Biblia Sagrada

La Consagración del Altar

El sol del desierto, un disco pálido y perezoso en el cielo invernal, comenzaba a derramar su primera luz sobre el campamento. El aire, frío y cortante como el filo de un cuchillo de pedernal, llevaba el olor a tierra desnuda, a humo de hogares apagados y a lana de rebaño. Pero ese día, una expectación diferente, casi tangible, pesaba sobre las tiendas de Israel, ordenadas por tribus alrededor del centro inmóvil y sagrado: el Tabernáculo.

Moisés había salido de la Tienda del Encuentro, y su rostro, aun velado por la autoridad que emanaba de su cercanía con lo divino, mostraba una fatiga serena. Los trabajos habían concluido. La morada para el Nombre estaba erigida, ungida y santificada. Pero algo faltaba. El altar de bronce, sobre el que ascendería el humo de las expiaciones y las alabanzas, permanecía mudo, virgen de sacrificio. Era necesario consagrarlo, ofrecerlo a su función sagrada mediante un acto de entrega comunitaria y ordenada.

La voz de Moisés, grave y cargada de un eco que no era solo suyo, se había dejado oír: los príncipes de Israel, los jefes de las casas paternas, aquellos que habían sido contados y nombrados en el censo, debían presentar su ofrenda para la dedicación del altar. No sería un acto único y masivo, sino un ritual dilatado en el tiempo, una sinfonía de devoción que se interpretaría nota a nota, día tras día. Cada tribu, en la persona de su líder, tendría su momento singular ante la presencia de la Gloria.

El primer día amaneció con una solemnidad especial. De la tribu de Judá, de entre las tiendas que lucían el estandarte con el león, surgió la figura de Naasón, hijo de Aminadab. No avanzó solo. Lo precedía un séquito solemne: hombres de su casa arrastraban una carreta cubierta con pieles, tirada por dos bueyes de cuernos anchos y mirada tranquila. Sobre la carreta, los objetos relucían con la luz nueva: una fuente de plata maciza, ancha y poco profunda, de un peso que hacía sudar a los portadores, y un tazón también de plata, más pequeño, para las aspersiones. Ambos estaban llenos hasta el borde de una ofrenda de flor de harina amasada con aceite, una masa fina y perfumada que hablaba de lo mejor de la tierra, trabajada con cuidado.

En otra parte del carro, reposaba un cuchillo de oro, no grande, pero de una factura tan delicada que parecía una joya, destinado a los ritos más sagrados. Y luego, los elementos para el fuego: un incensario de oro puro, donde las brasas tomarían el perfume aromático; un cazo para las ascuas; y los animales. Un novillo joven, su pelaje rojizo brillando, caminando con una docilidad que conmovía; un carnero de lana espesa y oscura; y un cordero de un año, blanco y sin mancha, que balaba suavemente. Para la ofrenda de paz, dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Era un tesoro móvil, la riqueza nómada de un pueblo pastor ofrecida en acción de gracias.

El cortejo se detuvo frente al atrio. Naasón, con el rostro serio pero los ojos brillantes, presentó todo ante Moisés y ante Aarón, quien, con sus vestiduras sacerdotales recién estrenadas, parecía una columna de luz y color. No hubo discursos largos. Los sacerdotes recibieron los dones. La fuente y el tazón de plata fueron llevados al interior, su metal destinado a usos santos. Los animales fueron preparados con reverencia. Aarón y sus hijos, con movimientos aprendidos en la intimidad de la revelación, realizaron los sacrificios. El cuchillo de oro reflejó, por un instante, la llama del primer fuego que se encendió en el altar de bronce. El chasquido de la leña, el crepitar de la grasa al caer sobre las brasas, el olor denso y primigenio de la carne quemada que se elevaba en una columna recta hacia el cielo despejado… era un lenguaje más antiguo que las palabras. El altar, por fin, había hablado. Y Naasón, al retirarse a su tienda, llevaba en el corazón un peso de gozo y de paz que no era menor que el de la plata que había entregado.

Al día siguiente, fue el turno de Natanael, hijo de Zuar, de la tribu de Isacar. La escena se repitió, pero no fue una mera repetición. El aire llevaba ahora el aroma persistente del holocausto del día anterior, mezclado con el del nuevo. Los objetos eran idénticos en peso y medida –la orden era clara, la igualdad ante el rito, una lección de unidad–, pero los rostros de los portadores eran distintos, la manera de colocar los animales en la carreta tenía su propio carácter. Natanael era un hombre de mirada pensativa, y al hacer su entrega, sus labios se movieron en una oración silenciosa que solo él y el Eterno escucharon. El fuego recibió nuevas ofrendas, y el humo se trenzó con el del día anterior, formando una nube continua de memorial.

Así fue sucediéndose los días, en un ritmo que se volvió el latir mismo del campamento. Cada mañana, un nuevo estandarte se movilizaba: el de Zabulón, con Eliab; el de Rubén, con Elisur; el de Simeón, con Selumiel… La procesión se hizo familiar, pero no por ello menos solemne. Los niños observaban desde las puertas de las tiendas, aprendiendo sin palabras el significado de la entrega ordenada. Las mujeres veían partir las riquezas de sus clan –la plata, el oro, los animales elegidos– y en sus rostros no había pesar, sino una extraña satisfacción. Era como si al dar lo mejor que poseían, se liberaran de un peso, se vincularan de manera tangible a aquel Dios invisible que habitaba en el centro de sus vidas nómadas.

Cuando le tocó el turno a la tribu de Efraín, bajo el liderazgo de Elisama, hijo de Amiud, una llovizna fina barría el desierto. Las gotas caían sobre las pieles que cubrían las ofrendas, sobre los lomos oscuros de los novillos, sobre las vestiduras de los levitas que ayudaban en el atrio. El agua hacía brillar el bronce del altar, ya ennegrecido por el fuego constante. La ceremonia no se detuvo. El fuego chisporroteó al recibir la grasa de los animales mojados, y el humo, en vez de elevarse recto, se aferraba al suelo húmedo, esparciendo su aroma por todo el campamento. Era un recordatorio de que la devoción no dependía del cielo despejado.

Día tras día, la pila de objetos sagrados en los almacenes del Tabernáculo fue creciendo. Doce fuentes de plata, doce tazones, doce cuchillos de oro, doce incensarios. Una acumulación de riqueza y simbolismo que abrumaba. Pero más impresionante que el número era la unanimidad del gesto. Doce tribus, doce caracteres, doce historias –algunas con pasados turbulentos–, se alineaban en un mismo acto de reconocimiento. No era la ofrenda de un hombre rico, sino la ofrenda de un pueblo, tribu por tribu, líder por líder. Cada fuente de plata, idéntica en peso, decía: “No somos más ni menos. Compartimos la misma dignidad, la misma responsabilidad, la misma gracia.”

El último día, el duodécimo, correspondió a Ahira, hijo de Enán, de la tribu de Neftalí, la que acampaba más al norte. Tal vez por ser el final, o porque la rutina sagrada había afinado los sentidos, la ceremonia pareció adquirir una profundidad especial. Cuando el humo del holocausto final de Neftalí se unió a la columna perpetua que ya ascendía del altar, una quietud profunda cayó sobre el atrio. Moisés observó. Había escuchado, día tras día, el mismo sonido de las ruedas de las carretas sobre la tierra, el mismo balido de los corderos, las mismas palabras rituales. Y al final, no escuchaba repetición, sino una armonía. Una música compuesta por doce movimientos idénticos en notas, pero únicos en su esencia, porque cada uno llevaba el nombre de un hombre, de una familia, de una tribu.

Entonces, entró en la Tienda del Encuentro para hablar con Aquel que había ordenado todo esto. Y la Voz, desde entre los querubines del propiciatorio, habló a Moisés. No era una voz de trueno, sino íntima y clara. Le habló de la aceptación de las ofrendas, de la consagración cumplida. Pero en el corazón de Moisés, más que las palabras, resonaba la lección silenciosa de aquellos doce días: la construcción de un pueblo no se hace solo con mandamientos escritos en piedra, sino con actos de voluntaria y ordenada entrega, repetidos día a día, tribu a tribu, vida a vida. El altar ya no era solo un montón de bronce y madera. Estaba saturado de historias, de aromas, de intenciones. Estaba vivo.

Y cuando Moisés salió nuevamente al atardecer del duodécimo día, el humo aún ascendía, delgado y constante, como el hilo de una conversación que no tenía intención de terminar.

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