El calor del día cedía ante una brisa vespertina que subía desde el valle del Cedrón, trayendo consigo el olor polvoriento de la tierra y el aroma lejano de los rebaños. Jerusalén, en aquel tiempo, era una ciudad de pesos y contrapesos, de miradas que escrutaban el horizonte con una inquietud antigua. No era la urbe esplendorosa de Salomón, sino una comunidad reconstruida, frágil, que cargaba sobre sus muros la memoria de la gloria y la desolación. En las callejuelas, entre el runrún de los mercaderes que recogían sus puestos, se hablaba en susurros de presagios y de las palabras de los profetas de antaño. Y en el corazón de algunos, muy dentro, resonaba una promesa antigua, una profecía que era como un carbón apagado, esperando un soplo.
La amenaza no tenía un solo rostro. Era una presión difusa, como el cambio de presión antes de la tormenta. Las naciones alrededor, poderosas, seguras de su fuerza, veían a Jerusalén con una mezcla de desdén y una curiosidad irritante. Era un pueblo testarudo, aferrado a un Dios invisible, y esa terquedad era un agravio. En los palacios de los reyes vecinos, se trazaban planes. Jerusalén sería la copa que harían beber a todos los pueblos; una copa de vértigo y temblor. La imaginarían sitiada, acorralada. Sería la piedra pesada que intentarían alzar, y que al hacerlo, se les desgarraría la carne de las manos.
Y llegó el día. No con un solo ejército, sino con una confederación de orgullo. Acamparon en los valles que circundaban la ciudad, sus fogatas punteando la oscuridad como una constelación hostil. El metal de sus armaduras relucía bajo un sol frío. El rumor de sus tropas era como el del mar lejano, un sonido continuo y amenazador. Dentro de los muros, el miedo era tangible, un sabor amargo en la boca. Los ancianos se reunían en la puerta de la ciudad, sus rostros surcados de preocupación. Las mujeres apretaban a sus hijos contra el pecho. Los guerreros, en número insuficiente, miraban desde las almenas la marea que se avecinaba.
Pero entonces, algo sucedió. No fue un trueno del cielo, ni un terremoto. Fue un cambio en la sustancia misma de la gente. Como si un yugo invisible se hubiera quebrado. El miedo, que poco antes los paralizaba, se fundió en una determinación fría y clara. Un hombre, Yehoyarib, un alfarero de manos callosas, se plantó delante de su casa y dijo, sin gritar, a sus vecinos: “Esta es mi casa. Y detrás de mi casa, está el Templo. No es por mí. Es por Aquel que mora allí.” Sus palabras no eran grandilocuentes, pero cayeron como una chispa en yesca seca.
Cuando los primeros asaltos comenzaron, sucedió lo impensable. El aldeano se convirtió en héroe. El comerciante blandía su herramienta con la ferocidad de un guerrero entrenado. Las casas de Judá, fuera de los muros, fueron como una antorcha que consume a quienes intentan apagarla. No había estrategia brillante, sino una furia santa, una fuerza que no venía de los músculos, sino de un lugar más profundo. Era como si el mismo espíritu de la ciudad, de su Dios, se hubiera derramado como un aceite espeso sobre sus defensores. Los jefes de Judá, al verlo, comprendieron que su fuerza no era para gloria propia, sino como el leño que arde para dar luz a Jerusalén. Los sitiadores, confundidos, empezaron a tropezar unos con otros. La copa que querían hacer beber a Judá se volvió contra sus propios labios, y bebieron hasta la locura. La piedra que era Jerusalén les cayó encima, aplastando su soberbia.
La victoria, cuando llegó, no fue celebrada con festines desenfrenados. Un silencio extraño, solemne, cayó sobre la ciudad. La amenaza exterior se había desvanecido como niebla, pero al retirarse, dejó al descubierto un paisaje interior devastado. La euforia inicial dio paso a una congoja profunda, inexplicable. Fue entonces cuando las palabras del profeta, aquellas que se murmuraban en las esquinas, adquirieron un peso insoportable. “Mirarán a mí, a quien traspasaron.”
No fue una visión colectiva en el cielo. Fue un conocimiento que surgió del espíritu, una herida que se abría en cada conciencia. Como si la victoria en la batalla hubiera removido una costra, y debajo estuviera la llaga purulenta de siglos. Los hombres y mujeres de Jerusalén, cada uno en su lugar, sintieron una punzada aguda en el costado. No una herida física, sino el dolor de reconocer una traición infinita. Salían a las calles, se encontraban en la plaza, y sus miradas, antes llenas de alivio, ahora estaban nubladas por un llanto que no encontraba consuelo.
Familia por familia, clan por clan, se aislaban en su duelo. La casa de David, los descendientes del rey, lloraban con una majestad quebrada, como un cedro partido. La casa de Natán, la de Leví, la de Simeí, cada una en la intimidad de sus patios, se entregaba a una lamentación amarga y personal. Las mujeres se separaban de los hombres en su dolor, como en los duelos más antiguos. La ciudad resonaba no con cánticos, sino con un gemido múltiple, un sonido áspero que subía de los cimientos mismos.
Y en medio de ese llanto, había un rostro. No lo veían con los ojos, pero lo contemplaban con el alma. El rostro de un Siervo, traspasado por ellos. No por el enemigo de fuera, sino por la indiferencia, la soberbia, la infidelidad de dentro. Cada lanzada que ellos, con sus vidas, habían asestado a la bondad de Dios, se veía ahora en esa figura herida. Lloraban por él como se llora por el hijo único, el primogénito. Era un duelo por la inocencia sacrificada, por el amor despreciado. La amargura de ese llanto no tenía paralelo, era como la amargura por la pérdida de un primer y único amor, que se comprende demasiado tarde.
De aquel día en adelante, Jerusalén fue distinta. La fuente prometida se abrió, pero no en la plaza principal, sino en el corazón de cada habitante. Una fuente de agua viva para lavar no la suciedad del polvo de la batalla, sino la mancha del pecado y la impureza. La idolatría, ese murmullo constante que se colaba en los altares domésticos, se secó como un arroyo en verano. El espíritu de gracia y de súplica se instaló en la ciudad, no como un huésped ocasional, sino como el aire que se respira. Ya no hacía falta señalar al culpable afuera. La mirada, una vez dirigida al Traspasado, había cambiado todo. La piedra pesada había sido levantada, y al caer, había quebrado, no a los ejércitos, sino el corazón de piedra de la ciudad, para que de sus grietas manara, por fin, un agua clara y purificadora.




