El aire en la pequeña estancia era espeso, cargado del calor del día que se negaba a desaparecer incluso con la brisa que entraba por la pequeña ventana. Pablo sentía el peso de las cadenas en su muñeca, un recordatorio frío y metálico que contrastaba con el fervor que ardía en su pecho. Tenía el papiro sobre las rodillas, la mano callosa sosteniendo el cálamo con una fuerza que no era solo física. Escribía a sus amigos, a esa comunidad en Filipos que era como un oasis de gracia en medio de sus preocupaciones. Y las palabras que fluían no eran solo suyas; sentía el impulso de algo más grande, un misterio tan profundo que hacía que hasta las cadenas parecieran insignificantes.
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús…”
Dejó el cálamo un momento, mirando la pared de piedra como si pudiera ver a través de ella. ¿Cómo transmitir aquello? No era una simple exhortación a ser amables. Era una invitación a hundirse en el abismo mismo de Dios. Cerrando los ojos, Pablo no veía la gloria celestial, los coros angélicos o el trono resplandeciente que cualquier rabino podría describir. No. Veía el polvo. El polvo áspero y seco de los caminos de Galilea, pegado a unos pies cansados. Olía a aceite de lámpara barato, a sudor de trabajo, a la humedad de una cueva usada de establo. Escuchaba el sonido de una respiración tranquila, humana, demasiado humana, mientras alguien dormía en la popa de una barca mecida por las olas.
Cristo Jesús. El Mesías. El Ungido. Existía, desde siempre, en la forma misma de Dios. Pablo buscaba palabras, pero las categorías humanas se quebraban. No era un rango que se pudiera arrebatar, como un general que codicia el puesto de otro. Era algo ontológico, esencial, como ser la luz o el océano. Era la plenitud de la divinidad, la expresión perfecta del Padre. La gloria no era algo que tuviera; era lo que Él era.
Y sin embargo…
Aquí era donde la garganta se le cerraba a Pablo, donde el asombro se convertía en un nudo de estupor y adoración. No estimó como botín codiciable el ser igual a Dios. La imagen era poderosa. En el mundo de Pablo, en el de todos, la esencia del pecado era el apoderarse, el aferrarse, el “ser como Dios” que la serpiente había susurrado en el Edén. Adán había agarrado. Cristo, siendo Dios, se soltó.
Se despojó a sí mismo.
El verbo griego resonaba en la mente de Pablo: *kenóō*. Vaciar. No como quien derrama un cántaro y se queda con el recipiente intacto. No. Era un vaciamiento que llegaba a la misma esencia. Tomó la forma de un esclavo. No la apariencia, la *morphé*, la realidad misma. El Verbo por quien fueron hechas las cosas, cuyas manos midieron los confines del universo, se encontró con unas manos pequeñas de bebé, que se aferraban al dedo áspero de un carpintero. La Sabiduría eterna, que ordena las constelaciones, balbuceó sus primeras palabras en arameo. El que sostiene el aliento de toda vida, durmió rendido en el regazo de una mujer.
Vino en semejanza de hombres. Pablo subrayaba mentalmente la palabra “semejanza”. No era un disfraz. Era auténticamente hombre, con todo lo que eso conllevaba: el hambre que retorcía el estómago después de cuarenta días en el desierto, la sed que raspa la garganta junto al pozo de Sicar, el cansancio que hundía los huesos después de un día de multitudes, la amistad que dulcifica el alma, la traición que la desgarra. Y, encontrándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo.
La humillación no comenzó en la cruz. Comenzó en el sí de Nazaret. En aceptar la incomprensión de los vecinos, las miradas de lástima o desdén. En ser el hijo del artesano, con las uñas llenas de la resina de la madera y el polvo del taller pegado a la piel. En callar durante treinta años, sumergido en la oscuridad de lo ordinario, cuando en su interior resonaba la sinfonía de la creación.
Pero la trayectoria del vaciamiento era un descenso, un río que fluía hacia un mar cada vez más profundo y oscuro. Se hizo obediente. Obediente. El Rey del universo, sometido. A José y a María. A la Ley que Él mismo había dictado. A la voluntad del Padre, que era su propio querer, pero que ahora pasaba por el filtro agonizante de una voluntad humana temblorosa: “Padre, si es posible, que pase de mí esta copa… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Y la obediencia tuvo un destino: la muerte. No una muerte noble, rodeada de honores. Sino la muerte de un criminal, de un esclavo rebelde. La muerte de cruz. Pablo, ciudadano romano, sabía bien lo que esas palabras suscitaban en la mente de sus lectores. El máximo deshonor. La agonía pública. El instrumento de terror del Imperio. La maldición escrita en la Ley: “Maldito todo el que es colgado en un madero”. Cristo se hundió en la misma boca del abismo, cargando con la maldición que no era suya, sintiendo en su alma el desamparo más absoluto: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
El cálamo de Pablo raspó el papiro con intensidad. Aquí no podía haber descripciones más vívidas. El silencio de Dios era más elocuente que cualquier grito. La oscuridad al mediodía más reveladora que cualquier luz.
Por lo cual…
Pablo alzó la vista, como si esperara ver el eco de lo que iba a escribir. La humillación no era la última palabra. El descenso no era un callejón sin salida, sino el camino inverso y necesario para una exaltación que restauraba el orden del universo. Dios lo exaltó sobremanera. No lo devolvió simplemente a su estado anterior. Lo exaltó *sobremanera*. Como el resorte que, comprimido hasta el límite, salta con una fuerza renovada. Y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.
No un nombre nuevo, sino *el* Nombre. El Tetragramatón. El “Yo Soy”. La esencia misma de la divinidad. Ahora, la humanidad de Jesús, esa humanidad que había sudado, llorado y sangrado, estaba unida indisolublemente a la plenitud del Nombre divino. Para que, al nombre de Jesús —sí, ese nombre tan humano, tan común en Galilea—, se doble toda rodilla. No solo de los piadosos. De los celestiales, de los terrestres, y de los subterráneos. De los ángeles que lo habían servido en el desierto, de los emperadores que se creían dioses, de los filósofos que buscaban la verdad, de los esclavos que anhelaban libertad. Y toda lengua confiese, proclame, grite, susurre: “Jesucristo es Señor”.
Para gloria de Dios Padre.
Pablo dejó escapar un suspiro largo y profundo. El círculo se cerraba. El que era en forma de Dios, se vació, se humilló, fue exaltado, y ahora su señorío llevaba toda la gloria al origen de todo: al Padre. La Trinidad danzaba en una armonía salvadora. Y en medio de ese misterio insondable, estaba la comunidad de Filipos. Sus luchas, sus egos, sus disputas por quién era más importante, todo eso quedaba reducido a la irrelevancia de un juguete roto ante el cuadro que acababa de trazar.
No les estaba pidiendo un simple esfuerzo moral. Les estaba invitando a entrar en la corriente misma de la vida de Dios. A tener la mente de Cristo. A vivir esa kénosis en lo cotidiano: cediendo el puesto de honor, escuchando al que siempre habla, lavando los platos sin resentimiento, soportando al hermano difícil no por obligación, sino por ese amor que se despoja. Porque en ese vaciarse, paradójicamente, era donde se encontraba la verdadera plenitud. Donde uno, sin darse cuenta, empezaba a reflejar, en las rendijas de su humanidad cansada, la misma gloria del que se despojó por amor.
El ruido de un guardia romano fuera de la puerta lo devolvió a su celda. Las cadenas seguían allí. Pero ahora, al mover la muñeca, no solo sentía el frío del hierro. Sentía, extrañamente, una profunda libertad. Tomó el cálamo de nuevo, y con una calma llena de gozo, comenzó a escribir las siguientes líneas: “Así que, mis amados, como siempre habéis obedecido, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor…” La historia continuaba. Su historia, la de los filipenses, la de todos, entrelazada para siempre con la del que se hizo siervo, para que nosotros pudiéramos conocer, en la carne de nuestra fragilidad, la insondable riqueza de ser hijos de Dios.




