Biblia Sagrada

El Altar Desarmado

El sol de la tarde caía con pesadez sobre las laderas pedregosas de Guilgal. Elías, un hombre de rostro curtido por el viento del desierto, observaba cómo su hijo pequeño, Dan, apilaba piedras junto al olivo retorcido que crecía junto a su casa. Cada piedra era áspera, irregular, como los recuerdos que atesoraban.

—Padre, ¿por qué desarmamos el altar de abuelo? —preguntó Dan con los dedos manchados de tierra.

Elías suspiró. No era fácil explicarle a un niño que todo lo que conocían estaba a punto de cambiar. Durante generaciones, su familia había ofrecido sacrificios en ese pequeño altar de piedras sin labrar, levantado por su bisabuelo cuando cruzaron el Jordán. El humo del cordero había ascendido desde ese mismo lugar cada primavera, mezclándose con el aroma del tomillo silvestre. Pero ahora, las palabras de Moisés resonaban en sus oídos como un trueno lejano.

«Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que habéis de desposeer sirvieron a sus dioses… sobre los montes altos… y debajo de todo árbol frondoso. No haréis así a Jehová vuestro Dios, sino que al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere… allí ofreceréis vuestros holocaustos».

Su esposa, Séfora, salió de la casa con un cántaro de agua. Sus movimientos eran pausados, meditados. Se detuvo junto a ellos, observando el montículo de piedras que Dan estaba desarmando.

—Parece que el niño tiene más fe que nosotros —murmuró, con una sonrisa triste.

—No es cuestión de fe, mujer —respondió Elías—. Es obediencia. El Eterno ha dicho que habrá un lugar donde su nombre more. Un solo lugar.

—Pero este altar ha sido santo para nosotros —argumentó Séfora suavemente—. Aquí tu padre nos bendijo el día de nuestra boda. Aquí consagramos a Dan cuando nació.

Elías asintió, recordando. La piedra central del altar tenía una mancha oscura donde la sangre de los corderos se había filtrado por años. Esa mancha le hablaba de continuidad, de raíces. Pero las palabras de Moisés eran claras: no debían seguir sus propias inclinaciones en cuanto al lugar de adoración. El Señor elegiría. Y hasta entonces, esperarían.

Pasaron las semanas. La familia continuó con sus labores —el rebaño de ovejas, el pequeño huerto de higueras— pero había un vacío donde antes estaba el altar. Dan preguntaba a menudo cuándo volverían a ofrecer sacrificios. Elías solo podía responder que esperaban la dirección de Dios.

Una mañana, llegaron noticias de que el tabernáculo se había establecido en Silo. Los ancianos de la tribu mandaron mensajeros anunciando que era allí donde el Señor había puesto su nombre. Elías sintió un nudo en el estómago. Silo estaba a tres días de camino, a través de colinas y valles. No sería como antes, cuando al caer la tarde podían reunirse espontáneamente alrededor del altar familiar.

Prepararon el viaje con cuidado. Seleccionaron los mejores corderos del rebaño —animales sin defecto, como mandaba la ley— y llenaron odres con el grano de la cosecha. La mañana de la partida, el rocío aún brillaba sobre las hojas de los almendros.

El camino fue arduo. Dan se cansaba y Elías lo cargaba sobre sus hombros durante largos tramos. Por las noches, acampaban bajo las estrellas y Elías contaba las historias de sus antepasados —de Abraham levantando altares donde Dios se le aparecía, de Jacob en Betel— mientras las llamas de su fogata bailaban en la oscuridad.

—Abuelo Abraham también construyó altares donde quería —observó Dan, con la perspicacia de los niños.

—Sí, hijito —respondió Elías—. Pero entonces Dios aún no había elegido un lugar específico. Ahora somos un pueblo, no familias dispersas. La unidad requiere un centro.

Al tercer día, desde lo alto de una colina, avistaron Silo. El tabernáculo se elevaba en el centro del campamento, su lona blanca brillando bajo el sol. Una multitud de israelitas de todas las tribus se movía alrededor, y el sonido de los cánticos subía como incienso.

Al acercarse, Elías notó los detalles: las tribus acampadas en orden alrededor del santuario, los levitas atendiendo los sacrificios, el humo que ascendía de manera constante. No era el altar íntimo de su aldea, pero había una solemnidad, una presencia que llenaba el espacio.

Cuando llegó su turno de acercarse con su familia, Elías presentó su cordero al sacerdote. Mientras el animal era sacrificado, sintió una punzada de nostalgia por su olivo y sus piedras familiares. Pero cuando la sangre cayó sobre el altar de bronce y las palabras de la bendición resonaron, comprendió.

No se trataba del lugar, sino de la obediencia. No era la comodidad de lo conocido, sino la santidad de lo prescrito. Al unir su voz al coro de las doce tribus, su adoración se fundía con la de todo Israel, un solo pueblo bajo un solo Dios.

En el camino de regreso, Dan caminaba con energía renovada.

—Padre —dijo—, cuando lleguemos a casa, ¿podemos construir un altar de recuerdo? No para sacrificios, solo para recordar.

Elías sonrió. No sería un altar de sacrificios —eso ahora solo pertenecía al lugar que Dios había elegido— pero quizás un montículo de piedras para contar la historia a las generaciones venideras. Para recordar que a veces la fe significa desarmar lo familiar para construir lo obediente. Y que la presencia de Dios no está confinada a un lugar, sino que habita en la fidelidad de un pueblo que camina según su palabra.

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