre y a lana pegado a su túnica simple.

Era David. Rubio, o al menos su cabello tenía reflejos de oro bajo el sol cenital. Sus ojos no eran los de un guerrero, sino los de alguien que ha mirado largamente al cielo y a los horizontes abiertos. Había una viveza en ellos, una transparencia que no era ingenuidad, sino una especie de atención pura. No era imponente, pero había una gracia en su porte, una armonía que los otros, con todos sus músculos, no poseían.

Y entonces la Voz, que no era un sonido sino una certeza absoluta que llenó el pecho de Samuel: *“Levántate, úngelo, porque éste es.”*

No hubo fanfarrias. No hubo rayos. Solo un hombre viejo, un niño jadeante, un cuerno de aceite y el crepitar del fuego del sacrificio como único testigo solemne. Samuel tomó el cuerno. El aceite era espeso, dorado, y brilló por un instante al ser derramado. Cayó sobre la cabeza de David, recorriendo sus rizos, resbalando por su frente juvenil, untando su piel con un brillo sagrado y pegajoso. No hubo discurso. No hubo explicación. Solo el acto, íntimo y tremendo. En ese instante, en el patio polvoriento de una casa en Belén, el futuro de Israel cambió para siempre. El Espíritu del Señor vino sobre David con la fuerza de un río subterráneo que por fin rompe a la superficie, y se posó en él desde aquel día en adelante. Y, como un suspiro de alivio o una pérdida irreparable, el mismo Espíritu se apartó de Saúl, dejando en el rey un vacío que pronto empezaría a llenarse con sombras y malos humores.

Samuel se quedó mirando al muchacho. David no dijo nada. Se tocó la frente húmeda con una reverencia torpe, sus ojos anchos fijos en el profeta, preguntando sin palabras. Samuel no tenía respuestas, solo un mandato cumplido y una paz extraña, pesada como el aceite, que ahora le llenaba a él también. Dio media vuelta, dejando a la familia de Isaí sumida en un silencio atónito, y emprendió el camino de regreso. La losa sobre sus hombros no pesaba menos, pero ahora tenía una forma distinta. No era la piedra de un duelo, sino la de un misterio recién nacido, que balaba, dulce y lejano, en los campos de Belén.

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