Biblia Sagrada

La Justicia Bajo la Higuera

El sol de la tarde, ese sol viejo y sabio que todo lo ha visto, se inclinaba sobre los tejados de arcilla del pueblo, alargando las sombras como dedos cansados. En la plaza, el polvo levantado por los rebaños aún danzaba en el aire, dorado y espeso. Ahí, bajo la sombra escasa de una higuera, se sentaba el anciano Efraín. No era juez oficial, ni levita, pero la gente acudía a él. En sus ojos, del color de la tierra después de la lluvia, parecían guardarse todos los atardeceres que había contemplado.

Aquel día, el aire olía a conflicto. Se podía sentir, como el cambio de viento antes de la tormenta. Un grupo de hombres había traído a un muchacho, delgado y tembloroso, acusado de robar unas monedas del cofre de la sinagoga. El acusador principal era Malquías, un mercader de voz potente y túnica fina, cuyos ademanes ocupaban demasiado espacio. Efraín observaba en silencio. No dijo nada mientras Malquías hablaba, mientras sus palabras, afiladas como cuchillas, hendían el aire. “¡La ley es clara!”, clamaba. “El que roba, restituye. Y si es un desvergonzado, un ejemplo debe hacerse para el pueblo”.

Efraín recordó, casi como un susurro interior, las palabras antiguas: *El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina*. Malquías era así: su orgullo era una muralla. En cambio, el muchacho, a pesar del miedo, no apartaba la mirada. Había en sus ojos algo más que terror; había una vergüenza que reconocía la falta, una puerta entreabierta.

“Dime, hijo”, dijo por fin Efraín, y su voz era áspera como la corteza del olivo, pero tranquila. “No lo que ellos dicen. Lo que pasó.”

La historia que salió, entrecortada, fue distinta. No era robo por ambición, sino por desesperación. Una madre enferma, una deuda con un soldado romano que amenazaba con llevarles el poco terreno que tenían. Las monedas, pensó él, serían devueltas antes de que nadie las echara en falta. Un plan torpe, nacido del pánico. Mientras hablaba, Efraín vio a Malquías crispado. El mercader no quería una historia, quería un castigo. Quería el espectáculo de la justicia rápida, que afirmara su posición. *Cuando los impuros gobiernan, el pueblo gime; mas cuando gobierna el entendido, el pueblo se alegra*, pensó el anciano. Malquías no gobernaba, pero su influencia, su riqueza, ejercían un poder que hacía gemir a los más pequeños.

Efraín pidió tiempo. “Mañana, con la primera luz, daré mi parecer”. Los rostros se mostraron contrariados, especialmente el de Malquías, que vio en la demora una afrenta. La gente se dispersó, murmurando. El anciano se quedó sentado, viendo cómo el sol se desangraba tras los montes. Sabía que la verdad a menudo no es un hecho único, sino una madeja de motivos y consecuencias. *Los muchos que buscan el favor del príncipe, mas del Señor es el juicio de cada uno*. No debía fallar para agradar a Malquías ni para ganar la compasión fácil de la multitud. Debía escarbar hasta encontrar la raíz.

Esa noche, visitó la choza del muchacho. La pobreza allí tenía un olor denso, a enfermedad y a hierbas amargas. La madre, una mujer consumida por la fiebre, confirmó la historia con un hilo de voz. Efraín no dijo nada, solo posó una mano rugosa sobre la frente caliente de la mujer. Al salir, su corazón era un peso dentro del pecho.

De regreso a su propia casa, pasó por la taberna. A través de la ventana baja, vio a Malquías, ya con una copa en la mano, hablando alto. “Ese viejo Efraín quiere jugar al sabio. Mañana le mostraré que en este pueblo la ley la hacen los que mantienen sus muros”. Sus amigos reían. Uno, un hombre de mirada furtiva, añadió: “Y si no, siempre podemos recordarle aquel asunto de su hijo… el que se fue con los publicanos”. Malquías sonrió, una sonrisa ancha y sin luz. *El hombre lisonjero a su prójimo extiende red para hacerlo caer*, resonó en la mente de Efraín con una claridad dolorosa. La justicia no era su único enemigo; la malicia era otro, más retorcido.

La madrugada llegó fría y gris. La plaza se llenó de nuevo, con una expectación tensa. Malquías estaba allí, impecable, con la seguridad de quien espera un triunfo. Efraín se levantó. Su cuerpo dolía, pero su voz fue clara.

“Se ha dicho la acusación: robo. El acusado ha confesado la acción. La ley pide restitución y, según algunos, castigo ejemplar”. Hizo una pausa, midiendo el silencio. “Pero la ley, dada por el Altísimo, mira también al corazón y a la misericordia. El muchacho devolverá el doble de lo tomado. Trabajará para mí, en mi campo y en mi casa, hasta que la deuda esté saldada. Y su madre será cuidada por las mujeres del pueblo, porque la enfermedad de uno es la aflicción de todos.”

Un murmullo recorrió la plaza. No era el castigo espectacular que algunos esperaban. Era justicia, pero tejida con compasión. Sin embargo, Efraín no había terminado. Sus ojos se clavaron en Malquías.

“Pero hay otra acusación en este asunto. Una acusación que pesa más que unas monedas de plata. La acusación contra el que, conociendo la desesperación de un vecino, endurece su corazón y presta con usura, apretando el yugo hasta quebrar el cuello del débil. La acusación contra el que usa la ley como un garrote para golpear, no como un bastón para enderezar. *El justo entiende la causa de los pobres; mas el impío no entiende sabiduría*”.

El rostro de Malquías palideció, luego enrojeció de furia. “¿Te atreves a…?”

“No me atrevo a nada”, lo interrumpió Efraín, con una calma que era en sí misma un poder. “Solo recuerdo que *donde no hay visión, el pueblo se desenfrena; mas el que guarda la ley, bienaventurado es*. Nuestra visión no puede ser la de tu bolsa, Malquías. Debe ser la de la comunidad, la del pacto. Tú has buscado la ruina de este muchacho para ocultar la fealdad de tus tratos. Eso, ante los ojos del pueblo, queda ya juzgado.”

No hubo sentencia contra Malquías, no una que Efraín pudiera dictar. Pero la sentencia de la vergüenza pública cayó sobre él como un manto pesado. Bajo las miradas ahora recelosas, incluso hostiles, de quienes antes le sonreían, el mercader se dio media vuelta y se marchó, derrotado no por un decreto, sino por la luz fría de la verdad puesta al descubierto.

La gente se fue dispersando, hablando en voz baja. Algunos asentían, pensativos. Otros evitaban la mirada del anciano, intuyendo que su justicia podía algún día preguntar también por sus secretos. El muchacho se quedó junto a Efraín, llorando en silencio, pero ahora con un llanto de alivio, no de terror.

Efraín volvió a sentarse bajo la higuera. El sol de la mañana calentaba ya la piedra. Sintió un cansancio profundo, el de quien ha librado una batalla en un campo invisible. Sabía que Malquías no olvidaría. Que el conflicto entre la arrogancia y la integridad era perpetuo, como las estaciones. *El siervo no será corregido con palabras; porque aunque entienda, no obedecerá*, pensó. Algunos, como Malquías, nunca obedecerían a nada que no fuera su propio apetito.

Pero miró al muchacho, que ahora, con un gesto torpe, le ofrecía un vaso de agua. Y en ese simple acto, vio un destello de algo distinto: la semilla de la gratitud, el comienzo de una restitución que iba más allá del dinero. *La soberbia del hombre le abate; pero el de espíritu humilde alcanzará honra*.

El pueblo seguiría. Habría más conflictos, más injusticias, más hombres que, como perros rabiosos, gruñirían por su pedazo de poder. Pero también habría, bajo esta higuera y en otras plazas, silencios que escucharan, miradas que discernieran, y corazones que, aunque temblorosos, eligieran el camino empinado de la justicia verdadera. No la de los edictos ruidosos, sino la que se construye lenta, paciente, como un dique contra la inundación de la locura. Era un combate sin fin. Pero era el único, pensó Efraín tomando el vaso, que valía la pena librar. La tarde anterior había olido a conflicto. Ahora, el aire olía a polvo, a sudor y, apenas, a una frágil posibilidad de paz.

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