Biblia Sagrada

Horno de Corrupcion

El horno del panadero ardía con un fuego lento y traicionero. No era la lumbre limpia del sacrificio, ni el fuego sagrado que una vez descendió sobre el altar. Este era un calor húmedo, sofocante, que no purificaba sino que corrompía. Así era el corazón del reino de Efraín, pensaba el profeta mientras observaba las calles de Samaria al amanecer. Un calor que no cocía el pan, sino que lo chamuscaba por fuera dejándolo crudo y amargo por dentro.

Los primeros rayos del sol acariciaban los muros de piedra caliza, pintándolos de un dorado engañoso. En las plazas, los mercaderes ya extendían sus telas finas de Egipto y sus vasijas de Asiria. El rey y sus príncipes, ebrios aún de la noche anterior, se mecían en sus lechos entre risas huecas. Nadie parecía notar que la levadura de la maldad había fermentado toda la masa.

Recordaba el profeta cómo en sus años jóvenes, estos mismos palacios olían a incienso y cantos. Ahora olían a vino agrio y a traiciones cocinadas a fuego lento. Los consejeros del rey no amasaban la justicia, sino intrigas. Cada mañana era como despertar en un horno cuyas paredes se cerraban un poco más. El panadero dejaba de avivar el fuego sólo para dormir, confiado en que las brasas harían su trabajo silencioso.

Y qué trabajo tan sutil era el de esas brasas. Los príncipes se volvían como pan dejado demasiado tiempo cerca del calor: crujientes por fuera en su aparente devoción, pero llenos de aire y vanidad por dentro. En sus banquetes, las copas rebosaban de vino robado al pobre, y sus juramentos eran como el humo que se escapa por la claraboya del horno—promesas que se desvanecen antes de tocar el cielo.

El profeta caminó hacia el barrio de los alfareros. Allí, entre el olor a arcilla húmeda, vislumbró otra verdad dolorosa: su pueblo se había vuelto como una paloma fácil de engañar. Volaba hacia Egipto cuando sentía el viento del sur, hacia Asiria cuando soplaba el norte. Sus alas no tenían rumbo, sólo el pánico de quien ha olvidado que tiene un nido. Un nido que Dios mismo había tejido entre las ramas más altas del Líbano.

En la casa de un alfarero vio una vasija medio formada que se torcía bajo las manos inexpertas del aprendiz. Así estaban ellos—doblándose bajo presiones extranjeras, perdiendo la forma que el Alfarero divino les había dado. Sus gobernantes celebraban pactos con los mismos imperios que después los estrangularían, como un hombre que abraza a su verdugo creyendo que es un amigo.

Al caer la tarde, el sonido de los cuernos de guerra retumbó en los valles. No eran las trompetas del jubileo, sino el gemido de un arco flojo cuyas flechas nunca alcanzaban el blanco. Los guerreros de Efraín blasfemaban en su embriaguez, jurando por dioses de plata y oro que sus manos habían fundido. Ninguno se acordaba del fuego que no se consume, del que habló Moisés junto a la zarza.

Entonces el profeta sintió una tristeza más pesada que todas las piedras de Samaria. Vio cómo la vejez canosa comenzaba a teñir las sienes del reino sin que nadie lo notara. Como un hombre que envejece sin sabiduría, cuyas arrugas son sólo mapas de caminos equivocados. La savia de los cedros se había secado, y ahora sólo quedaba la corteza vacía que cualquier viento podía derribar.

Regresó a su casa cuando la luna comenzaba su vigilia. En la quietud de su habitación, el eco de las risas profanas todavía llegaba desde el palacio. Pensó en el panadero que había olvidado su horno, en la paloma sin rumbo, en el arco flojo, en la vejez estéril. Y supo que llegaría el día en que el fuego no se contentaría con chamuscar, sino que devoraría hasta las últimas migas. Pero esa noche, sólo el viento llevaba consigo el susurro de un amor que seguía esperando, paciente como el fuego que no se consume.

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