Biblia Sagrada

La Voz Sobre los Cedros

El recuerdo de aquella tormenta nunca se fue de mis huesos. No era una más de las que azotan los montes del Líbano y luego se desvanecen riéndose hacia el mar. Esta tenía otro nombre. Yo era joven entonces, pastor como mi padre y como el padre de mi padre, y el rebaño conocía los truenos. Pero aquel día, al atardecer, el aire se puso espeso, con un peso que no era de calor, sino de presencia. Las cabras, inquietas ya desde el mediodía, se apelotonaron contra las rocas sin balar, solo con el blanco del miedo en los ojos.

Todo empezó en silencio. Un silencio tan profundo que parecía que el mundo contuviera la respiración. Ni un grillo, ni el leve susurro del viento en los enebros. Luego, desde muy lejos, desde el gran mar occidental, llegó un rumor. No era el golpe de las olas. Era como si el mar mismo se hubiera puesto de pie y caminara hacia la tierra firme. El primer estallido no fue un trueno; fue una palabra. Una palabra hecha de puro poder, desgarrando el cielo de horizonte a horizonte. La voz del Eterno sobre las aguas. El Dios de la gloria había tronado.

Y vino sobre nosotros. No como un sonido que pasa, sino como una entidad viva. La voz del Señor era con potencia; la voz del Señor era con gloria. No puedo describirla con los términos de los hombres, porque no era para los oídos solamente, sino para la carne, para la tierra, para el alma. Cada relámpago era su sílaba, cada retumbo su acento. Cayó sobre los cedros, esos gigantes del Líbano que se creían eternos, señores de la montaña. Y la voz del Glorioso los quebró. No los dobló; los quebró como si fueran juncos secos. Oímos el crujido, un gemido profundo de la madera viva partiéndose, y luego el estrépito al caer, sacudiendo la ladera. Hasta los cedros del Líbano, los cedros que Él mismo plantó, se hicieron añicos ante su palabra.

Y la voz danzaba. Saltaba como llama viva de cumbre en cumbre. Hacía brincar al monte Sirión como a un becerro salvaje, joven y lleno de fuerza bruta. El monte Hermón, coronado de blanco, temblaba como una hoja de álamo. La voz del Señor hacía parir relámpagos de fuego. El desierto de Cades, árido y lejano, se estremecía. Oíamos los ecos llegando desde allí, como si las dunas y las rocas calcinadas gritaran en respuesta.

En medio de aquel caos de gloria, uno creería que todo se desmoronaría. Pero no. Su voz no era destrucción sin sentido; era la afirmación absoluta de quién es Él. Y entonces, en el clímax del furor, cuando el cielo parecía desgarrarse una y otra vez, vimos a las ciervas. En un claro, aterradas, sus patas delgadas temblando, comenzaron a dar a luz. Algo en aquel terror santo, en aquel partear de la misma creación, las obligó a parir. La vida se abría paso en medio del estruendo, porque su voz no solo quiebra, sino que también da a luz.

La tormenta, o la teofanía, no sé cómo llamarla, pasó lentamente hacia el este, rumbo al desierto. El eco se fue apagando, dejando una lluvia torrencial y limpia que lavaba el polvo y el terror. Y entonces, el silencio. Un silencio nuevo, distinto al primero. Era un silencio adorador. Nos quedamos ahí, mis ovejas y yo, empapados, sin aliento. En el templo de Su creación, todo gritaba: “¡Gloria!”. Cada hoja goteaba gloria. Cada piedra relucía gloria. El aire mismo respiraba gloria.

Y entendí, en aquel instante de quietud absoluta, el final del canto. El Señor se sentó sobre el diluvio; el Señor se sienta como Rey para siempre. No era un dios que había lanzado su rabia y se había ido. Estaba aquí. Reinaba. En el poder que quebranta los cedros y en la paz que ahora descendía sobre los montes lavados. El Señor dará poder a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con paz. La paz no era la ausencia de la tormenta, sino la certeza profunda, grabada en el corazón tras haber visto su gloria, de que Él era Rey en la tempestad y en la calma. Y que su fuerza, esa que hacía temblar el desierto, era la misma que nos fortalecería. Su bendición no era una cosa leve, sino la misma paz sólida y indestructible del que ha hablado, y al hablar, ha sostenido todas las cosas.

Recogí el cayado, mis manos aún temblorosas. Las ovejas comenzaron a pacer, tranquilas, en la hierba fresca. Y al mirar los cedros quebrados, supe que había oído algo que no se olvida. No era un salmo para cantar en voz baja. Era el eco de la voz que fundó los mundos, la misma que un día diría a las aguas de otro mar: “Calla, enmudece”. Y obedecerían. Porque al fin y al cabo, todo, hasta la tormenta más feroz, solo está esperando a oír su voz.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *