La tierra de Babilonia olía a polvo y a olvido. Eleazar hundió los dedos en la grieta de la pared de adobe de su casa, una morada prestada en un país que nunca sería suyo. El calor, como un manto pesado, aplastaba toda esperanza. Afuera, el río Éufrates seguía su curso, indiferente, mientras él, un hombre ya mayor, recordaba el aroma de los olivos en las colinas de Judá. Un aroma que se desvanecía como un sueño cada mañana.
Sus herramientas de carpintero yacían en un rincón, cubiertas de una capa fina de arena. Habían llegado con él al exilio, testigos mudos de una vida truncada. A veces, en la quietud opresiva del atardecer, el silencio le gritaba. ¿Dónde estaba Yahvé? ¿Había abandonado Su pueblo a la sombra de los ídolos babilónios, a la burla de los que señalaban diciendo «¿Dónde está ahora tu Dios?»?
Una tarde, mientras remendaba un banco para un vecino caldeo, su nieto pequeño, Dan, se acercó. Sus ojos brillaban con la curiosidad de los cinco años.
—Abuelo, ¿por qué lloramos junto a los ríos de Babilonia?
Eleazar dejó el formón, la punta de metal desgastada. La pregunta era un cuchillo dulce.
—Porque recordamos, niño. Y a veces el recuerdo duele más que el hambre.
Pero esa misma noche, algo cambió. No fue una visión, ni una voz atronadora. Fue más bien como si una corriente de aire fresco se colara en la habitación cargada. Una inquietud, una certeza antigua que removía las cenizas de su fe. Tomó el rollo de piel que contenía las palabras de los profetas, aquellas que copiaba a la luz vacilante del candil para no enloquecer. Sus dedos, rugosos y surcados de cortes, encontraron las palabras de Isaías. Las había leído cien veces. Pero esa noche eran nuevas.
*“Guardad silencio ante mí, costas; renueven su fuerza los pueblos. Que se acerquen y entonces hablen; enfrentémonos juntos en juicio.”*
La voz no era suya, parecía resonar en el mismo aire. Eleazar cerró los ojos y ya no vio la pobreza de su habitación. Vio los confines de la tierra, las naciones lejanas y agitadas como un mar. Y en medio de esa conmoción, una tranquilidad absoluta. Una presencia.
*“¿Quién despertó del oriente al justo, lo llamó para que le siguiera, entregó naciones delante de él y le sometió a reyes? Convirvió su espada en polvo, su arco en paja arrastrada por el viento.”*
No eran solo palabras sobre el pasado, sobre Abraham. Era un ritmo, un latido de la historia que se repetía. Dios no estaba en el pasado. Estaba en el futuro, abriendo camino ahora. Como un guerrero incansable, como un padre que no se rinde. Eleazar sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Los días siguientes fueron distintos. El mismo polvo, el mismo calor, la misma carga. Pero algo se había quebrado dentro. Ya no miraba sus herramientas con resignación, sino con una paciencia extraña. Un día, el noble caldeo para el que trabajaba esporádicamente le pidió un cofre complicado, con ensamblajes delicados.
—No tengo la madera fina —dijo Eleazar, con franqueza.
—Te la procuraré —respondió el caldeo, con un asomo de respeto que antes no existía.
Mientras trabajaba la madera de cedro, su mente volvía a las palabras.
*“Porque yo, el Señor, soy tu Dios, que te sostiene de la mano derecha y te dice: ‘No temas; yo te ayudo.’”*
La herramienta no resbaló. Su mano, que a veces temblaba, estaba firme. La ayuda no era una promesa etérea. Era la fuerza en sus músculos para el trabajo, la lucidez en su mente para el diseño, la inexplicable providencia de la madera buena llegando a sus manos.
Una vez, Dan trajo a casa un pequeño ídolo de barro que había encontrado, una figura grotesca de un dios babilonio.
—Es fuerte —dijo el niño, con ingenuidad.
Eleazar lo tomó con suavidad. No lo rompió con ira. Se lo mostró.
—Mira, Dan. —Sopló sobre el ídolo y el polvo se desprendió.— ¿Ves? No puede limpiarse a sí mismo. No puede respirar. —Lo puso sobre la mesa y con un dedo lo empujó suavemente. El ídolo se tambaleó y cayó de lado, inerte.— Un dios que se cae con un soplo… ¿qué clase de dios es? Nuestro Dios, en cambio… nuestro Dios sostiene el universo y me sostiene la mano a mí.
Las palabras de Isaías quemaban en su memoria, llenas de una ironía divina: *“El artífice anima al orfebre, el que pule con martillo al que golpea el yunque… ¡Es un dios! Se postran ante él, lo adoran, lo llevan a cuestas y lo transportan.”* La imagen era tan vívida, tan ridícula. Un hombre cargando a su propio dios. Eleazar sonrió, una sonrisa que le surcó el rostro arrugado como un rayo de luz en tierra seca.
La temporada de sequía llegó, implacable. Los canales bajaban de nivel. Los murmullos y el temor crecían. Eleazar observaba a sus vecinos caldeos acudir a sus templos, hacer ofrendas, suplicar a sus estatuas de piedra. Un día, Dan llegó corriendo, asustado.
—Abuelo, dicen que no habrá agua para los huertos.
Eleazar puso sus manos sobre los hombros frágiles del niño. No eran las manos de un poderoso, sino las de un carpintero exiliado. Pero en ese momento se sintió firme como una roca.
—Nuestro Dios —murmuró, y su voz era un rumor de arroyo en el desierto— hace brotar fuentes en la tierra árida. Lo ha dicho.
Y sucedió algo. No un milagro espectacular, sino una cadena de eventos. Unos mercaderes que pasaban hacia el norte, agradecidos por un carro que Eleazar había reparado meses atrás, dejaron como pago extra unos odres grandes de agua. Agua que compartió con sus vecinos más próximos. Luego, un hombre del pueblo, un babilonio común al que había ayudado sin pedir nada, le indicó un manantial olvidado en un recodo del río, de acceso difícil pero con agua dulce. Cuando Eleazar llevó a Dan allí y el niño bebió, riendo, con el agua chorreándole por la barbilla, supo. Esta era la ayuda. Esta era la promesa hecha carne, hecha agua, hecha comunidad inesperada.
La historia no terminó con un regreso inmediato a Jerusalén. Eleazar murió en Babilonia, con el polvo de esa tierra extraña bajo sus uñas. Pero la noche antes de partir, llamó a Dan, ya un joven.
—Toma —le dijo, entregándole el rollo de piel—. Estas palabras son verdaderas. No hablan sólo de un pueblo, hablan de un Dios que se inclina. Que toma al débil y hace de él un instrumento afilado, nuevo. Que siembra en el desierto y hace que broten jardines. No lo olvides. Dondequiera que estés, Él irá delante de ti. Conviértete en ese jardín.
Años después, cuando el edicto de Ciro permitió el regreso, Dan estaba entre los que emprendieron el camino. No llevaba riquezas. Llevaba un rollo de piel desgastado y la memoria imborrable de un abuelo que, en el destierro, había encontrado un reino. Un hombre común que, sostenido por una mano invisible, no había temido. Porque había entendido, en la carne de su vida diaria, el corazón de aquel antiguo mensaje: el Santo de Israel era su Redentor, y su fuerza no era para la guerra que él imaginaba, sino para la paz profunda de confiar, para el gozo silencioso de ser ayudado, para la tarea cotidiana de construir, incluso entre ruinas, con la certeza de que la última palabra nunca sería del polvo, sino del Alfarero.




