El alba no llegó con colores. Llegó con un susurro, un rumor que se colaba por las grietas de las puertas de madera podrida en la Ciudadela. Eliab, hijo de Yair, estaba en el muro norte, el que daba al camino del desierto. El aire olía a polvo seco y a cenizas viejas, como siempre. Pero esa mañana, también traía algo más: un eco lejano, como de pasos sobre piedra.
Eliab no era un hombre dado a fantasías. Sus pies, agrietados y cubiertos de callos, habían pisado esos adoquines durante treinta años. Había visto el oro de los templos paganos brillar donde antes estuvo el de Salomón. Había escuchado, noche tras noche, las canciones de los soldados de Babilonia, ásperas y extrañas, donde antes resonaban los salmos. La esperanza, para él, era una moneda demasiado gastada, una promesa cuyo rostro se había borrado.
Frotó sus ojos cansados. En el este, una franja de luz pálida comenzaba a morder el borde del mundo. Y entonces, lo vio. Una figura, sola, venía por el camino que serpenteaba desde las colinas de Moab. No era una caravana. No era un pelotón de soldados. Era un solo hombre, caminando con una urgencia tranquila, sus ropas polvorientas ondeando levemente. Eliab contuvo el aliento. Su mano, sin que él lo ordenara, se aferró a la piedra fría del parapeto.
El mensajero no corrió. Su paso era firme, decidido, como quien lleva un peso enorme y sagrado. A medida que se acercaba, Eliab pudo ver los jirones en su túnica, los signos de un viaje largo y duro. Pero en sus pies, sucios y sangrantes por el camino, había una especie de gracia terrible. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas!», pensó Eliab, y la frase le llegó de pronto, como una palabra olvidada que vuelve desde la infancia. No era suya. Era de algún profeta, de aquellos tiempos en que su padre aún creía que Dios hablaba.
La ciudad dormía aún, sumida en el letargo de la derrota. Desde su altura, Eliab veía los tejados bajos, las callejuelas estrechas donde el pueblo de Sión yacía, no como un pueblo libre, sino como siervos sin precio, vendidos por nada. Un dolor antiguo, sordo, le apretó el pecho. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuántas generaciones habían nacido escuchando el sonido de las cadenas, aunque no las llevaran puestas?
El mensajero llegó a la puerta. No llamó con furia. Golpeó con una cadencia peculiar, tres veces, pausadas. El sonido, seco y claro, trepó por la piedra hasta los oídos de Eliab. Y entonces, el hombre alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los del vigía, a través de la distancia gris del amanecer. No eran ojos de loco, ni de fanático. Eran ojos que habían visto algo. Algo que había quemado en ellos toda fatiga, dejando sólo una certeza luminosa y abrasadora.
«¡Despierta, despierta!», gritó el mensajero, y su voz no era un alarido, sino un tono profundo que pareció sacudir los cimientos del polvo. «¡Vístete de tu poder, oh Sión! ¡Vístete con tus ropas hermosas, Jerusalén, ciudad santa! Porque nunca más vendrá a ti el incircunciso ni el impuro.»
Las palabras flotaron en el aire frío. Un perro ladró a lo lejos. En una casa cercana al muro, una ventana se abrió con un chirrido. Era Nathan, el viejo escriba, cuyo brazo derecho temblaba siempre desde que los caldeos quemaron los archivos. Su rostro, pálido y demarcado, apareció en la abertura.
«¿Qué alboroto es éste a hora de la leche?», murmuró Nathan, su voz cargada de sueño y escepticismo.
«Es un mensajero», dijo Eliab, y se sorprendió del temblor en su propia voz. «Trae… una palabra.»
Nathan escuchó, mientras el forastero continuaba, dirigiéndose ahora a las piedras mudas, a las puertas cerradas, como si la ciudad misma fuera una persona dormida que debía ser zarandeada. «Sacúdete el polvo, levántate, siéntate, Jerusalén. Suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión.»
Nathan salió a la calle, envuelto en un manto raído. Se acercó a la base del muro, mirando hacia arriba a Eliab. «¿Un mensajero? ¿De qué rey? ¿De qué dios? Los dioses nos han vendido, Eliab. Y los reyes… nuestros reyes se pudren en tierras extrañas.»
Pero el mensajero había oído. Se volvió hacia Nathan. «Porque así dice el Señor: ‘Fuisteis vendidos por nada, y sin dinero seréis redimidos’.» Nathan se quedó quieto. Su temblor habitual cesó por un instante. «Sin dinero», repitió, en un susurro.
Y entonces, como si una cuerda largamente tensada se hubiera soltado en su interior, Eliab sintió que algo se desplegaba. No era alegría, no todavía. Era algo más profundo, más desgarrador: el reconocimiento de una verdad antigua. Miró sus manos, encallecidas y vacías. Miró la ciudad, pobre y mancillada. Y las palabras del hombre ahí abajo le envolvieron como un manto que no pesaba: «¿Qué hago aquí?, dice el Señor. Mi pueblo fue llevado sin causa.»
Un gemido, bajo y colectivo, pareció elevarse de las piedras. No era un sonido audible, sino una vibración en el aire. Era la ciudad, la misma Sión, despertando de un sueño de setenta años. Eliab recordó entonces a sus abuelos, contando en voz baja, alrededor de un fuego humeante, las historias del Éxodo. «Sacudíos el polvo», había dicho Moisés. «Preparaos para partir». Esto no era Egipto. Esto era Babilonia, pero una Babilonia que se había instalado en el alma, en la costumbre, en la resignación.
El mensajero ahora caminaba por la calle principal, y otros comenzaban a asomarse. Mujeres con los rostros demarcados por la pena, niños que nunca habían visto el mar, ancianos que guardaban en cofres de madera un puñado de tierra del primer templo. El forastero no les sonreía. Su expresión era grave, solemne. «Apartaos, apartaos, salid de allí, no toquéis cosa impura. Salid de en medio de ella, purificaos, vosotros que lleváis los utensilios del Señor.»
Llevaban los utensilios. Sí. En casas ocultas, en sótanos secretos, guardaban los cálices, los incensarios, los velos hechos jirones. Los llevaban como una culpa, como un sueño. ¿Y ahora? ¿Salir? ¿Dejar estas casas, estas calles, esta vida menguada? Pero no se trataba de una huida. El mensajero lo dijo con una claridad que cortaba como el filo de un cuchillo: «Porque no saldréis apresurados, ni iréis huyendo; porque el Señor irá delante de vosotros, y el Dios de Israel será vuestra retaguardia.»
El sol había terminado de romper el horizonte. La luz, dorada y limpia, bañó de repente las colinas de Judea, iluminó las piedras blancas de la ciudad, y por un instante, todo el polvo, toda la miseria, pareció retroceder. Eliab miró sus propias ropas, sucias del turno de la noche. Se las sacudió, despacio, viendo cómo el polvo se elevaba en nubecillas doradas en el rayo de sol. No era un gesto simbólico. Era real. Sentía el peso de ese polvo, el peso de los años de silencio, desprendiéndose.
El mensajero, habiendo entregado su carga, se sentó en los escalones de lo que había sido la casa de un príncipe. Su respiración era profunda, pacífica. Su trabajo estaba hecho. La noticia ya no era suya; ahora era de ellos, de la ciudad que despertaba. Eliab bajó del muro, sus huesos crujiendo. Se acercó al hombre. No supo qué decir. Sólo pudo asentir. El mensajero le devolvió la mirada, y en sus ojos, Eliab no vio triunfo, sino una profunda, infinita compasión. Era la mirada de quien había visto el coste de la libertad, y sabía que el camino a casa, a través del desierto, apenas comenzaba. Y más allá, velado aún por la neblina de la mañana, vislumbró la silueta de Otro, un Siervo cuyo rostro estaba por mostrarse, cuya historia sería el precio de este despertar. Pero eso era un misterio para otro día. Hoy, bastaba con el amanecer.




