El sol, un disco de cobre deslustrado por el polvo, se hundía tras las colinas de Seír, alargando las sombras de un pueblo que más que caminar, arrastraba los pies. El calor del día, almacenado en las piedras del desierto, empezaba a ceder, pero la fatiga era una losa sobre cada hombro. Hacía ya tantos años… una vida entera de nomadismo. Moisés, con el rostro surcado como un lecho de torrente seco, sintió el peso de esos años no en los huesos, sino en el alma. Se detuvo en una elevación del terreno, un montículo pedregoso desde donde la vista abarcaba el mar de tiendas de cuero y lana, un campamento efímero que era el único hogar que conocía su gente.
La voz que surgió de él no fue la de un caudillo arengando a las masas, sino la áspera y grave de un pastor que cuenta una historia junto al fuego, una historia que todos conocían, pero que necesitaba ser recordada. No empezó por mandamientos ni por leyes, sino por un recuerdo geográfico, amargo y preciso.
“Dieron la vuelta”, dijo, y las palabras flotaron sobre el silencio que empezaba a formarse a su alrededor. “Nos dio la orden de dar la vuelta y poner rumbo al desierto, camino del Mar de Juncos. Y así lo hicimos. Días, semanas, dando vueltas alrededor de esta montaña de Seír como un animal herido rodea su guarida”.
Hizo una pausa, dejando que el crujido de una hoguera que alguien encendía llenara el vacío. Un niño lloró brevemente y fue acallado.
“Largo tiempo estuvimos dando vueltas”. La repetición no era por olvido, sino por énfasis. Para que entendieran la magnitud del divagar. “Hasta que el Señor me dijo: ‘Basta ya de rodear este monte. Poned rumbo al norte’”.
Miró hacia la oscuridad que se cernía sobre el territorio de Edom, al este. “Y nos dirigió a vosotros: ‘Vais a pasar por la frontera de vuestros hermanos, los descendientes de Esaú, que habitan en Seír. Ellos os temerán, pero estad muy alerta. No os enfrentéis a ellos, porque no os daré de su tierra ni siquiera lo que abarque la planta de un pie; pues a Esaú le he dado en posesión la montaña de Seír. Comprarles la comida que comáis, y también el agua que bebáis, pagándoles con plata’”.
Recordó entonces el sabor metálico de la humillación y la prudencia. Habían enviado emisarios, palabras cuidadosas pidiendo paso por la calzada del rey, prometiendo no desviarse a campo traviesa, ofreciendo pago por todo. La respuesta de los edomitas no había sido de hermandad, sino de recelo férreo. Un “no” rotundo, respaldado por un ejército que salió a su encuentro. No hubo batalla. Solo un desvío más, un rodeo que alejó el rostro de la tierra prometida un poco más. El orgullo hervía en algunos, jóvenes que no recordaban Egipto y cuyo ímpetu chocaba contra la paciencia divina. Pero la orden había sido clara: no provocar. Y se alejaron, rozando sus fronteras con la cautela de quien pasa junto a un nido de avispas.
La narrativa de Moisés fluyó entonces hacia el norte, siguiendo el mapa invisible de la memoria y el mandato. “Y el Señor me dijo: ‘Pasado el territorio de vuestros hermanos, los hijos de Esaú, os acercaréis a Moab. Tampoco les provoquéis ni luchéis con ellos, porque no te daré posesión alguna de su tierra; ya que he dado Ar en posesión a los hijos de Lot’”.
Aquí, Moisés introdujo un susurro de antigua historia, un eco de tiempos anteriores a Abraham. Les habló de los emitas, un pueblo gigante, famoso y temido, que antes habitó allí. “Los moabitas los llamaban ‘emitas’”, explicó, como quien desentraña una leyenda, “gente grande, numerosa y alta como los anaquitas”. Pero fue el Señor quien los extinguió ante los moabitas, para darles la tierra. Una lección silenciosa se coló entre sus palabras: la tierra no es de quien parece más fuerte, sino de aquel a quien el Eterno designa. Y a ellos, Israel, no les estaba designada esa tierra. Pasaron también, en silencio, comprando agua y comida, una caravana de divina resignación.
Luego vino el territorio de los amonitas. Otra prohibición, otra razón histórica. “Tampoco entréis en conflicto con ellos”, repetía la voz divina en su recuerdo. Esa tierra también había sido de gigantes, los zamzumitas, y también el Señor los había desposeído para dársela a los hijos de Lot. Una y otra vez, el relato mostraba un Dios que ordenaba no solo el presente de Israel, sino el pasado y el destino de otras naciones. Era un universo moral vasto y complejo, donde ellos no eran los únicos actores.
Y entonces, el tono de la narración cambió. Se hizo más tenso, más seco, como la arena antes de una tormenta. Habían cruzado el torrente Zered, y con él, una generación entera había quedado atrás, consumida por el desierto. El castigo se había cumplido hasta el último día. Ahora quedaba un pueblo nuevo, probado, que nunca había conocido la humillación de las ladrilleras de Egipto.
“El Señor me dijo”, y la voz de Moisés adquirió una cualidad de filo, “‘Levantaos, poned rumbo. Cruzad el valle del Arnón. Mira, he entregado en tu mano a Sehón, el amorreo, rey de Hesbón, y a su tierra. Empieza a tomar posesión. Enfréntate a él en batalla’”.
Por fin. No una evitación, no un rodeo. Un mandato directo. Una puerta que se abría de golpe. El cansancio del campamento pareció evaporarse en la noche fría. Podían sentir el cambio. No era solo una batalla; era el principio.
“Y me mandó”, continuó Moisés, y aquí su voz bajó aún más, hasta casi un murmullo cargado de significado, “‘Hoy empezaré a infundir pavor y miedo de ti en los pueblos bajo el cielo. Cuando oigan tu fama, temblarán y se angustiarán ante ti’”.
El relato de lo que siguió fue sobrio, sin adornos heroicos. La petición de paso a Sehón, idéntica a la hecha a Edom y Moab. La respuesta orgullosa y hostil del rey amorreo. Pero esta vez, la hostilidad encontró una respuesta divina. “Y el Señor, nuestro Dios, nos lo entregó”. La batalla fue descrita sin épica: derrota, toma de ciudades, exterminio completo de toda criatura viviente. Solo el ganado y el botín fueron para ellos. Una *herem*, una consagración por destrucción. Desde Aroer, en el borde del valle del Arnón, hasta Galaad, no quedó ciudad que resistiera. La tierra, por fin, era suya. Una tierra que no había sido dada a parientes ni a pueblos con derechos ancestrales reconocidos por Dios. Era el primer paso tangible de la promesa.
Moisés calló. La noche era completa ahora, salpicada por un millar de estrellas frías y lejanas. El silencio era denso, cargado no de triunfo, sino de una solemnidad inmensa. Habían pasado por fronteras ajenas, respetando designios que no comprendían del todo. Habían visto desaparecer a una generación. Y ahora, en el umbral de Galaad, con el olor a polvo y hierba quemada aún en el aire, comprendían que el vagar sin rumbo había terminado. La posesión, con todo su peso, su gloria y su terror, había comenzado. No con un rugido, sino con el eco de una voz cansada que contaba, una y otra vez, cómo Dios les había ido guiando, prohibiendo, y finalmente, abriendo el camino. El Jordán, y lo que había más allá, esperaba todavía. Pero por primera vez, tenían tierra bajo los pies que podían llamar suya. Era un comienzo áspero y sagrado.




