El sol de Antioquía caía a plomo sobre los tejados de terracota, calentando las piedras hasta hacerlas vibrar con ese calor espeso que huele a comino y a polvo. En la casa de reunión cerca del barrio griego, el aire era tan pesado que las palabras parecían costar más de pronunciar. Pedro, con la túnica oscura por el sudor, compartía la mesa con varios hermanos de origen griego. Se reían, partían pan untado en aceite de oliva, y en sus rostros se veía esa complicidad de quien ha encontrado, por fin, un lugar donde respirar sin miedo.
Todo cambió cuando llegaron los de Santiago.
No hicieron ruido al entrar. Eran dos, quizás tres, hombres de mirada severa y ropas impecables, judíos de Jerusalén que llevaban la ley escrita no solo en pergaminos, sino en el pliegue de sus ceños. Pedro, al verlos, se quedó quieto. Sus dedos, que sostenían un trozo de pan que acababa de recibir de la mano de un gentil, se cerraron lentamente. Nadia, la mujer siria que estaba a su lado contando cómo había conocido al Mesías en un sueño, dejó de hablar. El silencio se hizo dueño de la estancia.
Pedro se levantó sin decir palabra. Con un movimiento casi imperceptible, apartó su plato y se alejó de la mesa donde había estado comiendo con los gentiles. No hizo ningún gesto brusco, ningún discurso. Pero su alejamiento fue como un muro que se alzaba en medio de la sala. Uno a uno, los otros judíos que estaban allí, incluso Bernabé, empezaron a retirarse también, buscando rincones donde no se mezclaran con los no circuncidados.
Yo lo vi todo desde la puerta. Había llegado hacía poco, con Tito, para compartir lo que el Señor me había encomendado. Y al ver aquella escena, algo se quebró dentro de mí. No era rabia, no era decepción. Era como si una verdad esencial, recién descubierta, estuviera siendo pisoteada delante de mis ojos.
Me acerqué a Pedro, no con pasos airados, sino con esa lentitud con la que se camina hacia lo inevitable. Todos nos miraron. El aire era tan denso que se podía cortar.
—Pedro —dije, y mi voz sonó más grave de lo que esperaba—. Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?
Él no respondió. Sus ojos, que habían visto al Resucitado, estaban clavados en el suelo.
—Nosotros —continué, y ahora hablaba para todos los presentes—, nosotros, judíos de nacimiento, sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo. También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él, y no por las obras de la ley. Porque por las obras de la ley nadie será justificado.
Había un temblor en mis palabras, no de nervios, sino de esa convicción que nace de lo más hondo del alma. Miré a los que habían llegado de Jerusalén, a los hermanos judíos que se habían apartado, a los gentiles que seguían sentados en la mesa, confundidos y heridos.
—Si buscando ser justificados en Cristo, nosotros mismos somos hallados pecadores —dije, bajando la voz—, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? ¡De ninguna manera! Porque si las cosas que derribé, las mismas vuelvo a edificar, me hago transgresor.
Pedro seguía sin mirarme. En su silencio había una batalla interior que todos podíamos sentir.
—Por la ley —dije, y ahora mis palabras eran como un rio que ya no podía contenerse— morí para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado. Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios, porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.
Cuando terminé, el silencio era completo. Solo se oía, lejos, el grito de un vendedor de sandías en la calle. Pedro alzó por fin la mirada. No había enojo en sus ojos, sino una tristeza profunda, la tristeza de quien ha sido descubierto en su propia contradicción. No dijo nada, pero su silencio era ya una respuesta.
Bernabé se acercó entonces y puso una mano en mi hombro. Entre los gentiles, alguien empezó a llorar en voz baja. No eran lágrimas de dolor, sino de alivio, como si una puerta que se había cerrado volviera a abrirse.
Aquella tarde no se resolvió todo. Las heridas quedaron abiertas, las dudas siguieron allí. Pero algo esencial había ocurrido: la verdad del evangelio, pura y frágil como el pan partido, había sido defendida. No por orgullo, no por disputa, sino por amor a aquella fe que nos hacía libres, a judíos y griegos por igual.
Al salir, el sol comenzaba a caer. Las sombras se alargaban por las calles de Antioquía, y en el aire flotaba, tenue pero persistente, el aroma de la esperanza.




