El sol de la tarde, pesado y cobrizo, se inclinaba sobre los tejados de Jerusalén. En el valle del Cedrón, el aire olía a polvo caliente, a excremento de cabra y a la humedad tenue que subía de los cántaros vacíos. Isaías sintió el peso de la palabra en su pecho, como una losa de basalto que le comprimía las costillas. No era la primera vez que el Eterno le pedía algo que desgarraba los límites de la decencia, de la cordura humana. Pero esto… esto traspasaba todos los umbrales.
Había estado orando en el silencio abrasador de su estancia, el rostro contra la tierra fría del suelo, cuando la claridad llenó la habitación. No una luz que viniera de la ventana, sino una presencia que se hacía palpable en la atmósfera, espesa como el aceite. La voz no resonó en los oídos, sino en el centro mismo de su ser.
“Anda, y quita el sayal de tus lomos, y descalza tus pies.”
Isaías había guardado silencio, conteniendo el aliento. El sayal era la insignia del profeta, el áspero recordatorio de luto y penitencia. Quitárselo era despojarse no solo de una vestidura, sino de su identidad ante el pueblo. Pero la orden continuó, implacable:
“Y anda así, desnudo y descalzo.”
La palabra “desnudo” se expandió en su mente con un eco terrible. ‘Eróm’ no significaba solo despojarse de la túnica exterior; era la desnudez completa, la vulnerabilidad absoluta. Un escalofrío, ajeno al calor del día, le recorrió la espalda. No era un acto para hacer en la intimidad de su casa. Era una señal, un portento para Judá y para Egipto. Durante tres años. Tres años de caminar así, de vivir así, convertido en un espectáculo ambulante, en un loco sagrado.
Durante horas, quizá días —el tiempo se había disuelto—, permaneció postrado, luchando. El orgullo, un viejo enemigo sutil, susurraba argumentos: el descrédito, la burla, la incomprensión total. ¿Quién escucharía a un hombre que había perdido la dignidad? Pero debajo de ese orgullo latía un conocimiento más profundo, adquirido a lo largo de años de servicio: los caminos del Eterno no eran los caminos humanos. Su lógica era una espada que cortaba toda pretensión. Asiria, el martillo del Norte, se cernía sobre todos. Y Judá, en su pánico, clavaba sus ojos en Egipto, en aquel imperio del Nilo que se erguía con sus carros y sus dioses antiguos, buscando en él una alianza, un salvador de bronce. Era una esperanza podrida, una caña que se quebraba y atravesaba la mano de quien en ella se apoyaba.
Finalmente, con un gemido que surgió de lo más hondo, se levantó. Sus dedos, entumecidos, encontraron el nudo áspero del cíngulo de pelo de camello. Lo deshizo. La túnica de sayal, áspera y caliente, cayó pesadamente a sus pies. Luego, la túnica interior de lino. El aire de la habitación tocó su piel como un contacto ajeno. Se sintió desvestido no solo de ropa, sino de historia, de respeto, de humanidad. Se inclinó y desató las sandalias, dejando que sus pies, pálidos y vulnerables, pisaran directamente el suelo polvoriento. Así salió.
El primer impacto fue el suelo. Piedras menudas, afiladas, restos de cerámica, espinas secas. Cada paso era un cálculo, una contracción instintiva. Luego, el sol. Cayó sobre sus hombros, sobre su espalda, como un látigo de fuego. En minutos, la piel comenzó a enrojecer, a gritar en silencio. Pero peor que el dolor físico era el vacío a su alrededor. El silencio que se hizo al pasar por la puerta de la ciudad. El choque de una vasija que se rompía al caer de las manos de una mujer. El grito ahogado, la mirada rápida y desviada de los hombres. El llanto de un niño, asustado por la visión.
“¡Padre!”
La voz de su hijo, Shear-Jashub —“un remanente volverá”—, llegó a él como desde lejos. El muchacho corrió hacia él, su rostro joven una mueca de horror y vergüenza. “¿Qué… qué haces? ¿Qué te ha ocurrido?” Sus ojos, llenos de lágrimas, recorrían la figura demacrada y expuesta de su padre. Isaías quiso abrazarlo, explicarle, pero la orden era clara: no palabras, solo el signo. Lo miró, y en sus ojos puso todo el amor y toda la pena del mundo, y siguió caminando. El hijo se quedó inmóvil, hundido en la confusión, viendo cómo la figura de su padre, aquel columnar de respeto en Israel, se alejaba convertida en un espectro de vergüenza.
Los días se fundieron en un suplicio continuo. La piel se curtía, se agrietaba. Los pies se llenaban de callos y heridas. Aprendió a caminar con una lentitud deliberada, evitando las zonas más transitadas a las horas de mayor concurrencia, pero no podía esconderse. Era la señal viviente. Los cuchicheos le seguían como un enjambre: “¿Se ha vuelto loco el vidente?”. “Un espíritu impuro le ha poseído”. “Es un juicio de Yahweh sobre él”. Algunos fariseos, graves en su indignación, murmuraban sobre la ley y la decencia, pero ninguno se atrevía a tocarlo. Había algo en sus ojos, una claridad dolorosa y serena, que detenía las piedras y las burlas directas.
Por las noches, en la intimidad de su patio, Shear-Jashub le lavaba las heridas con agua y aceite. No hablaban. El muchacho aprendió a leer en el silencio de su padre una terrible autoridad. Aprendió que la verdadera profecía a veces no se viste de gloria, sino de vergüenza. Que el mensajero puede convertirse en el mensaje, aunque el mensaje sea una carne temblorosa bajo el sol.
Un año pasó. Luego otro. La figura desnuda y demacrada de Isaías se volvió una parte más del paisaje de Jerusalén, un monumento ambulante a lo incomprensible. Los embajadores de Egipto, que llegaban con sus ropas de lino fino y sus joyas, pasaban a su lado con una mezcla de desprecio y supersticioso temor. Él los miraba, y en su mirada ellos no veían locura, sino un juicio mudo. Era como si aquel hombre desnudo les mostrara, en su propia vulnerabilidad, el futuro desnudo de su poderoso imperio.
Hasta que llegaron las noticias.
Corredores jadeantes, con el polvo del camino incrustado en la piel, irrumpieron en la ciudad. Sus voces, cargadas de pánico, subieron por las calles como un grito de cuervo: “¡Asdod! ¡Asdod ha caído!”. La gran ciudad filistea, la fortaleza aliada en la que Egipto había depositado su confianza y sus tropas, había sido tomada por Sargón, rey de Asiria. Los egipcios enviados para defenderla habían sido arrastrados cautivos, desnudos y descalzos, con argollas en sus cuellos, hacia los mercados de esclavos de Nínive. La noticia corrió como un reguero de pólvora. El pánico, un animal vivo, se apoderó de los que abogaban por la alianza con el Nilo.
Fue entonces cuando Isaías, un atardecer, se detuvo en la plaza ante la puerta de las Aguas. Una multitud, ansiosa y temerosa, se había congregado. Por primera vez en tres años, abrió la boca. Su voz, en desuso, sonó áspera y poderosa, como el viento que corre entre las rocas.
—Mirad —dijo, y su mano, ennegrecida por el sol, señaló su propio cuerpo, su desnudez, sus pies llenos de tierra y cicatrices—. Mirad la señal. Así llevará el rey de Asiria a los cautivos de Egipto y a los desterrados de Cus, jóvenes y viejos, desnudos y descalzos, con las nalgas descubiertas, para vergüenza de Egipto.
Un estremecimiento colectivo recorrió a la multitud. La imagen abstracta de una derrota se hizo de repente, terrible y concreta, en la carne del profeta. Aquel no era un loco. Era un espejo del futuro. Cada herida, cada marca del sol en su piel, era una profecía cumpliéndose ante ellos.
—Y se turbarán y avergonzarán a causa de Cus, su esperanza, y de Egipto, su orgullo. Y dirá en aquel día el habitante de esta tierra: “He aquí, tal es nuestra esperanza, a donde acudimos por ayuda para ser librados del rey de Asiria. ¿Y cómo podremos nosotros escapar?”
Su voz calló. El silencio que siguió no fue de burla, sino de un terror reverente. La lección había quedado grabada a fuego, no en tablas de piedra, sino en la retina de cada hombre y mujer presente. La alianza con Egipto no era una cuerda de salvación, sino un grillete que los arrastraría a la misma desnudez, a la misma humillación.
Al día siguiente, Isaías vistió de nuevo su sayal. La tela áspera le rasgó la piel sensible, pero fue un dolor bienvenido, un retorno a un orden simbólico. Shear-Jashub le ayudó, sus manos ya no titubeantes, sino firmes. El muchacho había entendido. El remanente que volvería no sería el de la potencia militar o la astucia diplomática. Sería el de los que, habiendo visto la desnudez de toda esperanza humana, solo podían aferrarse al Santo de Israel.
Y en las cortes de Jerusalén, los planes de alianza con Egipto comenzaron a desmoronarse, como paja ante el viento del desierto. Habían visto el futuro. Y tenía la forma de un hombre desnudo, caminando con dolorosa dignidad bajo el sol implacable, llevando sobre sus hombros el peso de una verdad que nadie quería oír, pero que todos, al fin, se vieron forzados a ver.




