El aire en Gabaón pesaba, cargado con el olor a leña seca y a tierra reseca. Salomón, joven aún, con la corona sintiéndose más ancha que su frente, había llegado hasta el alto lugar. No era el único, pero sí el rey. La luna, una hoz pálida, cortaba la negrura del cielo nocturno, iluminando débilmente la mole de piedra del altar. Allí, mil holocaustos ya se habían consumido, y el humo, denso y acre, subía como una columna quebrada hacia las estrellas. Él no buscaba un espectáculo, sino un encuentro. El peso de la heredad de su padre David era una losa sobre sus hombros: un pueblo innumerable, una promesa divina, y su propia insuficiencia, aguda como una espina.
El sueño, cuando vino, no fue con trompetas. Fue con una quietud repentina, como si el mundo contuviera la respiración. Y en ese silencio, se hizo una Presencia. No una forma, sino una voz que resonaba en el centro mismo de su ser, no en los oídos.
—Pide lo que quieras que yo te dé.
Salomón no respondió de inmediato. La frase flotó en él, se mezcló con el olor a ceniza y el recuerdo de las manos callosas de su padre, con la mirada grave de los ancianos de Judá. Sintió el vértigo de la posibilidad. Riquezas, larga vida, la cabeza de sus enemigos… todo estaba al alcance de una palabra. Pero otra imagen, más tenaz, se impuso: la del pueblo, esa muchedumbre de rostros anónimos que dependían de sus decisiones. Un rebaño sin pastor, o peor, con un pastor necio.
Su voz, en el sueño, sonó joven y frágil, pero clara.
—Tú hiciste gran misericordia a tu siervo David mi padre, porque él anduvo delante de ti en verdad, en justicia y con rectitud de corazón para contigo. Y le has reservado esta gran misericordia, al darle un hijo que se siente en su trono. Ahora, Señor Dios mío, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre; pero yo soy un muchacho, no sé cómo entrar ni salir. Y tu siervo está en medio de tu pueblo, al que tú escogiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni numerar por su multitud. Da, pues, a tu siervo un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo tan grande?
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era de expectación, sino de una profunda, casi tangible aprobación. La voz habló de nuevo, y Salomón sintió una calidez que no provenía del rescoldo del altar.
—Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he aquí que hago conforme a tus palabras. He aquí que te doy un corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro igual. Y aun también te he dado lo que no pediste: riquezas y gloria, tanto que no habrá entre los reyes otro como tú en todos tus días. Y si andas en mis caminos, guardando mis estatutos y mis mandamientos, como anduvo David tu padre, yo alargaré tus días.
Salomón despertó. El alba estaba tejiendo hilos de oro y carmín en el horizonte. Se incorporó, y el mundo era el mismo: las piedras, el polvo, el aire fresco de la mañana. Pero algo en su interior había cambiado. No era una avalancha de conocimiento, sino una disposición, una serenidad profunda. Era como si antes hubiera mirado el mundo a través de un velo espeso, y ahora ese velo se hubiera disuelto. Sabía que la verdadera prueba no estaba en el sueño, sino en la vigilia.
Días después, en Jerusalén, la corte era un hervidero de asuntos menores y graves. Hasta que llegaron ellas. Dos mujeres, con el vestido sencillo y la mirada dura de quien ha visto demasiado. Venían agarradas la una a la otra, pero no por afecto, sino por una rabia compartida que las trenzaba como yedra venenosa. Los guardias las separaron con dificultad frente al trono de marfil y oro, donde Salomón, con un manto púrpura sobre los hombros, las observaba en silencio.
—¡Señor mío! —gritó la primera, con la voz rota y los ojos inyectados en sangre—. Esta mujer y yo vivíamos en la misma casa. Yo di a luz un hijo, y tres días después, ella también. No había nadie más con nosotras. ¡Nadie! Y una noche, el hijo de esta mujer murió, porque ella se acostó sobre él. Entonces, se levantó a medianoche, y mientras yo, tu sierva, dormía, me quitó a mi hijo de mi lado, y puso a su hijo muerto junto a mí. Al amanecer, cuando me levanté para dar de mamar a mi hijo, ¡he aquí que estaba muerto! Pero cuando lo miré de cerca a la luz del día, vi que no era el hijo que yo había dado a luz.
La segunda mujer estalló antes de que la primera pudiera continuar.
—¡No es verdad! ¡Mi hijo es el que vive, y el tuyo es el muerto!
—¡Mientes! ¡El que vive es mi hijo, y el tuyo es el muerto!
Y así se enzarzaron, gritando, acusando, con los dedos temblorosos apuntando como dagas. La sala estaba en un silencio sepulcral, todos los ojos clavados en el rey. Era el tipo de pleito imposible: la palabra de una contra la palabra de la otra, sin testigos. Cualquier juez hubiera ordenado un juramento o habría buscado un compromiso vacilante.
Salomón no movió un músculo. Observaba a las mujeres. No solo sus palabras, sino sus cuerpos: la desesperación genuina de la primera, una angustia que parecía rajarla en dos; la rabia defensiva, casi histérica, de la segunda. Pero la rabia también podía nacer de la culpa. La sabiduría que había recibido no era una lista de respuestas, sino un oído afinado para escuchar el eco de la verdad en el caos.
Dejó que el griterío se apagara por sí solo, consumido en sollozos y jadeos. Luego, con una voz tranquila que cortó el aire como un cuchillo afilado, dijo:
—Una dice: “Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto”. La otra dice: “No, tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que vive”.
Hizo una pausa, y su mirada recorrió la sala, deteniéndose un instante en la espada que colgaba del cinturón de su capitán de guardia.
—Traedme una espada.
Un murmullo de confusión recorrió la estancia. El capitán desenvainó su arma, larga y reluciente, y se acercó al trono. Salomón la tomó por la empuñadura, sintiendo su peso frío.
—Partid en dos al niño vivo —dijo, y sus palabras cayeron como piedras en un estanque—, y dad la mitad a la una, y la otra mitad a la otra.
Por un instante, hubo un silencio absoluto, roto solo por el leve chasquido de una antorcha. Luego, la primera mujer cayó de rodillas como si le hubieran quebrado las piernas. Su rostro se descompuso en una mueca de terror infinito.
—¡Por favor, señor mío! —suplicó, arrastrándose hacia el trono, la voz un hilo de agonía—. ¡Denle a ella el niño vivo, pero no lo maten!
La otra mujer, en cambio, endureció la expresión. Una chispa de algo cruel y satisfecho brilló en sus ojos.
—No será ni para mí ni para ti —dijo con sequedad—. ¡Que lo partan!
Salomón bajó la espada. No la usó. La colocó suavemente sobre las rodillas. En el grito desgarrado de la primera mujer había oído la verdad. No era una declaración, sino un sacrificio. Era el sonido del amor auténtico, dispuesto a perderlo todo con tal de que el hijo viviera. En la fría aceptación de la segunda, sólo había rencor y posesión.
Alzó la mano, y su voz, ahora llena de una autoridad que todos percibieron como distinta, resonó en la sala.
—Dad a la primera el niño vivo. No lo matéis. Ella es su madre.
Un suspiro colectivo, mezcla de asombro y alivio, recorrió la sala. La mujer, la verdadera madre, se abrazó al niño que le entregaron, hundiendo el rostro en el pequeño cuerpo, su cuerpo sacudido por unos sollozos que ya no eran de dolor, sino de una gratitud salvaje. La otra, derrotada, fue conducida fuera, su mentira expuesta ante todos.
La noticia se propagó por todo Israel como el viento por las colinas. No hablaban sólo de un juicio astuto, sino del temor reverente que se apoderó de ellos. “Porque vieron que había en él sabiduría de Dios para hacer justicia”. Salomón, en la soledad de sus aposentos, recordaba el sueño de Gabaón: el humo, la voz, la petición. Y comprendía que la sabiduría no era un tesoro para guardar, sino un río que debía fluir, un instrumento para escuchar, en medio del bullicio del mundo, el tenue y poderoso latido del bien. La corona seguía pesando, pero sus hombros, ahora, la sostenían de otra manera.




