El aire en Babilonia olía a polvo caliente y a humo lejano. No era el olor de la lluvia sobre la tierra de Judá, ni el aroma de los hornos de pan en Jerusalén al atardecer. Aquí, el calor era distinto, un manto pesado y seco que se colaba por las rendijas de las casas de adobe donde ahora vivían los desterrados. Mika, uno de los mayores, apartó con dedos callosos la cortina de la puerta y salió a la callejuela. El sol, aún bajo, proyectaba sombras alargadas y crueles. Llevaba días con un peso en el pecho, una opresión que no era solo por el aire espeso.
Había hablado con otros. Con Ezer, cuyo rostro antes risueño ahora era un mapa de arrugas profundas; con Benías, que siempre frotaba sus manos como si aún tuviera harina de los sacrificios entre los dedos. Habían acordado ir a ver al hombre, al profeta. A Ezequiel. No porque anhelaran una palabra de Yahweh, no del todo. Sino porque la desesperanza había comenzado a cuajarse en ellos como un cieno amargo, y cualquier acción, incluso esta, parecía preferible al letargo de la tarde eterna. Además, se rumoreaba que el espíritu caía sobre él, que sus palabras, terribles y extrañas, tenían el eco de otro mundo. Quizás, solo quizás, pudiera decir algo sobre el retorno. Sobre cuándo terminaría aquel castigo interminable.
Mika volvió a entrar en su casa. En la penumbra del rincón más recóndito, tras una vasija de barro agrietada, su mano encontró el objeto. Un pequeño ídolo de piedra, tosco, que representaba a un dios del hogar, un terafín que su abuela había escondido en el forro de su manto cuando salieron a la fuerza de Hebrón. No lo adoraba, se decía a sí mismo. No era eso. Era un pedazo de tierra, un consuelo silencioso, un recordatorio de que alguna vez habían tenido raíces profundas en un lugar que les pertenecía. Lo tocó, y la piedra, fría a pesar del calor, le transmitió una falsa sensación de arraigo. Luego se lo guardó en el pliegue de su túnica, cerca del corazón. Un acto mecánico, casi sin pensarlo.
El lugar donde Ezequiel moraba era una casa humilde, igual que las demás, en el barrio de los exiliados junto al río Quebar. Un grupo de hombres, unas diez o doce figuras serias y encorvadas por algo más que los años, se congregó frente a la entrada. Se saludaron con un murmullo, con un movimiento de cabeza. No había necesidad de muchas palabras. Todos compartían la misma nostalgia venenosa, la misma pregunta sin respuesta. Entraron y se sentaron en el suelo, sobre unas esteras raídas. El aire dentro estaba cargado, quieto.
Ezequiel estaba sentado frente a ellos. No era un anciano, pero su semblante tenía una gravedad antigua. Sus ojos, que miraban sin ver del todo este mundo, producían un desasosiego inmediato. Mika evitó su mirada, fijándose en el polvo que danzaba en un rayo de luz que entraba por una ventana alta. Sintió el peso del ídolo contra su costado, y por un instante le pareció que se calentaba, que latía. Un absurdo.
Los ancianos inclinaron la cabeza en un gesto ritual de respeto. “Maestro”, comenzó Ezer, su voz ronca. “Hemos venido… para consultar a Yahweh. Para inquirir de Él.” La frase sonó hueca, ritual, como una moneda cuyo valor se hubiese desvanecido. “¿Cuándo? ¿Habrá misericordia para su pueblo?”
Ezequiel no respondió de inmediato. Su silencio se hizo más pesado que cualquier discurso. Parecía estar escuchando algo que ellos no podían oír, algo que venía de muy lejos. Luego, sus ojos, de repente claros y penetrantes, recorrieron el rostro de cada uno de los hombres. Mika sintió que esa mirada atravesaba la tela de su túnica, la carne, y encontraba la piedra fría y escondida. Un sudor frío le recorrió la espalda.
La voz de Ezequiel no fue un trueno. Fue baja, grave, pero con una cualidad cortante que llenó la estancia.
“Así ha dicho el Señor Yahweh: ¡Cualquiera de la casa de Israel que haya puesto sus ídolos en su corazón, y haya puesto delante de su rostro el tropezadero de su maldad, y luego viniere al profeta…!”
Mika contuvo la respiraza. La frase no era una respuesta. Era una acusación. Un destello de luz en la oscuridad de su secreto.
“Yo, Yahweh”, continuó la voz, implacable, “responderé al que viene, conforme a la multitud de sus ídolos.” Las palabras caían como losas. “Para tomar a la casa de Israel en el corazón de ellos, que se han alejado de mí a causa de sus ídolos todos.”
No hablaba de Babilonia. No hablaba del rey Nabucodonosor. Hablaba de una barrera más fundamental, una muralla invisible que ellos mismos habían levantado ladrillo a ladrillo, día a día, en la intimidad de sus pensamientos y en la oscuridad de sus casas. El ídolo no era solo la piedra; era el apego, la memoria convertida en dios, la búsqueda de consuelo en algo que no era Él.
“Por tanto”, dijo Ezequiel, y ahora su mirada era un fuego frío, “háblales y diles: Así ha dicho el Señor Yahweh: El hombre que de la casa de Israel… que pusiere sus ídolos en su corazón… ¿Acaso voy a ser consultado por él?”
La pregunta resonó en el silencio total. La respuesta, todos la sabían ya, era un no tan vasto y definitivo como el desierto. El Dios de Israel, el que los había sacado de Egipto, no negociaría. No habría palabra de esperanza, no habría profecía de liberación, para corazones que guardaban otros altares. La consulta era, en sí misma, una blasfemia. Una pantomima.
Entonces, Ezequiel pronunció las palabras que helaron la sangre en las venas de Mika. Era como si Dios mismo, desde su trono lejano e insondable, decidiera jugar una partida terrible para demostrar una verdad.
“Si un país peca contra mí… y yo extiendo mi mano contra él… y mando hambre sobre él, y corto de él el sustento del pan… aunque estuvieran en medio de él estos tres hombres: Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas.”
Los nombres, arrancados del pasado legendario de Israel, sonaron como campanas fúnebres. Noé, el constructor del arca. Daniel, el sabio de Babilonia cuya fama ya comenzaba. Job, el hombre probado. Ni siquiera la justicia titánica de esos tres, unidos, podría desviar la sentencia. La justicia no era transferible. No era un escudo colectivo. La idolatría había roto el pacto, había roto la comunidad misma.
La voz del profeta siguió desgranando juicios: bestias feroces, espada, peste. Cuatro azotes terribles. Y en cada escenario, la misma repetición lúgubre, como un estribillo de condenación: “Librarían únicamente sus propias vidas… no librarían a hijos ni a hijas.”
Mika cerró los ojos. Ya no veía el polvo danzante. Veía el rostro de su hijo pequeño, muerto de fiebre durante la marcha forzada a Babilonia. Lo veía a él, y a su esposa, consumida por el dolor. Y una comprensión terrible, más amarga que la hiel, se abrió paso en su interior. Su terafín, su pequeño consuelo escondido, no había sido un amuleto protector. Había sido la llave que cerraba la puerta a la misericordia. Había elegido el recuerdo de piedra sobre el Dios vivo, y ahora, incluso la justicia hipotética de los gigantes de la fe era impotente. No había refugio. No había intercesión posible desde un corazón dividido.
Ezequiel terminó. El silencio que dejó no era el mismo de antes. Era un silencio lleno de ecos, de palabras que seguían cayendo en el alma de cada hombre como piedras en un pozo seco. Ya no había preguntas que hacer. La única pregunta que importaba, Yahweh ya la había contestado.
Los ancianos se levantaron, uno a uno, sin mirarse. No había palabras de despedida. Salieron a la callejuela, donde el sol de Babilonia golpeaba con la misma fuerza indiferente. Mika caminó despacio, la mano apretada contra su costado, donde el ídolo yacía como una piedra de sepulcro. Ahora su peso era insoportable. No era un pedazo de la tierra prometida. Era el precio de su propio corazón, endurecido y extraviado.
No volvió a su casa directamente. Se dirigió hacia la orilla del río Quebar, cuyas aguas turbias y lentas reflejaban un cielo ajeno. Allí, a solas, bajo la luz cruda del exilio, sacó el terafín de su escondite. Lo contempló por un largo momento: la piedra tosca, la forma informe que su nostalgia había vestido de significado. Luego, con un movimiento que le costó más que levantar una losa, alzó el brazo y lo arrojó con todas sus fuerzas a la corriente cenagosa.
No hubo un gran chapuzón. Solo un sonido opaco, y luego el río siguió fluyendo, llevándose consigo aquel trozo de piedra y, con él, la ilusión de un consuelo que era, en realidad, la raíz de su desolación. Mika se quedó mirando el agua, vacío, despojado. No sentía alivio. Sentía el vértigo de un desierto interior recién descubierto. Pero por primera vez en muchos años, en ese vacío terrible y limpio, había espacio. Espacio para que, quizás, si Él quisiera, pudiera resonar, en algún futuro día, un eco de la verdadera voz.




