Biblia Sagrada

El Eco del Juicio Divino

El calor en Nínive era denso, un manto pesado que se posaba sobre los adoquines y hacía brillar el Éufrates como un espejo roto. En las calles, el olor a especias y estiércol se mezclaba con el perfume agrio del miedo. Los mercaderes asirios regateaban con voz áspera, pero sus ojos escudriñaban el horizonte con una inquietud que no podían disimular. Algo se cernía sobre la ciudad, algo más opresivo que el sol de mesopotámio.

En una choza de adobe a las afueras, un hombre llamado Elías, ya viejo y de espalda encorvada, removía las brasas de un fuego casi extinto. No era profeta de corte, ni tenía seguidores. Solo era un hombre que recordaba. Recordaba las historias de Jonás, de cómo Nínive una vez se había arrepentido bajo la sombra de la sentencia divina. Pero ahora la ciudad había vuelto a sumergirse en su crueldad, en su arrogancia de piedra y sangre. Y en el silencio de su corazón, Elías sentía un eco lejano, como un trueno que aún no estallaba.

—El Señor es Dios celoso y vengador —murmuró para sí, sin saber muy bien por qué esas palabras acudían a su mente con tanta fuerza—. Vengador es el Señor y lleno de ira.

Alzó la vista hacia el cielo, velado por el polvo y el bochorno. No había nubes, pero él percibía la presencia de una tormenta que no era de este mundo. Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, vislumbró la majestad del que habita en las alturas: el Señor, tardo para la ira, pero grande en poder. No tendrá por inocente al culpable. Su camino era en el torbellino, en la tempestad, y las nubes eran el polvo de sus pies.

De pronto, un estremecimiento recorrió la tierra. No fue un terremoto, sino algo más profundo, como si la creación misma contuviera la respiración. En el palacio de Nínive, los soldados se miraron perplejos. Los caballos relinchaban inquietos en los establos, piafando contra el suelo como si intuyeran lo que los hombres no podían ver.

Elías salió de su choza y caminó lentamente hacia una colina cercana. Desde allí, Nínive parecía un gigante dormido, confiado en sus murallas y en su ejército. Pero él sabía que ninguna fortaleza era impenetrable para el que reprende al mar y lo deja seco. Todos los ríos seca; el Basán y el Carmelo se marchitan, y las flores del Líbano se mustian.

—¿Hasta cuándo, Señor? —susurró, y su voz se perdió en el viento caliente.

En ese momento, una sombra se extendió sobre la ciudad. No era la noche, porque el sol aún brillaba, sino una oscuridad distinta, cargada de peso eterno. Los pájaros callaron. El aire se enrareció. Y entonces, como si el velo del tiempo se rasgara, Elías vio—no con los ojos, sino con el alma—la procesión del juicio: delante de él avanzaba la ira del Santo, consumiendo todo a su paso. Las rocas se desmenuzaban como pan seco; el mundo se fundía ante su presencia.

Y comprendió que esta vez no habría mensajero que advirtiera, ni plazo para el arrepentimiento. La maldad de Nínive había colmado la medida. El lazo estaba cerrado.

Bajó de la colina con paso firme, y al llegar a la puerta de la ciudad, un capitán asirio le preguntó con desdén qué había visto.

—Vi al que quebranta el poder del mal —respondió Elías con una calma sobrehumana—. Y nadie puede mantenerse en pie cuando se enciende su furor.

El soldado se rio, pero su risa sonó frágil, falsa. Mientras, muy lejos, en Judá, un campesino que araba la tierra sintió de pronto un alivio inexplicable, como si una carga hubiera sido removida de sus hombros. No supo decir por qué, pero por primera vez en años, respiró paz.

Porque aunque el juicio caería sobre sus enemigos, para los que confían en Él, el Señor es bueno, fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en él se refugian.

Y en el silencio que precedía a la tormenta, solo quedaba esperar. Porque la sentencia estaba escrita, y nada, ni nadie, podría revocarla.

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