La tierra de la heredad de Judá, en los años en que aún los reyes gobernaban desde Jerusalén, no siempre era clemente. En el pueblo de Quelag, situado entre colinas pedregosas y algunos valles fértiles, la vida transcurría al ritmo de las estaciones y de la ley. Había una calle principal, más polvo que camino, que en los días de calor levantaba una bruma dorada y sofocante. En una de sus esquinas, la casa de Caleb se erguía, no por grande, sino por bien construida: piedras encajadas con paciencia, una puerta de madera de roble que nunca crujía de mala gana, y un pequeño huerto en la parte trasera donde los higos maduraban con dulzura.
Caleb era un hombre de pocas palabras y muchas miradas observadoras. Trabajaba su parcela desde antes del canto del gallo, y su sudor olía a tierra húmeda y a esfuerzo honesto. La gente del pueblo decía que su familia nunca pasaba hambre, ni en los años de sequía. No era que la sequía no los tocara; más bien, Caleb guardaba siempre una parte, por pequeña que fuera, y sabía leer la avaricia del cielo y la generosidad escondida de la tierra. «El que labra su tierra se saciará de pan», murmuraba a veces mientras afilaba la hoja de su arado, una verdad que sentía en los huesos más que en el intelecto.
Al otro lado del camino polvoriento vivía Hanán. Su casa era más llamativa, con una fachada encalada que brillaba cegadora bajo el sol, pero cuya puerta principal, de cedro importado, siempre estaba cerrada. Hanán había prosperado rápido, primero con el comercio de lino, luego con préstamos de grano. Su ingenio para los negocios era afilado como cuchillo de carnicero, y su sonrisa, un gesto calculado que no siempre alcanzaba los ojos. En años de escasez, cuando los almacenes comunales menguaban, los deudores acudían a su puerta trasera, y la tasa de interés, aunque la Torá la prohibía, se camuflaba en complejos acuerdos de medida y peso. El pueblo lo respetaba por miedo y lo necesitaba por desesperación, pero en las conversaciones junto al pozo, bajando la voz, lo llamaban «opresor».
Aquél verano, la sequía se había instalado como un huésped indeseable y pertinaz. El cielo era una bóveda de bronce incandescente; el arroyo de Shiló, que solía cantar al pie de la colina, se redujo a un hilo de agua turbia. La ansiedad crecía en Quelag como la grieta en la tierra seca.
Fue entonces cuando el hijo menor de Reuel, un vecino cuyo olivar había sido consumido por la plaga, se dejó tentar por el hambre y la desesperación. Robó dos sacos de grano del almacén semi-vacío del pueblo. Lo hicieron de noche, con manos temblorosas. No fue un acto de maldad premeditada, sino el grito ahogado de un vientre vacío y el llanto de sus hermanos pequeños resonándole en los oídos. Lo capturaron al amanecer, con el polvo del grano aún pegado a sus sandalias.
La ley era clara. Pero la aplicación de la ley dependía de los hombres. Hanán, que era uno de los ancianos con voto en el consejo del pueblo, abogó por la severidad máxima. «El que aumenta sus riquezas con usura e interés, las acumula para el que se compadece de los pobres», podría haber pensado un sabio, pero Hanán no era sabio, sólo astuto. Veía en el castigo ejemplar una forma de reforzar el orden… su orden. «Si la pobreza llega a tu casa, que sea por la mano de Dios, no por la desidia de los hombres», argumentó con voz grave en la plaza, bajo la higuera donde se celebraba el tribunal. «La clemencia en esto es un viento que aviva el fuego del desorden».
Caleb, también convocado por su integridad reconocida, escuchó en silencio. Miraba al muchacho, pálido y roto, y luego a su padre, Reuel, un hombre honrado cuyo error había sido confiar en una lluvia que nunca llegó. Recordó las palabras antiguas: «El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». El robo era pecado, sí. Pero la desesperación también tenía un lenguaje, y la justicia sin comprensión era otra forma de crueldad.
Cuando le tocó hablar, su voz no retumbó. Era áspera, como la corteza del olivo. No habló del robo, sino de la deuda. Preguntó, con simpleza que sonó como un trueno en aquel silencio cargado, por qué la familia de Reuel estaba tan abrumada. Preguntó por los términos del préstamo de grano que había contraído con Hanán la primavera pasada. No acusó; sólo preguntó. Y en el acto de preguntar, iluminó. Porque «el que camina en integridad será salvo, mas el de caminos perversos caerá de improviso».
La reunión dio un vuelco. La atención se desplazó del ladronzuelo aterrorizado a la tensión sorda entre la honestidad empobrecida y la riqueza opresora. No hubo un juicio espectacular. Bajo la presión de las miradas y la ley mayor que la del pueblo, Hanán se vio forzado a renegociar la deuda. El muchacho fue reprendido, sí, y su familia se comprometió a restituir el grano con trabajo en la cosecha común. Pero la verdadera sentencia cayó sobre Hanán. No fue una sentencia de los hombres, sino del desprecio lento e implacable de la comunidad y, quizás, de su propia conciencia. Su casa encalada empezó a parecer una tumba. Los negocios se enfriaron. La gente, incluso en su necesidad, empezó a buscar otras soluciones, a recordar el almacén comunitario, a ayudarse entre vecinos.
La sequía, al final, se rompió con unas lluvias tardías que salvaron lo poco que quedaba. En la parcela de Caleb, la tierra respondió con una cosecha modesta pero suficiente. En la de Reuel, con la deuda aliviada y la esperanza renovada, los brotes verdes asomaron con timidez.
Tiempo después, en una tarde en que el sol se ponía tras las colinas pintando el cielo de púrpura y oro, Caleb y su mujer sentados en el umbral de su puerta, veían a los niños jugar en el camino. Ella, tejiendo lentamente, dijo sin mirarlo: «Hanán se va a Damasco. Dicen que hay más oportunidades para un hombre como él allí».
Caleb asintió, limpiándose las manos de tierra. «Mejor un pobre que camina en integridad, que un rico de caminos torcidos», citó en voz baja, casi para sí mismo. No era un reproche, sino una observación del orden natural de las cosas, tan real como la sequía y la lluvia. La justicia, a veces, no llega con estruendo de espadas, sino con el silencio de un pueblo que elige recordar quién compartió el pan en tiempos de escasez y quién puso precio al hambre. Y la tierra, testigo de todo, seguía allí, bajo sus pies, esperando el sudor del justo para dar su fruto.




