Biblia Sagrada

El Alfarero y el Barro

El calor de la tarde en Jerusalén tenía una cualidad pesada, como un manto de lana húmeda sobre los hombros. El polvo, levantado por el ir y venir de la gente por la Puerta de los Pescadores, se colaba por todas partes, incluso aquí, en el pequeño taller abierto al costado de la callejuela que bajaba hacia el valle. El sonido era lo primero que llamaba la atención: el rechinar suave, persistente, de una rueda de madera movida por los pies descalzos de un hombre. Era el sonido de la paciencia misma.

Yo me había detenido allí, no por primera vez. El taller del viejo Hacabías era un remanso de quietud en medio de la ciudad febril. Él, con sus brazos delgados pero fuertes, sus manos cubiertas de un fino barro grisáceo que se secaba en grietas, trabajaba absorto. Ante él, en la rueda que giraba con un ritmo de corazón, un montón informe de arcilla comenzaba a latir, a elevarse bajo la presión hábil de sus dedos. Yo observaba, fascinado por el milagro cotidiano. De la nada, de la tierra común, surgía una forma. Un cuello esbelto, un vientre curveado destinado a contener agua o aceite o grano. Hacabías soplaba suavemente, concentrado, sus ojos entrecerrados midiendo cada contorno.

Pero aquel día, algo fue diferente. La forma, que prometía ser un jarro hermoso, se torció. Quizás una piedrecilla minúscula, invisible, en el seno mismo del barro. Quizás una presión mal calculada. El caso es que el cuello se dobló de forma extraña, asimétrica, y el borde se onduló como un labio herido. Hacabías no maldijo. Solo frunció el ceño, un gesto de profunda consideración. Sin prisa, pero sin vacilación, sus manos se cerraron sobre la vasija defectuosa. La aplastó. La redujo de nuevo a un montón amorfo y húmedo sobre el centro de la rueda, que no había dejado de girar. Luego, con un movimiento fluido, comenzó de nuevo. Mojó sus manos en un cuenco de agua, amasó la arcilla con renovado propósito, y la hizo elevarse otra vez. Esta vez, de la misma masa, nació una vasija diferente. Más baja, más ancha, quizás un plato hondo o una olla para guisar. Era útil. Era buena.

Me quedé allí, inmóvil, mientras el sudor me corría por la espalda. La lección era tan clara, tan física, que casi podía palparse en el aire cargado de polvo y humedad. No era solo la habilidad del alfarero. Era su derecho. La arcilla no discute. No reclama. Es y será lo que el artífice decida. Y si se estropea en sus manos, él puede, si quiere, empezar de nuevo.

Fue entonces cuando lo oí. Una voz a mi espalda, grave, cargada de una autoridad que no gritaba. Era Jeremías, el hijo de Hilcías. Estaba allí, de pie, y sus ojos, esos ojos que siempre parecían ver a través de las paredes y de las sonrisas, no miraban al alfarero, sino a mí, como si leyera en mi rostro el asombro que yo sentía.

—¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? —dijo, y su voz no era una pregunta, sino un eco solemne de los pensamientos de Dios. El alfarero, Hacabías, ni siquiera alzó la vista; siguió con su trabajo, como si fuera un actor inconsciente en un drama divino.

Jeremías se acercó. Su túnica era simple, polvorienta. Olía a intemperie y a vigilia.

—He aquí que como el barro en la mano del alfarero —continuó, ahora dirigiéndose al aire, a la ciudad, al reino entero que dormitaba bajo el sol implacable—, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Judá.

Las palabras se posaron sobre el taller como un juicio silencioso. Yo miraba las manos de Hacabías, que seguían modelando con infinita paciencia. Y de repente, ya no vi solo un artesano y su oficio. Vi el corazón expuesto del mundo. Jeremías hablaba de naciones y de reinos. De que Dios podía, en cualquier momento, arrancar, derribar y destruir a un pueblo que se había torcido en la maldad, como aquel jarro de cuello quebrado. Pero también, si ese pueblo se arrepentía, Él podía edificar y plantar de nuevo. Tomar la misma masa, la misma historia, el mismo pueblo, y darle una nueva forma, un nuevo propósito.

Pero luego, la voz del profeta se endureció, como el barro bajo el sol del mediodía.

—Y ellos dicen: “Es inútil. Nosotros seguiremos nuestros propios designios, y cada uno actuaremos según la terquedad de su malvado corazón”.

Pronunció esas palabras con una tristeza inmensa. Era la tragedia: el barro que, en su ignorancia, le dice al alfarero que no lo mouldeará. Que prefiere seguir siendo un grumo seco e inútil en el suelo. Jeremías describió entonces la desolación que vendría, una desolación tan contra natura que haría estremecer a los viajeros. Una tierra fértil convertida en yermo. Y todo porque habían olvidado a su Dios, porque habían quemado incienso a la vanidad, y se habían extraviado por los vericuetos de los collados y bajo árboles frondosos.

Hacabías terminó su vasija, la cortó de la rueda con un hilo fino, y la colocó con cuidado en una repisa, junto a otras. Su trabajo estaba hecho. Jeremías, en cambio, parecía llevar el peso de un trabajo infinito sobre sus hombros cansados. Me miró de nuevo, y en sus ojos ya no vi la ira del mensaje, sino una compasión desgarradora.

—Ellos cavarán una fosa para atraparme —murmuró, casi para sí mismo—. Recuerda lo que has visto hoy. Recuerda el barro en las manos del alfarero.

Se dio la vuelta y se perdió en la callejuela, tragado por las sombras alargadas de la tarde. Yo me quedé un rato más. El sol comenzaba a teñir de oro las piedras de Jerusalén. Hacabías lavaba sus herramientas en un balde, el agua tornándose turbia. Allí, en el silencio que siguió a la palabra profética, la verdad se me reveló con una quietud aterradora. No era solo acerca del juicio. Era acerca de la posibilidad. La posibilidad siempre abierta, mientras la rueda gira y las manos están dispuestas a moldear. El horror no estaba en ser aplastado, sino en endurecerse tanto, en secarse de tal manera, que ya no se pudiera volver a amasar. Que uno dejara de ser barro en sus manos, para convertirse apenas en polvo seco, dispersado por el viento de la historia.

Tomé aire, cargado aún del olor a tierra húmeda. Y supe que aquella imagen, el sonido de la rueda y la sombra del profeta, no me abandonarían nunca. Era una historia de terror y de esperanza, escrita no en pergamino, sino en arcilla común, bajo el cielo indiferente y hermoso de Judá.

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