El aire en el atrio del templo olía a incienso y polvo, a sudor de peregrinos y el aroma leñoso de las vigas de cedro. Jeremías sentía el peso del yugo sobre sus hombros, las correas de cuero frotándose contra su túnica áspera. No era solo la carga física lo que le pesaba, sino el mensaje que representaba: años de sumisión a Babilonia, el castigo divino por la infidelidad del pueblo.
Entre la multitud que se arremolinaba cerca de la puerta de Benjamín, un movimiento llamó su atención. Hananías, hijo de Azur, se abría paso con determinación. Su túnica era más fina que la de Jeremías, su barba cuidadosamente recortada. En sus ojos ardía un fuego distinto al del yahvista: era el brillo de la certeza política, no el de la obediencia profética.
—Así habla el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel— anunció Hananías con voz clara que cortó los murmullos del atrio—. He quebrado el yugo del rey de Babilonia.
Las palabras resonaron en el silencio súbito. Jeremías sintió cómo la esperanza se esparcía entre los presentes como aceite sobre agua. Dos años, solo dos años, y todo volvería a ser como antes, decía Hananías. Los vasos del templo restituidos, los exiliados regresando a casa. Era el mensaje que todos anhelaban escuchar.
Jeremías observó cómo Hananías se acercaba y, con gesto teatral, arrancaba las barras de madera de su yugo, rompiéndolas con estrépito sobre las piedras del pavimento.
—Así quebrantaré el yugo de Nabucodonosor— declaró el profeta de Gabaa— dentro de dos años completos.
El pueblo suspiró al unísono. Alguien comenzó a aplaudir, otros se abrazaban. Jeremías permaneció inmóvil, el yugo roto colgando inútil de sus hombros. No era enojo lo que sentía, sino una tristeza profunda, como quien ve a un niño alegrarse por un juguete que sabe se romperá en sus manos.
Se alejó en silencio, sintiendo las miradas de reproche a su espalda. Caminó por las callejuelas que bajaban hacia el barrio de los alfareros, donde el olor a arcilla húmeda le recordaba la metáfora que el Señor le había dado años atrás. Pasaron días, tal vez semanas—el tiempo en la escritura sagrada siempre tiene esa elasticidad—hasta que la palabra vino de nuevo a él.
Encontró a Hananías cerca del estanque de Siloé, rodeado de un grupo de seguidores que lo miraban con admiración.
—Escucha, Hananías— dijo Jeremías, su voz más cansada que enojada—. El Señor no te envió, y tú has hecho que este pueblo confíe en una mentira.
El silencio cayó sobre el grupo como un manto pesado. Hananías palideció ligeramente, pero mantuvo la compostura.
—Por tanto, así dice el Señor: ‘He aquí, te voy a quitar de sobre la faz de la tierra. Este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor’.
Jeremías dio media vuelta, sintiendo el peso de un nuevo yugo—esta vez invisible—sobre sus hombros. No era de madera, sino de certeza divina. Dos meses después, mientras la ciudad seguía soñando con liberación, la noticia corrió por las calles: Hananías, el profeta de la esperanza fácil, había muerto.
La gente pasó rápidamente a otros temas, a otros profetas. Pero Jeremías recordaba cada vez que sentía el dolor en sus hombros al cargar el nuevo yugo que había forjado por orden divina. No era solo hierro lo que llevaba, sino el peso de ser portador de verdades que nadie quería escuchar.




