El alba aún no había rasgado el velo gris del cielo cuando Asaf, ya despierto, sintió el peso del aire cambiante. No era el calor seco y polvoriento del desierto, sino una humedad pesada, cargada de salitre, que se colaba por la ventana estrecha de su pequeña estancia en Jerusalén. Un presagio. Se vistió con lentitud, la túnica áspera sobre la piel, y salió al fresco previo al amanecer. La ciudad dormía, pero él, como otros levitas, tenía una inquietud que lo llevaba hacia los muros más altos, aquellos que miraban hacia el occidente, hacia el Gran Mar.
No era un hombre joven. Las manos, callosas por años de tallar madera para las reparaciones del templo, se aferraron a la piedra fría de la muralla. Y entonces lo vio. O más bien, lo oyó primero. Un rumor sordo, un latido profundo que venía de más allá de las colinas, más allá de Jope. El mar. No el susurro placido de la costa en un día calmado, sino una voz ronca, levantada. Una tormenta se agitaba en las profundidades.
Mientras el primer hilo de luz dorada cortaba el horizonte, Asaf observaba. En su mente, los salmos que tantas veces había copiado y cantado comenzaron a agitarse como las aguas que imaginaba. «El Señor reina; se vistió de majestad.» Las palabras del rey David resonaban en su interior, pero ahora no eran solo tinta sobre pergamino. El viento, que comenzaba a soplar con fuerza, traía la confirmación. El manto de Dios no era de lino fino, sino la inmensidad misma del cielo tempestuoso, teñido ahora de gris plomizo y de un verde furioso en el horizonte marino. Su majestad era el trueno que comenzaba a rodar, no como un estruendo repentino, sino como el arrastre de un trono de piedra milenaria sobre los cimientos del mundo.
La violencia del mar llegaba hasta él en historias que los mercaderes contaban. Fuerzas desatadas, caos, leviatán jugando en la espuma. «Alzaron los ríos, oh Señor, alzaron los ríos su sonido; alzaron los ríos sus ondas.» Asaf podía verlo, en el ojo de su espíritu: olas como murallas líquidas, más altas que las de Babilonia, levantándose con un rugido que pretendía desafiar al cielo mismo. Espuma como dentelladas blancas contra el oscuro flanco de las naves. Era el sonido del caos primordial, de las aguas sobre las que el Espíritu se cernía al principio. Un sonido que quería ahogar toda ley, todo orden, todo pacto.
Pero entonces, en el clímax de la furia que imaginaba, cuando el estruendo de las olas parecía hacerse tangible incluso en la solidez de los muros de Jerusalén, una certeza más profunda que la médula de sus huesos se afirmó en él. No era un pensamiento, era una realidad percibida. «Más que los ruidos de muchas aguas, más que las recias olas del mar, poderoso es el Señor en las alturas.»
El trueno que estalló entonces no fue un desafío, sino una afirmación. Una sola sílaba cósmica que cortó el rugido del mar imaginario. Asaf contuvo el aliento. Allí estaba. La paradoja. El mar bramaba con toda su fuerza colosal, una fuerza que podía pulverizar barcos y tragarse costas. Pero frente al «Yo Soy», frente al que habita la eternidad, ese rugido era apenas un susurro. Menos que un susurro: un sonido ya medido, ya contenido, ya gobernado. El poder del mar era real, feroz, pero era un poder delegado, un poder que encontraba su límite en la voz que fijó sus confines. Las olas, por altas que se alzaran, se estrellaban contra un decreto más antiguo que su propia existencia.
El sol, luchando por abrirse paso entre las nubes, iluminó entonces las piedras del templo, allá en el monte. La luz cayó sobre los bloques de cantería, enormes, perfectamente labrados, asentados sobre los cimientos que Salomón mandara preparar. Asaf desvió la mirada del mar lejano hacia esa solidez cercana. «Tu casa se acerca, oh Señor, por los siglos de los siglos.» No era solo el edificio de piedra y oro. Era el testimonio. La Ley dada en el Sinaí, los pactos con los padres, las promesas al linaje de David. Eran testimonios firmes, inamovibles como aquellos bloques de piedra. El mundo podía tambalearse, los reinos humanos levantarse y caer con un ruido semejante al de las olas, las herejías y las injusticias intentar mancillar su santidad como el agua salada corroe la madera. Pero los testimonios de Dios permanecían. Eran la roca. En ellos, la santidad no era un concepto etéreo, sino una cualidad concreta, duradera, que impregnaba sus días y sus leyes. «La santidad conviene a tu casa, oh Señor.»
La tormenta en el mar, real o imaginada, se disipó en su mente, no porque hubiera terminado, sino porque había sido enmarcada. Enmarcada dentro de un reinado. El viento que ahora acariciaba su rostro, llevando el olor a tierra mojada y a hierba de las colinas, era el mismo que había azotado las olas. Pero aquí, en Jerusalén, era solo un aliento. Un recordatorio.
Asaf descendió del muro. La ciudad empezaba a despertar. El sonido de un carro sobre el empedrado, la voz de una mujer llamando a sus hijos, el humo de los primeros hogares. Vida ordinaria, frágil, transitoria. Y sin embargo, envuelta, sostenida. Sostenida por aquel que se había vestido de majestad antes de que existiera el primer alba; cuyos decretos eran más firmes que los cimientos del mundo; cuya casa—el lugar de su encuentro con el hombre—permanecía como un faro de santidad en el fluir de los siglos.
No escribió nada entonces. No hizo falta. El salmo ya estaba escrito, no en un rollo, sino en la memoria del cosmos y en el latido tranquilo de su propio corazón, que había dejado de sentirse inquieto. El Señor reinaba. Y ese reinado no era una esperanza lejana, sino la realidad más inmediata y sólida, más cierta incluso que la piedra bajo sus pies. Era el fundamento silencioso sobre el que descansaba, en paz, el fragor de todos los mares.




