El sol de la tarde se filtraba entre las rendijas de la madera vieja de mi ventana, dibujando franjas doradas y polvorientas sobre el suelo de piedra. Me acomodé en el taburete, sintiendo el peso de los años en mis huesos, un peso que no solo era físico. Las rodillas me dolían, como siempre, un recordatorio constante del paso del tiempo. Pero hoy el dolor era distinto, más profundo, como si se mezclara con otra cosa, con un temor que no lograba nombrar.
Afuera, el bullicio de Jerusalén era el de siempre. Voces de vendedores, el balido lejano de un cordero, el repiqueteo de los martillos en los talleres. Pero a mí me llegaba amortiguado, como a través de una cortina espesa. Mis ojos, ya no tan agudos, miraban sin ver realmente. La mente estaba en otra parte, remontándose a décadas atrás, a los brazos de mi madre.
La recuerdo con una claridad que me asombra. El olor a pan de harina de cebada que impregnaba su túnica, la seguridad de su regazo, la canción suave que tarareaba mientras me mecía. No eran simples recuerdos de infancia. Eran la base de todo. En sus brazos, ella me presentó al Señor. No con grandes discursos, sino con su fe sencilla y firme. «En ti, oh Señor, he puesto mi esperanza desde mi juventud,» susurré para mis adentros, y las palabras resonaron en el silencio de la habitación con una verdad que me estremeció. Él había sido mi roca desde antes de que yo entendiera siquiera lo que significaba la palabra. Mi fortaleza, mi castillo inexpugnable cuando el mundo era un lugar enorme y aterrador para un niño.
Un escalofrío repentino me recorrió la espalda. Porque ahora el peligro no era la oscuridad debajo de la cama, ni los golpes de los niños más grandes. Ahora era distinto. Más siniestro. Podía sentirlo en el aire, en las miradas furtivas de algunos, en los murmullos que callaban cuando yo me acercaba. Había quienes conspiraban en las sombras, susurrando que un viejo como yo ya no servía para nada, que era una carga, que mi fe era el delirio de un anciano decrépito. «No me rechaces en el tiempo de la vejez,» supliqué en voz baja, con un hilo de voz que se quebró. «No me desampares cuando mi fuerza flaquea.»
Me levanté con esfuerzo, apoyándome en el bastón de madera de olivo que había sido de mi padre. Cada paso hacia la ventana era una pequeña batalla. Me asomé y vi la ciudad, la misma que había visto caer y levantarse, que había llorado y cantado. Y de pronto, como un torrente, los recuerdos de las pruebas pasadas acudieron a mí. No habían sido pocas. Años de sequía donde la tierra se resquebrajaba bajo un sol implacable. Temporadas de enfermedad donde la fiebre nublaba la razón. Momentos de traición donde la confianza se rompía como un jarrón de barro. Pero en todos ellos, Él había estado ahí. No como un espectador distante, sino como un guerrero a mi lado. «Tú, que me has hecho ver muchas tribulaciones y angustias,» musité, «me volverás a dar vida.» La certeza de esa promesa, grabada a fuego en mi alma a través de las décadas, era más sólida que la piedra de los muros de la ciudad.
Y entonces, algo cambió dentro de mí. La autocompasión se disipó como el humo. Ya no era solo el viejo tembloroso asustado por sus enemigos. Era el testigo. El que había visto la fidelidad de Dios pintada en el lienzo de una larga vida. Un fuego débil pero persistente comenzó a arder en mi pecho. Tomé aliento, llenando mis pulmones cansados, y una alabanza empezó a brotar de mis labios. No era un canto triunfal y estridente. Era una melodía ronca, entrecortada, salpicada por la edad, pero era genuina.
«Con el salterio cantaré de tu fidelidad, Dios mío,» dije, y mi voz ganó un poco de fuerza. «Te cantaré al son del arpa, oh Santo de Israel.» Podía imaginarme tomando el laúd, con mis dedos torpes y nudosos buscando las cuerdas, y aun así, la música sonaría verdadera, porque saldría de un corazón que recordaba.
La alabanza se convirtió en proclamación. Aunque mis fuerzas físicas menguaban, mi boca tenía una tarea que cumplir. «Mi boca publicará tu justicia todo el día.» No me callaría. Contaría a las nuevas generaciones, a esos jóvenes que pasaban corriendo sin verme, sobre Su poder, sobre todas Sus maravillas. Que sepan que la fuerza no está solo en los músculos jóvenes, sino en la fe que ha sido probada por los años. Que Su justicia llega hasta lo alto, que Él es quien realiza grandes proezas y no hay ninguno como Él.
La paz, esa paz que sobrepasa todo entendimiento, comenzó a inundarme. Ya no importaban tanto las conspiraciones, ni el desprecio de los que me consideraban acabado. Yo tenía una esperanza que no se fundaba en la vigencia de mis fuerzas, sino en la constancia de Aquel que me había sostenido desde el regazo de mi madre. «Tú, que me has hecho ver muchas tribulaciones y angustias, me volverás a dar vida. De las profundidades de la tierra nuevamente me levantarás.»
El sol ya casi se había ocultado, y la habitación se llenaba de sombras azules. Me sequé una lágrima áspera que rodaba por mi mejilla arrugada. No era de tristeza, sino de un agradecimiento demasiado grande para contenerse. Aún había lamentos, sí. El cuerpo seguía siendo frágil, los enemigos no desaparecerían por arte de magia. Pero mi alma, mi verdadero yo, estaba firme. Más firme que nunca.
Me recosté en el lecho, sintiendo la aspereza de la lana sobre la piel. Las voces de la ciudad se apagaban, dando paso al canto de los grillos. Y en la quietud de la noche que avanzaba, mi último pensamiento fue una oración, un susurro de confianza que se perdía en el sueño: «No me desampares, Dios mío, hasta que haya proclamado tu poder a la generación venidera.» Mañana, si Él me daba un nuevo día, volvería a contarlo.




