Biblia Sagrada

La Roca en Engedi

El aire dentro de la cueva olía a tierra húmeda y a piedra fría. David apoyó la espalda contra la roca, áspera a través del desgastado tejido de su túnica, y dejó escapar un suspiro que se perdió en la penumbra. Fuera, más allá de la boca de la caverna, el paisaje de los montes de En-Gadi se desplegaba bajo un cielo plomizo, un mundo de barrancos y precipicios que era a la vez refugio y prisión. El cansancio era un peso tangible en sus huesos, un cansancio que no era solo de los músculos, sino del alma. Podía, incluso allí, en el silencio quebrado solo por el grito lejano de un halcón, sentir el aliento de Saúl en su nuca, ver en su mente la oscuridad paranoica en los ojos del rey, una oscuridad que había convertido al músico en una fiera acorralada.

Sus hombres, un puñado de rostros famélicos y leales, dormitaban más adentro, envueltos en mantos. David los observó un momento. Eran la evidencia viviente de su fracaso, de una huida que parecía no tener fin. ¿Dónde estaba la promesa? La unción de Samuel en Belén le quemaba aún la frente como un hierro, pero aquí, en la húmedad de una cueva, aquello parecía el sueño febril de un adolescente. Cerró los ojos y, sin proponérselo, los labios le articularon en un murmullo apenas audible: “Te amo, oh Señor, fortaleza mía.”

Las palabras, nacidas de la pura desesperación, abrieron una compuerta. No fue una visión. No hubo truenos ni terremotos. Fue una memoria del cuerpo, primero. Los dedos, callosos por la cuerda de la honda, recordaron la textura de la lana de una oveja asustada. Los oídos, aguzados por meses de alerta, rescataron del olvido el silbido del viento sobre los pastos de Belén, un viento limpio, cargado solo del aroma del tomillo y el romero. Y en ese instante, la cueva dejó de ser una tumba de piedra. Se transformó, ante su mirada interior, en el lugar secreto desde donde todo lo había visto siempre.

“El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi libertador”, musitó, y la palabra “roca” ya no era una metáfora prestada de los salmistas. Era la verdad desnuda. Esta roca que le raspaba la espalda, estas montañas que lo escondían, no eran el escenario de su derrota. Eran la arquitectura misma de su salvación. Una salvación que no consistía en ausencia de peligro, sino en presencia inamovible. El pánico que lo había atenazado durante días –el miedo a las lanzas, a las traiciones, a la muerte oscura y sin sentido– comenzó a retirarse como la marea. No porque el peligro hubiera desaparecido. Sino porque algo más grande, más sólido, se había interpuesto en su imaginación entre él y el filo de la espada.

Recordó entonces las noches en el campo. Los leones. El oso. No los recordó con la nostalgia del triunfo, sino con la vívida claridad del terror superado. El miedo había sido real, el bramido del animal había hecho temblar la tierra bajo sus pies, el olor fétido de su aliento había sido tangible. Pero había habido una fuerza, una corriente de certidumbre que surgía de un lugar más profundo que su propio corazón, que guiaba su brazo, que tensaba la cuerda con una precisión que no era solo suya. “Me ciñiste de vigor para la pelea”, pensó, y sus manos se cerraron en puños, no de tensión, sino de reconocimiento. Aquella fuerza no era un recuerdo. Estaba aquí. Latente. Esperando.

Alzó la vista hacia la boca de la cueva. Las nubes se habían espesado, arremolinándose sobre las cumbres como ejércitos oscuros. Un relámpago cruzó el cielo, iluminando por una fracción de segundo los desfiladeros con una luz blanca y cruda. Y David lo vio. No con los ojos, pero lo vio. El trueno que vino después no fue un estampido sordo, sino la voz que su espíritu ansiaba oír. Era una voz que no hablaba en palabras hebreas, pero que su entendimiento traducía en imágenes de poder absoluto: los cimientos de los montes, esas mismas montañas que lo ocultaban, retemblando; los abismos del mar, el gran caos primordial, mostrando su fondo de oscuridad ante el despliegue de una gloria insoportable.

Era el Dios de la tempestad. El que cabalgaba sobre un querubín, sobre las alas del viento huracanado. Este no era el Dios doméstico de los altares pulidos, el Dios de las fórmulas sacerdotales. Este era el Rey del Universo, cuya cólera era un fuego devorador y cuyo favor era un escudo que no podía ser traspasado. Y lo más asombroso, lo que le hizo contener la respiración, fue que este Dios, en su majestad terrible, había bajado. Había inclinado los cielos. Había puesto oscuridad por toldo a su alrededor, sí, pero era la oscuridad de su pabellón, no la de una mazmorra. El agua de los cielos, la gran lluvia que empezaba a caer con furia lavando el polvo del desierto, eran los cauces de su venida.

Un sollozo, seco y profundo, le sacudió el pecho. No era de autocompasión. Era el espasmo de un hombre que, en el colmo de su debilidad, descubre que ha sido enganchado por una fuerza que lo trasciende todo. “Me sacó a un lugar espacioso”, susurró hacia la tormenta. Y el lugar espacioso no era un valle seguro, no era un palacio. Era esta libertad interior, vasta como el cielo después de la lluvia, donde el miedo a Saúl, el peso de la corona futura, la amargura de la injusticia, se empequeñecían hasta convertirse en motas de polvo. Dios era su roca, sí, pero también su libertador. Lo liberaba, primero, de su propio desaliento.

Los hombres se habían despertado con la tormenta. Uno de ellos, Abisai, se acercó con una mirada interrogante. “Mi señor…” comenzó a decir. David lo miró. Había una nueva luz en sus ojos, una calma profunda que no provenía de la resignación, sino de una certeza recién forjada en el yunque de la desesperación. “Él es mi escudo”, dijo David, y su voz sonó clara, firme, armonizando con el estruendo de la lluvia. “Y la fuerza de mi salvación, mi baluarte alto.”

Abisai no entendió del todo, pero vio algo en el rostro de su jefe que le infundió un valor extraño. Asintió, volviendo a su sitio. David se quedó mirando el aguacero. Cada gota que estrellaba contra las piedras era para él un recordatorio: la fidelidad de Dios era como esta lluvia para una tierra sedienta, incesante, transformadora. Él, el perseguido, el fugitivo, era amado con un amor feroz e inquebrantable. Un amor que lo perseguía con más tesón que los ejércitos de Saúl.

La tormenta amainó gradualmente. Un rayo de sol, tenue y húmedo, se coló por entre las nubes que se dispersaban, tocando las rocas que goteaban y haciendo brillar el mundo renovado. David respiró hondo, el aire frío y limpio llenándole los pulmones. La cueva ya no apestaba a derrota. Olía a tierra lavada, a principio.

Tomó un trozo de carbón de la pequeña hoguera que sus hombres habían reavivado y, en un parche liso de la pared de piedra, cerca de la entrada, comenzó a trazar signos toscos y firmes. No escribió un plan de batalla. No escribió una carta de queja. Escribió un canto. Un canto que nacía de las entrañas de la cueva y de las alturas de la tempestad. Un canto que empezaba con amor y terminaba con misericordia. Un canto para el Dios que, cuando todo parecía cordeles de muerte y torrentes de perdición, se había inclinado desde su trono, había tendido su mano desde lo alto, y lo había sacado de las muchas aguas. Lo había sacado, supo David con una paz irrevocable, para algo que apenas comenzaba.

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