El aire en la llanura de Moab tenía una cualidad extraña, como si estuviera hecho de un polvo más fino que el del desierto, un polvo dorado y quieto que se aferraba a la piel y a la túnica. Moisés sintió su peso en los huesos, un peso familiar, el peso de los años y de la arena de cuarenta inviernos errantes. Pero hoy era distinto. Hoy, el peso parecía aliviarse, no por la juventud, sino por una quietud interior que había descendido sobre él desde que las palabras de Yahvé resonaron en su tienda al alba.
Ascendió solo. La pendiente del monte Nebo no era escarpada, pero cada paso era una deliberación. Sus pies, acostumbrados a las dunas movedizas y a las piedras calcinadas del Horeb, encontraban ahora un terreno pedregoso pero firme. La brisa, fresca a medida que ganaba altura, le traía ecos lejanos: el balido de un rebaño que ya no era su responsabilidad, el rumor del campamento de Israel abajo, un zumbido de vida que se alejaba. No miró atrás. Su mirada, velada por los años pero aún penetrante, estaba fija en la cumbre que se recortaba contra un cielo de un azul pálido, lavado.
Recordó, sin querer, la visión de la zarza. El fuego que no consumía. El temblor en sus manos cuando la vara se tornó serpiente. La aspereza de las tablas de piedra bajo sus dedos, dos veces. El sonido del mar partiéndose, un rugido que era a la vez terror y liberación. Y la roca en Meribá. El golpe seco, la ira momentánea, el agua que brotó para calmar la sed de un pueblo que nunca parecía saciarse… ni de agua, ni de milagros, ni de certezas. Aquel momento de furia humana, pequeño ante la inmensidad de su misión, había sellado esto. No pisaría la tierra de la promesa. Lo sabía. No era un castigo, lo comprendía ahora en la cima, era un tránsito. Él había sido el puente entre la esclavitud y el umbral. Los puentes no cruzan; se quedan anclados en ambas orillas, permitiendo el paso.
Alcanzó la cumbre al atardecer. El sol, un disco de cobre incandescente, comenzaba a besar la línea del horizonte lejano, al oeste. Se apoyó en su bastón, no por debilidad, sino para afirmarse en la realidad del momento. Y entonces, Yahvé le mostró la tierra.
No fue un mapa desplegado en su mente. Fue la tierra misma desvaneciendo la distancia. Sus ojos, aquellos ojos que habían contemplado la Gloria en la Tienda del Encuentro, fueron agraciados con una claridad sobrenatural. Primero, todo el Neguev, la tierra sur, árida y bella en su desnudez ocre, surcada por vaguadas donde la vida se aferraba con tenacidad. Luego, la llanura. Jericó. La distinguía claramente, no como una ciudad, sino como un joyero de verdor intenso, un oasis de palmeras datileras apretadas contra los muros que desde aquí parecían hilvanes de barro. El agua del Jordán serpenteaba, un hilo de plata viviente, dividiendo la aridez del este de la promesa del oeste.
Su mirada viajó al norte, hacia la región montañosa. Los bosques de GaLaad se veían como una mancha de terciopelo verde oscuro. Zabulón y Neftalí, tierras que solo conocía por los nombres que Jacob dio a sus hijos, se extendían hacia donde el mar de Galilea debía brillar, aunque desde aquí solo intuía su presencia por un brillo difuso en el aire. Luego, el sur otra vez: la tierra de Judá, extensa y dura, hasta el mar Grande, el Mediterráneo, una línea azul infinita que se fundía con el cielo. Y por último, la hondonada, el valle del Jordán fértil, desde Zoar hasta las mismas puertas de Jericó, un tapiz de verdor exuberante.
No vio ciudades conquistadas ni pueblos sometidos. Vio viñedos que aún no se plantaban. Vio campos de trigo meciéndose bajo un sol que no era el de Egipto. Vio a hijos de los hijos de Aarón bendiciendo a un pueblo en reposo. Vio la sombra del Templo que Salomón construiría, no en piedra, sino como una paz tangible sobre una colina. Vio la promesa no como un territorio, sino como un descanso. El descanso final de Dios con su pueblo.
Una paz profunda, vasta como el paisaje ante él, lo inundó. No había amargura. Había una completitud serena. Había guiado, legislado, intercedido, regañado y amado a un pueblo de dura cerviz. Los había llevado hasta aquí. Hasta este mirador. El resto del camino, Josué, hijo de Nun, con su valor sencillo y firme, lo recorrería con ellos. Era correcto. Era bueno.
El sol se hundió completamente, y un manto de estrellas, las mismas que Abraham contempló, surgió en el cielo. Moisés se tendió en la roca de la cumbre. El cansancio de ciento veinte años lo envolvió como un manto suave. Su vista no se había enturbiado, y su vigor no había mermado, pero era el vigor de una antorcha que ha ardido hasta el final de su combustible, con una llama clara y constante hasta el último instante. Un suspiro, que era a la vez rendición y llegada, escapó de sus labios. Y Yahvé, su Amigo, el que le hablaba cara a cara como un hombre habla con su compañero, tomó su espíritu.
Allí quedó su cuerpo, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor. Un lugar desconocido. Sin estela, sin monumento. Solo la tierra y el cielo como testigos. Dios mismo se encargó de su sepultura. Y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar.
Abajo, en el campamento, los hijos de Israel lloraron por Moisés en las llanuras de Moab durante treinta días. Treinta días de llanto y de luto, hasta que se cumplieron los días del lloro del duelo. Y Josué, hijo de Nun, se llenó del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él. Y los israelitas le obedecieron, e hicieron tal como Yahvé había ordenado a Moisés.
Pero nunca más se levantó en Israel un profeta como Moisés, a quien Yahvé conociera cara a cara. Nadie como él para todas las señales y prodigios que Yahvé le envió a hacer en la tierra de Egipto. Nadie con su puño firme, su mirada penetrante, su corazón quebrado y fiel. El hombre del desierto. El que subió al monte solo, y en la cumbre, por fin, vio el hogar que no pisaría, y en esa visión, encontró su propio y perfecto descanso.




