Biblia Sagrada

El Poder de la Palabra y el Silencio

La lengua, pensó Meir mientras observaba el polvo levantarse bajo los pies de los camellos, es un arma más afilada que la espada del mercenario asirio. El sol de media tarde caía a plomo sobre Sefarad, filtrándose entre los toldos de lona del zoco y dibujando sombras alargadas y sedientas. Él, hijo de Yakov el tintorero, conocía el valor de las palabras. Su padre, hombre de pocas y ponderadas sentencias, se lo había repetido hasta la saciedad: “Las palabras mal tejidas manchan más que el añil derramado, hijo mío, y la mancha no sale”.

Aquella mañana, la disputa había sido estúpida. Una discusión sobre los límites del patio trasero, una línea imaginaria trazada por una piedra que alguien movió. Simón, su vecino, hombre de carácter áspero y voz atronadora, había llegado vociferando. Meir, en lugar de guardar silencio y escuchar, como le susurraba la costumbre de los sabios, había alzado su propia voz. Palabra contra palabra, insulto velado contra agravio imaginario. Las palabras, una vez liberadas, se enredaron como ovillo mal hecho. “El necio no se deleita en la inteligencia”, recordó de pronto el proverbio, “sino en revelar su propio corazón”. Y él había revelado el suyo: impaciente, orgulloso, herido en su terruño. Al final, cada uno se encerró en su casa, y la piedra, testigo mudo, quedó en medio, más pesada que una losa.

El disgusto lo trajo hasta el zoco, no por comprar, sino por perderse entre el gentío y el rumor. Pasó ante el puesto del alfarero, Yohanán, quien moldeaba con manos pacientes un cántaro panzudo. “El corazón del sabio adquiere conocimiento”, musitó Meir para sus adentros, “y el oído del sabio lo busca”. ¿Qué conocimiento buscaba él? Sólo el dulce del venganza verbal, la justificación de su enojo. Se detuvo un momento. El torno giraba, la arcilla se elevaba bajo dedos expertos. Una presión mínima, un temblor casi imperceptible, y la forma se arruinaba. Así era la lengua. Una herramienta que podía dar forma a la belleza o destruirla en un instante.

Un griterío lo sacó de sus pensamientos. Junto al pozo, dos mercaderes discutían con vehemencia por la prioridad para abrevar a sus animales. Los rostros enrojecidos, los dedos acusadores, las voces que se superponían sin escuchar. “El que responde antes de escuchar…”, empezó a pensar. Uno de ellos, el más joven, espetó una injuria tan gruesa que el otro enmudeció, no por convicción, sino por la herida recibida. El ofendido dio media vuelta, su expresión se volvió una máscara de hielo. “La boca del necio es su ruina”, susurró Meir. Vio cómo el conflicto, que pudo ser un regateo pasajero, se convertía en una enemistad duradera. El agua del pozo, que podía apagar la sed de ambos, ahora estaba envenenada por la sal de las palabras.

Cansado, se dirigió a la puerta de la ciudad, donde los ancianos solían sentarse a la sombra de un viejo terebinto. Allí estaba el rabí Eleazar, con sus ojos claros que parecían ver a través de la piedra. No era un hombre de discursos, sino de silencios elocuentes y preguntas precisas. Meir se sentó en el borde, sin atreverse a hablar. Oyó cómo un hombre, angustiado, exponía un pleito complicado sobre una herencia. Hablaba atropelladamente, justificándose, acusando. El rabí no interrumpió. Sólo al final, cuando el hombre, exhausto, terminó su torrente, el anciano habló con suavidad. “Las palabras del hombre son aguas profundas; fuente de sabiduría, arroyo que fluye”. No dio una solución inmediata, sino que pidió a otro de los presentes su versión. Hizo preguntas. Cavó. Escuchó.

Meir comprendió entonces la diferencia. Su disputa con Simón había sido como el griterío del pozo: dos monólogos que chocaban. No había habido “aguas profundas”, sólo charcos turbios que salpicaban. El sabio, en cambio, no se apresuraba. Dejaba que el otro llegara al fondo de sí mismo, y sólo entonces la sabiduría podía brotar. “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo”, dijo otro de los ancianos, “y hay amigo más unido que un hermano”. Meir pensó en Simón. No eran amigos, apenas vecinos. Pero había una unión más profunda que la sangre: compartían el mismo pedazo de tierra, el mismo sol, la misma Ley. Su enemistad los debilitaba a ambos, como una ciudad con los muros agrietados.

El sol comenzaba a descender, tiñendo de oro las colinas. El aire se volvía más llevadero. Meir se levantó, con una pesadez distinta en el alma. No era la rabia inicial, sino el peso de la comprensión. Regresó por calles más tranquilas. Al pasar frente a la humilde casa de una viuda, oyó un llanto contenido. Se detuvo. La mujer, Marta, estaba sentada en el umbral, con un paño entre las manos. Un prestamista, con modales ásperos, la había amenazado con quedarse con su única posesión: un pequeño campo de olivos. “Antes del quebranto se eleva el corazón del hombre”, recordó. El orgullo del poderoso frente al desvalido. Pero el proverbio continuaba: “Y antes de la honra, la humildad”.

Sin planearlo, Meir entró en el pequeño patio. No dijo mucho. Preguntó. Escuchó la historia, trenzada de dolor y deudas pequeñas. Luego, con cuidado, ofreció ir al día siguiente con ella para hablar con el prestamista, no para enfrentarlo, sino para buscar un acuerdo, para recordarle la Ley que protegía a los más frágiles. “La suplica del justo, ejercitada con poder, mucho puede”. No se sentía justo, sólo un tintorero arrepentido. Pero al ofrecer su voz para quien no tenía eco, algo se serenó dentro de él.

Llegó a su casa. La piedra en el límite seguía allí. Miró hacia la casa de Simón. Una luz temblorosa se filtraba por la ventana. Respiró hondo. No fue con una disculpa elaborada. Fue con una jarra de vino fresco que su madre había preparado. Llamó a la puerta. Cuando Simón apareció, con el ceño aún fruncido, Meir no justificó su postura de la mañana. En cambio, dijo: “He pensado que nuestra disputa no vale la luz de esta lámpara que gastamos en rencor. El patio es pequeño para los dos, pero más pequeño debe ser nuestro corazón para la discordia”.

Simón lo miró, sorprendido. No respondió de inmediato. Su mirada se posó en la jarra, luego en el rostro de Meir. Un parpadeo. Un leve relajamiento de la mandíbula. “El hombre que recibe un regalo”, dijo por fin, con voz áspera pero sin veneno, “debe ofrecer a cambio un lugar para sentarse”. No fue una reconciliación grandiosa. Fue un principio. Un dejar de lado la espada verbal para compartir un vaso.

Esas noches, mientras el silencio cubría Sefarad, Meir recordaba los hilos del día. La lengua, ciertamente, era un fuego. Podía incendiar una cosecha de entendimiento o iluminar el sendero de la paz. La sabiduría no residía en tener la razón, sino en saber cuándo hablar, cómo escuchar, y entender que hasta el más fuerte, en su fortaleza, es vulnerable si nadie lo escucha. Y que a veces, la respuesta más poderosa no está en las aguas profundas de la elocuencia, sino en el silencio que precede a una palabra amable, o en el simple acto de sentarse, bajo las mismas estrellas, con un antiguo adversario, para beber del mismo vino. Porque al final, el espíritu del hombre podrá sostenerse en la enfermedad, pero ¿quién soportará un corazón roto por palabras que nunca debieron ser dichas? Y un hermano, aunque sea de vecindad, ganado en un día de conflicto, es una fortaleza más segura que cualquier muro de piedra.

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