Biblia Sagrada

El Susurro de la Profecía Babilónica

El sol de Mesopotamia era un mazo que golpeaba sin piedad. Sobre Babilonia, la reina de los ríos, el calor se posaba como una losa de bronce, haciendo brillar los ladrillos esmaltados de la puerta de Ishtar con un fulgor que lastimaba los ojos. En el aire, espeso y dorado por el polvo de mil caravanas, flotaba el olor a aceite de sésamo, a excremento de camello y a incienso caro. Desde las terrazas escalonadas del Etemenanki, la gran zigurat, la vista abarcaba un mar de casas apiñadas, canales quietos como venas de plomo y, más allá, la interminable llanura verdeante, regada por el Éufrates perezoso.

En el corazón de aquella babel de lenguas y dioses, en el bullicio del mercado donde se comerciaba con lapislázuli de Badajshán y telas púrpuras de Tiro, la noticia llegó como un reguero de pólvora seca. Primero fue un susurro, luego un rumor que crecía en las tabernas junto al río. Hablaban de un ejército, no el de Asiria, ya polvo, ni el de Egipto, siempre ambivalente. Hablaban de un pueblo que subía del norte, de más allá de las montañas. Un pueblo con un dios extraño y una determinación de hierro. Los mercaderes medos, de rostros severos y habla áspera, asentían con una sonrisa ceñuda mientras ajustaban el precio del hierro. Los funcionarios del palacio de Nabucodonosor, ya fallecido, paseaban su inquietud entre las columnas de la sala del trono, donde el poder parecía tan sólido como los muros de sesenta codos.

Pero en los barrios de los deportados, entre los que aún recordaban el aroma de los olivares de Judá y el frío de las aguas de Siloé, el rumor tomó otro cariz. Lo comentaban en voz baja, al caer la tarde, cuando la brisa traía un alivio fugaz. Un anciano llamado Ebed, cuyas manos, surcadas de venas azules, aún sabían trenzar el lino como en Jerusalén, reunió a unos cuantos alrededor de una tinaja de agua. Su voz era áspera, pero sus ojos brillaban con una luz que no venía del sol poniente.

—He oído —dijo, casi sin aliento— palabras que no son de aquí. Palabras viejas, pronunciadas por un hombre de Anatot, cuando nuestra ciudad era humo y nuestros príncipes, cadenas.

Los demás se inclinaron. Un niño jugueteaba con un trozo de cerámica babilónica.

—Jeremías —susurró una mujer, y el nombre era como un bálsamo amargo.

El anciano asintió, mirando más allá de las paredes de adobe, hacia un horizonte mental. —Él habló de esto. No con la claridad del mediodía, sino como se habla de una tormenta lejana cuyo trueno tarda en llegar. Dijo que Babilonia era una copa de oro en la mano de Yahvé, y que todas las naciones bebieron de ella y enloquecieron. Pero que llegaría un día… un día en que esa copa sería destrozada.

Hizo una pausa, tomando un sorbo de agua. El silencio era total, solo roto por el lejano balido de una oveja.

—Dijo que vendría un pueblo desde el norte, un pueblo áspero, para que fuera instrumento. Que Babilonia, esta Babilonia que parece eterna como las estrellas, sería tomada por sorpresa. Que sus ídolos, Bel y Marduk, quedarían avergonzados, rotos en pedazos con el resto de la alfarería. Que sus muros, tan anchos que chariots could turn upon them, caerían. No por un asedio lento, sino por un ardid, por una puerta dejada abierta, por una fiesta donde la guardia se embriagaría hasta olvidar su deber.

Una brisa repentina agitó el polvo del suelo, formando un remolino efímero. Alguien tosió.

—Y lo más grande —continuó el anciano, y ahora su voz temblaba, no de debilidad, sino de una emoción largamente reprimida—, lo más grande es lo que dijo después. Que no se quedarían aquí, en este llano sofocante, para siempre. Que habría una salida. Un camino de regreso. Que Yahvé, el Dios de nuestros padres, el Dios del pacto quebrantado y de la misericordia infinita, visitaría nuestra culpa, pero que después tomaría nuestra causa. Que Él mismo sería nuestra redención. Que buscaríamos a Sión, y pondríamos el rostro hacia ella, y diríamos: “¡Vengan, unámonos a Yahvé, en un pacto eterno que no será olvidado!”.

El niño dejó la cerámica. Los adultos tenían los ojos húmedos, no de tristeza, sino de una esperanza tan antigua y profunda que dolía.

—Dijo que éramos ovejas perdidas, acosadas por leones… y que Él era nuestro pastor. Que Él nos devolvería a nuestros pastos.

Las semanas pasaron, y el rumor se hizo carne. Había una tensión palpable en la ciudad. Las patrullas caldeas recorrían las murallas con más frecuencia, pero su paso ya no tenía la arrogancia de antes. En los templos, los sacerdotes de Marduk multiplicaban los sacrificios, y el humo de las vísceras quemadas se mezclaba con el olor a pan de las panaderías, pero en sus ojos había una duda nueva. El rey Nabonido, absorto en sus excavaciones arqueológicas y en el culto a la luna Sin, parecía un fantasma en su propio palacio.

Y llegó la noche. No era una noche cualquiera. Era la fiesta de Akitu, el año nuevo babilónico. Por todos los canales y avenidas procesionales resonaba la música de liras y tambores. El vino de palma corría a raudales en la ciudadela. El resplandor de las antorchas bailaba sobre las fachadas de los dioses de terracota vidriada. En el palacio, la élite celebraba, ebria de sí misma, ciega a la historia que se movía en la oscuridad, más allá del río.

Ebed, el anciano, no podía dormir. Se asomó a la puerta de su humilde vivienda. El aire estaba cargado, no solo de humedad, sino de presagio. Miró hacia el norte, donde la luna creciente de Sin colgaba, indiferente. Y entonces, lo oyó. No un estruendo, no un grito de guerra. Fue un sonido sordo, profundo, como si la tierra misma hubiera dado un suspiro de alivio. Luego, un clamor lejano, confuso, que no era de júbilo, sino de caos. Un brillo anaranjado comenzó a pintar el cielo sobre el sector noroeste de la muralla interior. No era el fuego de una lámpara.

Al amanecer, la ciudad era otra. Los gritos habían cesado, sustituidos por un silencio pesado, roto por el llanto aislado. Por las calles no desfilaban soldados caldeos, sino guerreros de rostro austero, vestidos de cuero y metal, con un estandarte que no era el dragón de Marduk. Habían entrado sin derribar puertas, sin escalar muros. La leyenda diría que desviaron el río y pasaron por el lecho. La profecía decía que había sido una sentencia.

En la plaza del gran mercado, donde antes se regateaba el precio de los esclavos, un capitán del ejército victorioso, un medo de nombre Gubaru, leyó un edicto. Su voz resonaba contra los mudos muros de los almacenes. Declaraba la caída de la dinastía, la libertad para los pueblos deportados. No era una amnistía, era el cumplimiento de un designio más antiguo que Ciro, el rey persa a cuyo nombre actuaban.

Ebed, con un hatillo pequeño que contenía solo un trozo de manta y un recipiente para agua, reunió a su familia. No hubo grandes discursos. Miraron una última vez las altas murallas que habían sido su prisión dorada. Luego, se unieron a un flujo lento pero imparable de gente que salía por la gran puerta, ahora custodiada por soldados que no los retenían. Caminaron hacia el sur, hacia el desierto, hacia la tierra de la que, en sus canciones, nunca habían salido.

Mientras se alejaban, el anciano volvió la vista una última vez. El sol de la mañana iluminaba Babilonia, la Grande. Pero a sus ojos, ya no era más que un ídolo de barro, hermoso y quebradizo, cuya hora había sonado. No con el estruendo apocalíptico que algunos esperaban, sino con el susurro seco de la historia y el sollozo ahogado de sus sacerdotes. La copa de oro se había roto. Y las ovejas dispersas, por fin, tenían un camino a casa. El pastor había movido su cayado. Y en el corazón del desierto, comenzaba, de nuevo, el largo camino hacia Sión.

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