El calor de aquel verano en Anatot era denso, como una manta pesada y polvorienta que se aferraba a la piel. Jeremías notó el aroma agrio de los higos que comenzaban a pudrirse en la rama baja de la higuera junto a su casa, un olor dulzón y triste que se mezclaba con el humo lejano de los hornos de pan. No eran los higos tempranos, los buenos, sino los tardíos, los que no sirven para nada. Se quedó mirándolos un momento, la garganta apretada por una certeza amarga.
Había estado en la ciudad, en Jerusalén, el día anterior. El recuerdo le quemaba los pensamientos. No era tanto el bullicio de los mercaderes en la puerta de las Ovejas, ni el rumor de las discusiones en los patios del templo. Era algo más profundo, un mal que no se veía con los ojos pero que se respiraba en el aire, como la calina antes de una tormenta. Había visto a los sacerdotes, con sus túnicas impecables, ajustando minuciosamente los ritos de los sacrificios mientras sus ojos recorrían con avidez las ofrendas más suculentas. Había oído a los escribas y sabios, los *soferim*, citar con aplomo la Ley, torciendo sus palabras como se tuerce el metal al rojo vivo para que se adapte al molde del poder. “Paz, paz”, decían, mientras sus manos trazaban tratados secretos con faraones y reyes de Babilonia, como si la salvación fuera una moneda que pudiera cambiarse en el mercado.
Caminó hasta el límite de su pequeña parcela, donde la tierra pedregosa de Benjamín se extendía hacia el este. Desde allí, en los días claros, se divisaba el perfil lejano de la ciudad sobre el monte Sión. Hoy una bruma caliente lo difuminaba. Se sentó en una piedra grande, áspera bajo sus palmas. Las palabras que el Señor había puesto en su pecho, como un carbón encendido, volvían a presionar para salir. No eran palabras nuevas. Eran viejas, tan viejas como la alianza rota.
“¿Por qué este pueblo de Jerusalén vive en una apostasía perpetua?”, resonaba en su interior la voz que no era voz. “Se aferran al engaño, se niegan a volver.”
En su mente, vio una imagen, clara y despiadada: el invierno pasado, junto al camino de la salida norte de la ciudad, había un campo de labranza. Los campesinos, con esfuerzo, habían recogido todas las piedras y las habían apilado en los linderos, formando pequeños muros irregulares. Una tarea necesaria. ¿Acaso alguien, al ver esas piedras bien ordenadas, volvía después a esparcirlas torpemente por el campo ya limpio? Sería una locura, un insulto al propio sudor. Sin embargo, eso era exactamente lo que hacía su pueblo. Habían conocido el camino recto, la Ley que era luz, y una y otra vez volvían a esparcir sobre sus vidas las piedras de la idolatría, la injusticia y la vana confianza.
Un pájaro cruzó el cielo, un vuelo rápido y silencioso. Jeremías pensó en las aves migratorias, las cigüeñas, las tórtolas, los milanos. Ellas, en su instinto simple, conocen los tiempos establecidos, el momento de partir y el momento de volver. No se equivocan. Su pueblo, en cambio, que tenía la Torah, la palabra viva del Dios vivo, había perdido todo sentido de dirección. No conocían el juicio del Señor. O peor: no querían conocerlo.
El sol ascendía, haciendo brillar con una luz cruel los pedernales blancos del suelo. Sintió una punzada de agonía, no solo por la condena venidera, sino por la terrible ceguera que la precedía. Había hablado con uno de los escribas, un hombre de rostro inteligente y gestos medidos. Le había preguntado, con una calma que le costaba sangre mantener: “¿Cómo decís: ‘Somos sabios, y la ley del Señor está con nosotros’? Pues mirad cómo la ha hecho mentira la pluma mentirosa de los escribas”. El hombre había fruncido el ceño, no con ira, sino con una lástima casi ofensiva. “Jeremías,” había dicho, “el mundo es complejo. A veces la letra de la ley debe… adaptarse a los tiempos. Para proteger al pueblo. Para mantener la estabilidad.” Y se había alejado, arreglándose la manga de su túnica con un gesto de fastidio.
Esa “estabilidad” era un ídolo de barro. Lo sabía. Vendría del norte un pueblo, un pueblo antiguo y feroz, y no habría estabilidad que valiera. Vendrían como viento de simún, y lo que ellos llamaban paz se revelaría como el silencio helado que precede a la destrucción. El Señor le había mostrado: “Haré que perezcan, dice el Señor; no hay uvas en la vid, ni higos en la higuera, y hasta la hoja está mustia”.
Se levantó, las rodillas le crujieron. El olor a higos podridos era ahora más fuerte, empalagoso. Entró en su casa, una estancia de paredes encaladas y escasos muebles. En un rincón, sobre una piel de cabra, estaban los rollos donde anotaba, con una letra angulosa y apresurada, las palabras que recibía. No eran profecías populares. No hablaban de gloria inminente, ni de victoria sobre los enemigos. Hablaban de huesos esparcidos, de ciudades silenciosas, de una tierra que disfrutarían los buitres y las bestias del campo.
Se acercó a la ventana, una abertura cuadrada sin postigo. En la distancia, muy lejos, creyó ver un relámpago silencioso sobre las colinas de Judá. No era relámpara de lluvia. Era el reflejo del sol en el yelmo o la lanza de una patrulla, quizás babilonia, quizás de alguna de las potencias que danzaban su macabra danza alrededor del reino enfermo. Su corazón, ese órgano al que tan a menudo describía como dolorido o deshecho, se encogió.
“¡Bálsamo de Galaad!”, murmuró para sí, con ironía desesperada. Había un proverbio, una frase hecha que usaban los charlatanes en las plazas: “¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay médico allí?”. Se referían a un remedio legendario, una cura milagrosa para cualquier herida. Lo decían con frivolidad, para tranquilizar cualquier inquietud. Pero la herida de su pueblo era mortal, y el médico, el único que podía sanarla, había sido despreciado. La enfermedad estaba en el alma, una gangrena de la voluntad.
Al final, la imagen que se impuso, la que cerró el día de angustia en su espíritu, fue la de las mujeres. Las había visto en los funerales, llorando con un estricto ritual, sus cantos fúnebres elevándose como columnas de humo negro. Pero pronto, muy pronto, no habría suficientes plañideras para tantos muertos. La muerte sería tan abundante, tan común, que invadiría incluso los espacios de los vivos. Los cadáveres quedarían como estiércol sobre la faz del campo. Y en ese silencio pútrido, se oiría, no el llanto ritual, sino el verdadero, el que nace del espanto absoluto: “¡Ah, qué aflicción! El día se va terminando, y aún no nos han dado reposo.”
Jeremías se dejó caer sobre un escabel, la espalda contra la pared fresca de adobe. El día, efectivamente, se iba. Los largos dedos morados del crepúsculo se extendían por el cielo. No había paz, no había bálsamo. Solo la palabra ardiente, pesada y verdadera, y el olor a higo podrido filtrándose por la ventana, anunciando la cosecha de la ira que, como el verano, ya estaba madura.



