El humo de los hogares de Jerusalén subía lento, en espirales perezosas que el viento de la tarde deshilachaba contra el cielo morado. Yo, Yohanán, apoyado en la piedra fría del parapeto, sentía el cansancio de todo el día en los huesos. Más abajo, en el valle, las luces de las hogueras asirias parecían una constelación maligna y terrenal, un cinturón de fuego estrangulando la ciudad. Había sido un día largo de gritos, de golpes secos de ariete contra la puerta de las aguas, del chasquido de las flechas al clavarse en los escudos de cuero.
Pero ahora, en el crepúsculo, un silencio tenso lo cubría todo. Y en esa quietud, mirando hacia el monte de los Olivos, negro contra el último resplandor, el verso del salmo vino a mí, no como una recitación, sino como una verdad que se palpaba con los ojos. *Los que confían en el Señor son como el monte Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.*
No era sólo un monte, por supuesto. Era esta roca, esta ciudad en la cima. Pero mirando alrededor, hacia el norte y el este y el oeste, vi lo que el salmista debió ver: los montes *rodean* a Jerusalén. No son una muralla lisa y continua, sino un abrazo desordenado y antiguo de colinas y promontorios, como los hombros gigantes de amigos fieles inclinándose sobre ella. El Sión no está solo. Está circundado, protegido por una geografía que Dios mismo dispuso. Y en ese instante, las hogueras asirias, aunque numerosas, parecieron lo que eran: fuegos efímeros en el suelo, incapaces de escalar, de tocar la roca fundamental.
Recordé a mi abuelo, un hombre de manos nudosas y fe silenciosa. Me llevó una vez, siendo yo un niño, hasta la cima del Scopus. Desde allí se veía la ciudad entera, encajonada, acunada. “Mira, muchacho”, me dijo, su voz ronca como el roce de piedras. “El mundo allá afuera es llano y ancho, y los vientos lo barren todo. Aquí, los vientos se rompen. Aquí, estamos rodeados”. No lo dijo con triunfalismo, sino con la tranquilidad de quien afirma un hecho. Como quien dice que el sol sale por el este.
Abajo, en la casa junto a la puerta de los Pescadores, se encendió una lámpara. Era la casa de Eleazar, el escriba, un hombre que, a pesar del asedio, seguía copiando las Leyes. A su luz titilante, imaginé sus dedos trazando las letras con calma, línea tras línea. *Así está el Señor alrededor de su pueblo, desde ahora y para siempre*. Eleazar no estaba en la muralla blandiendo una espada. Estaba rodeado, él también, por algo más sólido que la piedra: por la fidelidad de Aquel que prometió. Su lámpara, vista desde arriba, era un testimonio más elocuente que cualquier discurso. La confianza no es un grito desafiante al enemigo; a veces es el simple chirrido de la pluma sobre el papiro en la noche, la decisión de seguir haciendo lo que se debe hacer, porque Él no se ha movido.
Un golpe de viento más fuerte subió desde el valle, trayendo el olor a excrementos de caballo y ceniza fría. El olor del poder de este mundo. Efímero. Me estremecí, no de miedo, sino de una claridad repentina. El salmo no termina con la imagen consoladora de los montes. Habla del cetro de los impíos. Y esos hombres allá abajo, con sus carros de hierro y sus dioses con cabeza de toro, eran el cetro de la maldad apoyado, por un momento, sobre la tierra del justo. Pero el salmo advierte: si se apoya por mucho tiempo, los mismos justos podrían extender sus manos a la iniquidad. La tentación, en un asedio, no es sólo el miedo a morir. Es el miedo a que Dios se haya dormido. Es la idea insidiosa de que, tal vez, haya que hacer pacto con aquel cetro para sobrevivir.
Oí pasos en la escalera de piedra. Era el capitán de la guardia, un hombre práctico y curtido. Se apoyó a mi lado, mirando el mismo paisaje. “Parecen muchos”, murmuró, refiriéndose a las hogueras. “Sí”, respondí. Y luego, sin poder contenerme, añadí: “Pero estamos rodeados por montes más antiguos”. Él me miró de reojo, arqueando una ceja. No era un hombre dado a la poesía. Pero asintió lentamente. “Esta roca aguanta. Y nuestras provisiones también, si Ezequías tiene razón con su túnel”. Su fe era en la piedra y en la ingeniería. Quizás, pensé, esa también es una forma de confiar en el Dios que da el ingenio al hombre y la firmeza a la roca.
La noche se cerró por completo. Las estrellas, indiferentes y eternas, aparecieron sobre nosotros. No rodean la ciudad; están inmensamente más arriba. Pero esa era la otra parte de la verdad. La protección no es una prisa. Los montes rodean, pero no asfixian. El aire de la altura sigue llegando, libre y frío. La promesa no es de una vida sin viento, sino de una fundación que el viento no puede erosionar.
“Haré bien a los buenos, a los rectos de corazón”, dice el último verso. Miré hacia la lámpara de Eleazar, que aún brillaba. Y hacia las otras casas, donde familias enteras debían estar compartiendo una ración escasa, susurrando oraciones. El bien no es necesariamente la liberación mañana al amanecer. A veces, el bien es la paz para copiar la ley. Es la fuerza para el capitán que revisa las defensas. Es el valor para el aguador que sube a la muralla con un odre pesado. Es esa sensación, en medio del cerco, de que tu corazón, aunque golpee fuerte contra las costillas, no se tuerce. Permanece recto. Y lo que lo rodea, aunque invisible, es más real y permanente que el hierro de Asiria.
Un cuerno sonó en el campamento enemigo, un sonido largo y lúgubre. La constelación de hogueras empezó a oscilar, hombres moviéndose frente a ellas. La noche de asedio continuaba. Pero yo ya no sólo veía el cerco. Veía el abrazo de los montes, oscuros y silenciosos bajo las estrellas. Y respirando el aire frío de la altura, supe, no como un concepto teológico, sino como el saber con el que se conoce la sed o el hambre, que nosotros éramos el Sión. Y Él, los montes alrededor. Desde ahora, y para siempre.
Bajé del parapeto con paso lento, para relevar al siguiente turno. La ciudad dormía, inquieta, pero dormía. Rodeada.




