Biblia Sagrada

La Paz de la Cruz

Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque han pasado ya muchos años. No era un día especial, al menos no al principio. El polvo del camino se me colaba entre las sandalias y el calor, ese calor pesado de mediodía, hacía que la túnica se me pegara a la espalda. Caminaba de regreso a la aldea, pero en realidad iba sin rumbo, cargando un peso que no era el de las mercancías que no había logrado vender.

El problema no era el fracaso en el mercado. Ese era solo el último eslabón de una cadena mucho más larga. Era la mirada de decepción de mi padre, la misma que llevaba viendo desde que tuve uso de razón. Era la sensación constante de no estar a la altura, de romper lo que tocaba, de sembrar y que no creciera nada. Vivía en una paz precaria, una tregua frágil que se rompía con cada nuevo error. Y cada error, lo sabía en lo más hondo, era una confirmación. Una confirmación de que algo en mí, en todos nosotros, estaba torcido desde el origen.

Me senté a la sombra de una higuera vieja, cuyas raíces se aferraban a la roca como garras. No rezaba. Solo miraba el valle, el polvo suspendido en el aire, la vida que seguía su curso implacable. Y entonces, sin saber por qué, me vino a la memoria una frase que había escuchado a un rabino itinerante, uno de esos que hablaba de un Mesías. No recordaba el contexto, solo las palabras, que aquel día me habían sonado a consuelo barato: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

“Paz para con Dios”. Las repetí en voz baja. ¿Qué clase de paz podía haber, si la relación estaba quebrada desde el principio? Mi mente, educada en las historias de las Escrituras, retrocedió hasta el principio de todo. Lo vi con una claridad desgarradora: a Adán. No como un mito lejano, sino como un hombre real, con el olor de la tierra nueva en las manos, escuchando los pasos de Dios en el fresco del día. Y lo vi eligiendo. Eligiendo la sospecha sobre la confianza, la autonomía sobre la comunión. Aquel primer acto de rebelión no fue un accidente arqueológico. Fue una puerta que se abrió, y por ella entró algo más que la desobediencia. Entró la muerte. Una muerte que no era solo el fin de la vida, sino una separación, un cáncer en el alma que se transmitía, inexorable, a todos. Yo, bajo aquella higuera, era heredero de aquella caída. Mi paz quebradiza, mi sensación de fracaso, mi alienación, tenían una raíz común y antiquísima.

El sol comenzaba a inclinarse, tiñendo de oro el polvo. Y en medio de esa quietud, otra imagen se impuso. No era un jardín, sino una colina fuera de los muros de la ciudad. Un madero áspero. Y en él, un hombre. No un hombre cualquiera, sino el único que había vivido sin que la raíz de Adán echara brotes en su corazón. El que había caminado en perfecta comunión con los pasos del Padre. Él, sin embargo, estaba allí. Clavado. No por sus propios pecados, sino cargando con los de Adán, con los míos, con los de todos los que respiramos el aire de este mundo herido.

Entonces, por primera vez, las palabras del rabino dejaron de ser teoría. Aquel hombre en la cruz no era solo un buen maestro muriendo. Era lo opuesto exacto a Adán. Adán, en su vergüenza, se escondió. Cristo, en su inocencia, se ofreció. Por la transgresión de uno, la condena alcanzó a todos. Por la justicia de uno, la justificación que da vida alcanza a todos. No era un intercambio mágico. Era un acto de amor tan vasto, tan deliberado, que reescribía la historia desde sus cimientos.

Una brisa fresca, la primera de la tarde, agitó las hojas de la higuera. Y con ella, algo cambió dentro de mí. La paz de la que hablaba el rabino no era la ausencia de problemas. No era la tregua precaria que yo conocía. Era algo totalmente distinto. Era la certeza, no basada en mis logros, sino en el acto terminado de aquel hombre en la cruz, de que la guerra había terminado. La hostilidad entre Dios y yo, aquella que Adán había iniciado y que yo perpetuaba a diario, había sido abolida. Cristo no negoció una tregua. Él *es* nuestra paz. Y esa paz, una vez recibida por la fe, se convierte en el suelo firme donde uno puede pararse, aunque el mundo se agite.

Cerré los ojos. Ya no veía solo mi fracaso del día. Veía una cadena rota. La cadena que me unía a la culpa de Adán se había quebrado. En su lugar, una unión nueva, vital, me ligaba a Cristo. Y si por Adán reinó la muerte, por Cristo reina la vida. Esa es la lógica del reino de Dios, una matemática de gracia donde el don desborda con creces la caída.

Me levanté, y al hacerlo, noté que el peso en los hombros ya no era el mismo. Seguía estando cansado, y al día siguiente tendría que enfrentar de nuevo la decepción de mi padre. Pero algo fundamental era distinto. Ya no caminaba bajo la sombra de la condena antigua. Caminaba bajo el sol de una reconciliación costosa, comprada con sangre.

En el camino de vuelta a la aldea, mientras las primeras estrellas asomaban, una palabra nueva resonaba en mí, una palabra que antes me habría sonado a vana ilusión: Esperanza. No la esperanza frágil de que las cosas mejoren, sino la esperanza sólida, segura, que no avergüenza. Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Y ese amor no es un sentimiento variable. Es la esencia misma de lo que sucedió en la cruz. Si Dios nos amó hasta ese extremo cuando éramos aún sus enemigos, ¿cuánto más, ahora que somos sus hijos, nos verá a través de la perfección de su Hijo?

Llegué a la puerta de mi casa. La luz de una lámpara titilaba dentro. Respiré hondo. La paz no era un sentimiento que dependiera de la acogida que encontrara. Era un hecho. Un hecho histórico, celestial, sellado en un madero y confirmado en una tumba vacía. Y esa paz, esa esperanza indestructible, era ahora el aire que respiraba. Un aire nuevo, en un mundo que, aunque aún gime, ya está siendo redimido.

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