La tinta estaba seca en el pergamino, pero las palabras seguían ardiendo en su mente. Esdras, sacerdote y escriba, no era un hombre de espada, sino de letras. Sin embargo, el decreto del rey Artajerjes que llevaba en sus manos pesaba más que cualquier armadura. Estaban autorizados a regresar. A Jerusalén. El aire caliente de Babilonia, cargado del olor a especias y aceite de lámpara, de repente le pareció extrañamente opresivo. Necesitaba el viento de las colinas de Judea, incluso si ese viento traía consigo el polvo de las ruinas.
Reunió a los jefes de familia junto al canal que llamaban Ahava. No era un río majestuoso, sino una vía de agua oscura y lenta, reflejando el cielo plomizo. Allí acamparon. Las carpas, de lona gastada, se alzaron formando un campamento precario y lleno de esperanza. Esdras pasó lista. Sus ojos recorrieron los rostros curtidos, algunos marcados por la nostalgia de una patria que nunca habían visto. Gersón, de la familia de Finees; Daniel, de la de Itamar. Nombres que eran un eco. Pero al revisar los linajes, su corazón se hundió. No había levitas. Entre todos aquellos que habían respondido al llamado, no se veía un solo hijo de Leví. ¿Cómo restaurarían el culto? ¿Cómo servirían en el Templo que, quizás, apenas eran piedras amontonadas?
La incertidumbre se instaló en su pecho como un nudo frío. Podía haber ordenado, exigido. Pero era un hombre que creía que la fe se forjaba en la voluntad, no en la coacción. Envió a nueve hombres de confianza, a Edó y a sus hermanos, hombres de discernimiento, a Casifia. Era un lugar donde se habían establecido muchos de los desterrados, una comunidad dentro del exilio. Les dio palabras claras, pero no amenazas: «Id a Iddo, el principal en ese lugar, y habladle. Que traiga consigo ministros para la casa de nuestro Dios.»
Los días de espera junto al río Ahava fueron largos. El sol parecía moverse con pereza. Los niños jugaban en la orilla fangosa; las mujeres preparaban las mismas comidas de siempre, pero con una prisa nueva. Esdras caminaba entre las tiendas, orando en silencio. Sabía que el viaje que tenían por delante era traicionero. Cuatro meses de camino a través de territorios hostiles, expuestos a bandidos y a la siempre presente avaricia de los gobernadores locales. Y ellos llevaban una fortuna: la ofrenda del rey y sus consejeros, y las ofrendas voluntarias del pueblo, plata y oro que brillaba con una responsabilidad aterradora. ¿Cómo protegerla? No había pedido escolta al rey. Había proclamado, quizás con una audacia que ahora le parecía temeraria, que la mano de Dios era su protección. Ahora, ante la inmensidad del desierto, esa fe necesitaba raíces más profundas.
Cuando por fin volvieron los mensajeros, trajeron consigo no sólo una respuesta, sino un regalo del cielo. Venía con ellos Serebías, un hombre de entendimiento, con sus hijos y hermanos: dieciocho hombres. Y también Hasabías, y con él Isaías, de los hijos de Merari, con sus hermanos y sus hijos: veinte hombres. Levitas. Rostros serios, manos acostumbradas al servicio. Y además, doscientos veinte sirvientes del Templo, los netineos, aquellos a quienes David y los príncipes habían designado para el servicio de los levitas. Una comunidad completa se había puesto en marcha. El alivio de Esdras fue tan profundo que tuvo que apartarse un momento, solo, para dar gracias con lágrimas que el viento se llevó rápidamente.
Entonces proclamó un ayuno allí, junto a aquellas aguas quietas. No era un ayusto de penitencia, sino de humildad pura, de dependencia absoluta. «Ayunamos y pedimos a nuestro Dios sobre esto», les dijo, su voz no era fuerte, pero sí clara, llevada por la brisa. «Para solicitar de él buen camino para nosotros, y para nuestros niños, y para todos nuestros bienes.» La confesión era tácita: teníamos miedo. Él, Esdras, tenía miedo. Pero el ayuno no era un rito mágico; era una inclinación del alma, un vaciarse para ser llenado por una fortaleza que no era suya. Se postraron sobre la tierra seca, y el silencio no era incómodo, sino denso, expectante. Pidieron protección. Y una paz extraña, como el primer soplo fresco antes del amanecer, se asentó en el campamento.
Al amanecer del día señalado, con la luz pintando de oro el agua marrón del canal, se pusieron en marcha. Una caravana de almas, no un ejército. Esdras separó a doce de los principales sacerdotes: a Serebías, a Hasabías, y a diez más de entre sus hermanos. Ante ellos dispuso el tesoro. No era un espectáculo público. Fue un acto solemne, íntimo, cargado de un significado abrumador. Pesaron la plata, el oro, los vasos. El sonido metálico de los talentos y las dracmas era un recordatorio tangible de la confianza depositada en ellos. «Vosotros sois santos a Jehová, y santos son los vasos», les dijo Esdras, mirándolos a los ojos uno por uno. «Guardadlos hasta que los peséis en las cámaras de la casa de Jehová, en Jerusalén, delante de los principales sacerdotes y levitas.»
Entonces emprendieron el camino. Las semanas se fundieron en un mosaico de calor diurno y frío nocturno, de polvo que se metía en todo, de pies doloridos y esperanza inquebrantable. La oración de Esdras en el Ahava parecía flotar sobre ellos como una nube invisible. No hubo ataques. Ninguna mano avariciosa se alzó contra ellos. Cada noche, al acampar, los sacerdotes que custodiaban el tesoro lo revisaban, no por desconfianza, sino como un acto de veneración. La mano de Dios, en verdad, estaba sobre ellos.
Llegaron a Jerusalén cuando las primeras lluvias del otoño empezaban a lavar el polvo del verano. La ciudad era una herida a medio cicatrizar, con muros derribados y casas nuevas brotando tímidamente entre los escombros. Pero estaba viva. Al tercer día, en las cámaras reconstruidas de la casa de Dios, tuvo lugar la ceremonia final. No hubo multitudes. Sólo los sacerdotes designados, los levitas testigos, y el silencio sagrado de un deber a punto de cumplirse. Trajeron la plata, el oro y los vasos, y los pesaron de nuevo, delante de ellos. Cada número, cada peso, coincidió. Exacto. No se había perdido nada. Ni un dracma.
Entonces ofrecieron holocaustos. El olor a carne quemada, que ascendía como grato olor a los cielos, se mezcló con el humo de los hogares de Jerusalén. Era el olor del regreso. Del deber cumplido. De una fe que, habiéndose probado frágil junto a un río en tierra extraña, se había mostrado inquebrantable en el desierto. Esdras, de pie entre el humo, miró las pesas de plata apiladas y luego hacia la puerta, donde se veía a los niños de la caravana, ya jugando entre las piedras de la ciudad de sus padres. Y supo que el viaje, en verdad, apenas comenzaba.




