La humedad del calabozo se impregnaba en todo, un frío que calaba los huesos y no tenía que ver con el invierno que asomaba allá fuera, en Éfeso. Un olor a hollín, a cuerpo enfermo y a aceite rancio de lámpara se mezclaba en la penumbra. Pablo, encadenado por el tobillo a la pared de piedra, no estaba solo. Junto a él, en un montón desordenado, había varios rollos de pergamino, algunos tan gastados en los bordes que parecían a punto de deshacerse.
Su mano, surcada de venas azuladas y temblorosa a causa del frío o de la edad –ya no sabía distinguirlo–, sostenía un cálamo con firmeza sorprendente. La tinta era espesa, casera, de una calidad pobre que se corría sobre el papiro menos fino que podía permitirse. Escribía. No un discurso para el tribunal, ni una defensa ante el César. Escribía a Timoteo. Y al hacerlo, su rostro se suavizaba, las arrugas profundas que el sufrimiento había cincelado parecían suavizarse un instante.
No empezó con fórmales saludos. La urgencia latía en cada trazo. “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios…”. Hizo una pausa, dejando que la declaración pesara en el aire silente. Apóstol. Encadenado. No había contradicción en ello, sino el sello amargo de la fidelidad. Respiró hondo, y el aire frío le provocó un leve acceso de tos que le sacudió el cuerpo. Luego continuó. “A Timoteo, mi hijo amado”. Ahí se le quebró un poco la voz, en un susurro que solo las paredes oyeron. Hijo. No de sangre, sino de un viaje compartido, de noches hablando bajo las estrellas de Licaonia, de debates en sinagogas, de peligros en Listra. Timoteo, el joven de madre judía y padre griego, el discípulo de corazón tierno y estómago débil.
La pluma se movió, más rápida ahora, impulsada por el afecto y una preocupación que trascendía la distancia. “Doy gracias a Dios, a quien sirvo con conciencia limpia como lo hicieron mis antepasados”. Pensó en sus propios antepasados fariseos, en su celo mal encaminado. No era un linaje perfecto, pero era un hilo que Dios había tomado y redirigido. Y entonces, como un torrente de memoria cálida que entraba en aquella celda gélida, vino el recuerdo de Timoteo. No del hombre que ahora pastoreaba la difícil iglesia de Éfeso, sino del niño.
Lo vio, con la claridad de quien rememora algo precioso. A Lois, la abuela, con sus manos nudosas pasando las páginas de las Escrituras, su voz grave y melodiosa contando las promesas a Abraham, los salmos de David, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite en Iconio. Y a Eunice, la madre, cuya fe no era una herencia pasiva sino una convicción viva que había moldeado el carácter del muchacho en la cotidianía, entre juegos y deberes, en las comidas y en las oraciones al acostarse. Una fe “sin fingimiento”, escribió Pablo, apretando las palabras en el papiro. No era una capa que se ponía para la sinagoga, era la trama misma de su ser. Y él, Pablo, había llegado después, para atestariguar de Aquel que era el cumplimiento de todas aquellas promesas que Lois leía.
Un escalofrío más fuerte que los anteriores lo recorrió. No era solo el frío. Era la imagen de Timoteo ahora, en Éfeso. Le habían llegado ecos, quizás a través de Onésimo, el cual iba y venía llevando noticias. Timoteo estaba desanimado. Quizás asustado. La oposición de los falsos maestros, aquellos que se enredaban en palabrerías y genealogías sin fin, era feroz. La sombra de la persecución que a él lo tenía encadenado se alargaba también sobre la congregación de Éfeso. Y tal vez, solo tal vez, a Timoteo le acechaba la tentación de la vergüenza. Vergüenza del evangelio que llamaba a cargar una cruz. Vergüenza de su mentor, un viejo prisionero a punto de ser juzgado y probablemente condenado a muerte. Vergüenza, incluso, de su propio carácter, más propenso a la persuasión que a la confrontación.
“Por lo cual”, escribió Pablo, y la letra se volvió más enérgica, como si quisiera traspasar el pergamino y agarrar por los hombros a su hijo en la fe, “te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos”. Avivar el fuego. No era cuestión de buscar un nuevo don, una experiencia espectacular. Era remover las brasas de aquello que ya estaba allí, desde el día en que, rodeado de ancianos y con un peso solemne en el corazón, él y los demás habían puesto sus manos sobre aquel joven. El Espíritu no se había ido. Solo estaba cubierto por la ceniza del desaliento, del miedo, de la presión.
“Porque no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía”, trazó con fuerza, casi perforando el papiro, “sino de poder, de amor y de dominio propio”. Las tres palabras resonaron en su mente como un martilleo. Poder, no para triunfar según el mundo, sino para permanecer firme cuando todo se derrumba. Amor, ese amor ágape que se sostiene incluso cuando el afecto humano flaquea, el que había visto en Cristo. Y dominio propio, esa cordura sobrenatural, ese autogobierno del espíritu que Timoteo tanto necesitaba para no ser arrastrado por cada viento de doctrina o de temor.
Una gota de cera caliente cayó de la lámpara junto a él, solidificándose al instante sobre la piedra. Pablo alzó la vista, como si a través del techo de la mazmorra pudiera ver el cielo. “No te avergüences, pues, del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero”. Era una petición directa, desgarradora. No le pedía que montara una campaña para su liberación. Le pedía que no renegara de él, que no bajara la mirada cuando mencionaran al apóstol encadenado. Que abrazara el escándalo de la cruz, que en Roma sonaba a locura y a debilidad. “Antes bien –y aquí su mano, milagrosamente, dejó de temblar–, participa de las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios”.
Participar de las aflicciones. No era un llamado al masoquismo. Era la lógica del Reino. La misma que había llevado a Cristo al Gethsemaní y al Gólgota. Y estaba fundamentada no en la fuerza humana de Timoteo, sino en el poder de Dios, el mismo que había resucitado a Jesús y que ahora guardaba, como un depósito precioso y vivo, la fe de Pablo y la de Timoteo, para el día final.
Siguió escribiendo, recordándole el evangelio claro que había recibido, la santa vocación que no dependía de sus obras sino de la gracia dada en Cristo desde antes de los tiempos. Sus frases se hacían más largas, más teológicas, pero eran el andamiaje necesario para un corazón que podía estar flaqueando. Habló de su propio encarcelamiento, no como una derrota, sino como algo que él soportaba por causa de los elegidos, para que ellos también obtuvieran la salvación.
Y entonces, casi al final, llegó la pincelada de color humano, el detalle concreto que rompía cualquier abstracción. Nombres. “Onésiforo”. La pluma se detuvo, y una sombra de gratitud profunda, casi un dolor dulce, cruzó el rostro de Pablo. Onésiforo, el efesio. No se había avergonzado. No había sido como aquellos de Asia, que lo habían abandonado. Al llegar a Roma, había buscado a Pablo con empeño “hasta que me encontró”. Lo imaginó, preguntando por las prisiones, por los calabozos, insistiendo ante soldados burlones, hasta dar con aquel agujero húmedo. Y luego, viniendo una y otra vez, aliviando con su presencia la soledad más negra, refrescándolo de alguna manera. “Que el Señor le conceda hallar misericordia ante el Señor en aquel día”, escribió, con un énfasis especial. Y añadió, como queriendo que Timoteo lo supiera, lo viera: “Ya sabes tú cuántos servicios me prestó en Éfeso”.
El final fue rápido, un último aliento de ánimo. Un “tú, pues…” cargado de expectativa y de paternidad espiritual. Que guardara el buen depósito. Que se apartara de las palabrerías vacías. Que se mantuviera en la sana doctrina. Y la súplica final, la que brotaba de un hombre que sabía que su partida era inminente: “Procura venir pronto a verme”.
Firmó. Soltó el cálamo. Se frotó los ojos, cansados. Afuera, se oyeron pasos de sandalias en el corredor, el choque metálico de unas llaves. Pablo enrolló el papiro con cuidado, lo ató con un cordel sencillo. Lo sostuvo en sus manos un momento, como si estuviera transfiriendo algo más que tinta y palabras. Era su corazón. Era el fuego de su fe, avivado en la adversidad, que ahora enviaba a través de kilómetros de tierra y mar para avivar el de su hijo. El carcelero se acercaba. Pablo suspiró, una mezcla de agotamiento y de paz profunda, indecible. La carta estaba lista. Era, en sí misma, un acto de fe: la certeza de que Dios guardaría lo que él le encomendaba. Hasta aquel día.




