El frío de la noche se aferraba todavía a los pliegues de los cerros cuando Josué salió de su tienda. El aire olía a tierra húmeda y a cenizas de hogares recientes. No era el olor de la paz, sino el de una tregua breve, el respiro entre un alarido y el siguiente. La noticia había llegado con los últimos correos: al norte, en las tierras altas de Galilea, se estaba forjando una coalición como no se había visto desde los días de los gigantes. Jabín, rey de Hazor, el viejo zorro de aquellas montañas pedregosas, había enviado mensajes a todos los rincones. A los reyes de Madón, de Simrón, de Acsaf. A los cananeos del este y del oeste, a los amorreos de las colinas, a los hititas y jebuseos y ferezeos. Un ejército incontable, se decía, numeroso como la arena de la orilla. Y con carros de hierro, cientos de ellos, esas máquinas terribles cuyas ruedas trituraban el suelo y el alma de los hombres.
Josué se frotó la cara. En la palma de su mano aún sentía la textura del rollo de la Ley, que había estado consultando a la luz vacilante de una lámpara. No eran estrategias lo que buscaba, sino un rostro. El rostro de Aquel que había partido las aguas y derribado muros. La promesa era clara: «No temas, porque yo los he entregado en tus manos». Pero la carne, la vieja carne que llevaba a cuestas, temblaba. Recordaba el peso de la espada, el grito ahogado de un hombre al caer, el olor metálico de la sangre mezclándose con el polvo. La conquista no era un salmo; era un trabajo sucio, agotador, que dejaba las manos callosas y el corazón pesado.
Decidió no esperar. La espera era hermana del miedo. Convocó a los capitanes, a los hombres curtidos por las campañas de Jericó y Ay. Sus rostros eran mapas de cicatrices y de una fe a prueba de duda. Les habló sin grandilocuencia, con la voz ronca de quien ha dado demasiadas órdenes. «Preparen a los hombres. Marchamos hacia el norte, a las aguas de Merom. Allí nos los encontraremos. No es nuestra fuerza, sino la mano que nos guía, la que ha de decidir esto.»
El campamento se transformó en un hervider de actividad silenciosa. El sonido del metal contra el metal, el roce de las sandalias sobre la grava, los murmullos de los hombres que comprobaban las correas de sus escudos. No había cánticos de guerra esa mañana; solo el solemne silencio de quienes se encomiendan a una voluntad mayor. Partieron antes de que el sol coronara los montes de Efraín, una columna de polvo y determinación que serpenteaba hacia las tierras altas.
El viaje fue arduo. El terreno se hizo escarpado, traicionero. El aire se enfrió. A través de valles estrechos y sobre lomas pedregosas, la columna avanzaba, una oruga lenta por la piel áspera de la tierra prometida. Los exploradores, ágiles como gacelas, iban y venían con sus informes. El enemigo estaba acampado junto a Merom, un lago plateado encajado entre colinas. Y la descripción era aterradora: una multitud que parecía haber brotado de la tierra misma, y entre ellos, los carros formando una barrera reluciente y mortal, como los dientes de un dragón de hierro.
La noche antes del encuentro, Josué no durmió. Caminó entre las hogueras bajas, observando a sus hombres. Muchos eran jóvenes, con miradas en las que la bravura y el terror libraban su propia batalla. Se detuvo junto a uno que afilaba su lanza con movimientos repetitivos, casi un rito.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Eliazar, de la tribu de Judá, señor.
—¿Qué ves cuando miras hacia el norte, Eliazar?
El joven dudó. Luego, con una honestidad que conmovió al viejo líder, dijo:
—Veo… veo la sombra de mi padre, que no llegó a cruzar el Jordán. Y más allá, veo esos carros. Pero también escucho, en el viento, las palabras que nos dijeron nuestros padres: el Señor pelea por nosotros.
Josué asintió, una paz extraña asentándose en su pecho. Era por esto. Por la fe titubeante pero real que pasaba de una generación a otra, como una antorcha en la oscuridad.
Al amanecer, se produjo el choque.
No fue una batalla, sino un alud. Josué, siguiendo una instrucción que sintió tan clara como una voz en su oído interior, no atacó de frente. Dividió sus fuerzas en grupos ágiles y los envió por los flancos, por las laderas boscosas donde los pesados carros de combate no podían maniobrar. La orden era precisa: «No teman a sus caballos ni a sus carros. Desjarreten los caballos y quemen los carros».
Cuando el sol se alzó, bañando el valle en una luz cegadora y pálida, el grito de guerra de Israel resonó desde tres frentes a la vez. No fue un grito de furia ciega, sino un clamor que era a la vez plegaria y estruendo, un sonido que pareció rasgar el mismo cielo.
La confusión cundió en el campamento cananeo. Sus reyes, confiados en su poderío numérico y en la fuerza bruta de sus carros, no esperaban un ataque tan audaz y tan bien dirigido. Los carros, la joya de su ejército, se volvieron su perdición. Atrapados en el terreno blando cerca del agua o enredados entre las tiendas y la muchedumbre, se convirtieron en jaulas de madera y hierro para sus aurigas. Los israelitas, ligeros de equipo y movidos por una fuerza que trascendía el miedo, caían sobre ellos como un enjambre. El sonido dominante no fue el choque ordenado de ejércitos, sino el caos: relinchos de caballos heridos, el crujido de la madera al quebrarse, los gritos de hombres sorprendidos por una derrota que creían imposible.
Josué, desde una atalaya natural, observaba el desarrollo. Vio cómo su estrategia, inspirada por una sabiduría que no era solo suya, se desarrollaba con una precisión casi aterradora. Los carros, quemados, levantaban columnas de humo negro que manchaban el cielo azul. Los caballos, desjarretados, yacían en el suelo. El ejército enemigo, privado de su arma principal y acosado por todos lados, se desmoronó. La retirada se convirtió en huida, y la huida, en una cacería implacable.
La persecución fue larga y exhaustiva. No se detuvo en Merom. Josué empujó a sus hombres, sabiendo que un enemigo disperso pero no destruido podía renacer como la hidra. Huyeron hacia el oeste, hasta Sidón, la ciudad fenicia junto al gran mar. Huyeron hacia el este, hasta el valle de Mizpa. No hubo refugio. La mano del Señor, como había prometido, pesaba sobre los reyes cananeos. Uno a uno, sus ciudades cayeron. Algunas tras una resistencia feroz, otras casi sin lucha, como fruta madura que se desprende de la rama.
Y luego, llegó el turno de Hazor.
La ciudad se alzaba sobre su colina, imponente, la cabeza de toda aquella coalición. Sus murallas eran altas y orgullosas, testigos de siglos de dominio. Josué la contempló con una mezcla de cansancio y resolución. No era solo una ciudad más. Era el símbolo de la oposición, el corazón de la rebelión contra el designio del Dios de Israel. Tomarla por asalto costaría ríos de sangre. Pero la orden, de nuevo, llegó a su espíritu con una claridad solemne.
La batalla por Hazor fue breve y terrible. Sin su ejército, sin sus reyes aliados, la ciudad estaba condenada. Los israelitas irrumpieron por sus puertas, y el sonido de la lucha resonó en sus calles de piedra. Cuando todo terminó, Josué dio una orden que resonaría en la memoria de aquellas tierras por generaciones: prender fuego a Hazor. No para botín, no para ocupación. Para juicio.
Las llamas crepitaron, altas y furiosas, lamiendo el cielo nocturno. La luz del incendio se reflejaba en los ojos cansados de los soldados, pintando sus rostros de sombras danzantes. El calor era tan intenso que se sentía a cientos de pasos de distancia. Hazor, la cabeza de todos aquellos reinos, fue reducida a un montón de escombros humeantes. Un silencio solemne, solo roto por el crujir de las vigas al colapsar, cayó sobre el campamento israelita. Era el silencio de una promesa cumplida, un silencio que olía a ceniza y a destino.
Los años siguientes fueron de trabajo meticuloso, de consolidación. Josué, ya anciano, sus huesos doloridos por décadas de campaña, se dedicó a la repartición de la tierra. Ciudad tras ciudad, rey tras rey, cayó bajo el filo de la espada. No por sed de sangre, sino por un mandato que entendía como una siega necesaria, un desbrozar la tierra para que pudiera florecer la semilla de una nación consagrada. Los anaquitas, altos como torres, cuyos nombres habían sembrado el pánico en los espías de antaño, fueron exterminados de las montañas. Solo quedaron bolsillos aislados, en Gaza, en Gat, en Asdod. Recordatorios incómodos de una tarea que, sabía, quedaría inconclusa para su generación.
Finalmente, la guerra cesó. No con un tratado, sino con un agotamiento divino y humano. La tierra, al fin, descansó de la contienda.
Josué, de vuelta en Silo, ante el tabernáculo que ahora residía en el centro de la tierra conquistada, a menudo recordaba aquellos días. No como hazañas propias, sino como un largo y sangriento capítulo de una historia que había comenzado con una promesa a un hombre llamado Abraham bajo un cielo estrellado. Había sido el instrumento, el brazo ejecutor de un propósito tan vasto que apenas podía vislumbrar. Y en la quietud de sus últimos años, mientras el sol se ponía sobre las colinas de Efraín, la certeza que lo sostenía no era la de sus victorias, sino la de una voz que había hablado en el desierto y junto al Jordán, y que ahora susurraba, en el silencio de su corazón, que la obra, Su obra, estaba hecha. Por ahora.




