Biblia Sagrada

El Sueño de Cedro y Piedra

El sol de la mañana se posaba sobre Jerusalén con un peso dorado y polvoriento. Salomón, saliendo de sus aposentos, sentía el mármol fresco bajo sus pies descalzos, pero en su pecho ardía una brasa de inquietud sagrada. No era el calor del día lo que le abrasaba, sino el peso de una promesa. La ciudad a sus pies, bulliciosa y llena de olores a pan recién horneado y estiércol de camello, le parecía de pronto pequeña, provisional. Su padre había soñado con una casa, no para un rey, sino para el Nombre. Y ahora esa carga, dulce y terrible, descansaba sobre sus hombros.

Caminó hasta el lugar alto, donde la visión se abría. Allí estaba el era de Ornán el jebuseo, una extensión de tierra apisonada que el corazón de David había comprado por precio completo. Solo piedras y cardos ahora, pero ante los ojos internos de Salomón, ya se erguía una silueta de cedro y oro, bañada por una luz que no era de este mundo. Un suspiro, largo y profundo, se le escapó. «He aquí, yo edificaré una casa al nombre de Jehová mi Dios», murmuró para sí, pero las palabras resonaron en el silencio de su espíritu como un trueno lejano. Sabía, con una certeza que le helaba y le encendía a la vez, que ningún esfuerzo humano bastaría. ¿Cómo encerrar en muros de piedra al que los cielos de los cielos no pueden contener?

De regreso en el palacio, la sombra de su padre parecía habitar cada sala. Podía casi ver a David, envejecido y ferviente, desplegando los pergaminos con los planos inspirados, aquellos que había recibido «de la mano de Jehová». Los trazos de tinta eran ahora su herencia más preciada. No llamó a sus consejeros de inmediato. Se sentó en la penumbra fresca de una sala lateral, donde el polvo danzaba en un rayo de sol que se filtraba por la celosía, y oró. No con palabras elaboradas, sino con un forcejeo mudo. La magnificencia del proyecto le abrumaba. Necesitaría manos, miles de manos. Y materiales que la tierra de Canaán no producía.

Fue entonces cuando el nombre de Hiram, rey de Tiro, vino a su mente como la respuesta a una pregunta no formulada. Los fenicios. Gentes del mar, mercaderes de toda la tierra conocida, con puertos que olían a sal y resina. Y sobre todo, con los legendarios bosques del Líbano, donde los cedros se alzaban como columnas sosteniendo el firmamento, perfumando el viento con una fragancia antigua y majestuosa. Sus troncos, rectos y resistentes, eran la única madera digna de sostener el techo de la Casa.

Mandó traer papiro fino y tintas. El acto de escribir la carta fue un ritual en sí mismo. Su escriba, un hombre de dedos ágiles y mirada serena, esperaba con el cálamo en ristre. Pero Salomón tomó él mismo el instrumento. Quería que cada trazo llevara la huella de su convicción.

«Hiram», comenzó, y ya el saludo establecía un tono de rey a rey, de aliado a aliado. Recordó la amistad que hubo entre el fenicio y su padre David. No era una súplica, sino la propuesta solemne de un pacto de trabajo. «Tú sabes que no hay entre nosotros quien sepa cortar madera como los sidonios», escribió, concediendo la habilidad sin rencor, con la humildad práctica de quien conoce los límites de su pueblo. Describió el propósito con una claridad que buscaba trascender el mero comercio: «He aquí, yo edificaré casa al nombre de Jehová mi Dios, para consagrársela, para quemar incienso aromático delante de él, y para la colocación continua de los panes de la proposición, y para los holocaustos de la mañana y de la tarde, en los sábados, nuevas lunas y festividades de Jehová nuestro Dios.»

Las palabras fluían, pero se detuvo al llegar al núcleo de su fe, al motivo por el cual ningún cedro, por magnífico que fuera, sería suficiente. «La casa que voy a edificar ha de ser grande; porque el Dios nuestro es grande sobre todos los dioses. Pero ¿quién será capaz de edificarle casa, siendo que los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerlo? ¿Y quién soy yo para que le edifique casa, sino para que queme incienso delante de él?»

Hubo un temblor en su mano al trazar esa confesión. Era un recordatorio para Hiram, tal vez adorador de Baal y Astarté, de la naturaleza del Dios de Israel. Y era, sobre todo, un recordatorio para sí mismo. No edificaba para encerrar a Dios, sino para crear un lugar donde el corazón del hombre pudiera encontrarlo. Un umbral entre lo terrenal y lo divino.

Luego vino la parte práctica, las medidas que revelaban la escala colosal del proyecto. «Envíame, pues, ahora un hombre hábil… que sepa trabajar en oro, plata, bronce, hierro, púrpura, carmesí y azul, y que sepa esculpir.» La lista era un canto a la artesanía sagrada. No buscaba simples braceros, sino artistas cuyo espíritu entendiera que cincelaban para la gloria de otro. Prometió a cambio provisiones: trigo, cebada, vino, aceite. El sudor de la tierra de Israel por la savia de los bosques del Líbano.

La carta partió en manos de mensajeros veloces, cruzando las colinas hacia la costa. Los días que siguieron fueron de una actividad febril en Jerusalén. Salomón movilizó a todo Israel. Setenta mil hombres para acarrear cargas, ochenta mil para cortar piedra en las montañas, tres mil seiscientos capataces para dirigir la obra. El sonido del país cambió; al canto de los pastores y el grito de los mercaderes se unió el golpe rítmico de miles de martillos sobre cuñas de hierro, mordiendo la roca viva en las canteras. Un rumor sordo y constante que era el latido del proyecto de Dios.

Y en medio del bullicio, Salomón a menudo se detenía. Observaba a un grupo de hombres arrastrando un bloque ciclópeo, los músculos tensos, las venas sobresalientes como cordeles. Veía el polvo de la piedra cubriéndoles la piel. Y en sus rostros, no solo veía fatiga, sino una extraña luminosidad. Estaban participando de algo más grande que ellos. Eran, en su sudor y esfuerzo, partícipes de la promesa.

La respuesta de Hiram llegó semanas después, sellada con el anillo del sello real de Tiro. El mensajero fenicio, oliendo a mar y a especias, la entregó con ceremoniosa reverencia. Salomón la abrió con manos que apenas temblaban. Los primeros renglones traían el eco de las olas del Mediterráneo: «Por cuanto Jehová amó a su pueblo, te ha puesto por rey sobre ellos.»

Un reconocimiento que fue como un bálsamo. Hiram lo veía, entonces. No era solo un negocio. Hiram alababa al Dios de Israel, al «Dios de los cielos», que había creado la tierra y los cielos. La humildad del rey fenicio, su reconocimiento de la sabiduría dada a Salomón, tejía un puente entre dos mundos. «Yo te enviaré, pues, un hombre hábil y entendido», proseguía la carta, y describía a Hiram-abi, hijo de una mujer de Dan y de un padre tirio, lleno de sabiduría e inteligencia, diestro en toda obra de metales y telas. Era el hombre indicado, un puente humano entre la herencia israelita y la pericia fenicia.

Y cedros. Y cipreses. Hiram prometía talarlos en el Líbano y hacerlos llegar en balsas por el mar, hasta Jope. Salomón solo tendría que transportarlos desde la costa a Jerusalén. Era la cadena de la providencia, uniendo bosques, manos, mar y montañas al servicio de un solo altar.

Al caer la tarde, Salomón subió de nuevo al monte. El estruendo de las canteras había cesado, y un silencio violeta se posaba sobre la ciudad. Desde allí, imaginó ver, más allá de las colinas de Judea, las oscuras manchas de los bosques del Líbano. Imaginó el crujido solemne de los cedros al caer, el olor a resina recién cortada inundando el aire fresco de la montaña. Imaginó las balsas, como islas errantes de madera preciosa, navegando lentamente por la costa hacia el puerto de Jope.

Todo se estaba moviendo. La promesa había echado raíces en la realidad de la madera, la piedra y el metal. Y en su corazón, la brasa de inquietud se había transformado en una llama serena y constante. No era él quien construía. Era un siervo, un instrumento. La verdadera casa, la eterna, seguía siendo inabarcable. Pero en esta de piedra y cedro, en este esfuerzo conjunto de reyes, artesanos y leñadores, habitaría por un momento la sombra de la gloria. Y eso, supo, sería suficiente.

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