El sol caía como un martillo sobre el desierto, chamuscando las dunas hasta convertirlas en espejos rotos que deslumbraban a cualquiera que osara alzar la vista. La tierra misma parecía contener la respiración, agrietada y sedienta. En medio de aquel silencio abrasador, Koraj hijo de Izhar caminaba con pasos que levantaban nubecillas de polvo. No iba solo. Le seguían Datán y Abirán, hijos de Eliab, y doscientos cincuenta príncipes de la congregación, hombres de renombre. Sus rostros estaban marcados no por el sol, sino por una convicción amarga que les quemaba por dentro.
—¿Acaso no es todo el pueblo santo? —murmuró Koraj, deteniéndose frente a la tienda de Moisés—. ¿Por qué entonces os eleváis vosotros por encima de la asamblea de Yavé?
La voz no era un grito, sino un rumor profundo como el que precede al derrumbe de una montaña. Los pliegues de la tienda se movieron. Moisés salió, y con él Aarón, cuyo rostro mostraba una pesadumbre antigua. Moisés no llevaba en las manos las tablas de la ley, sino el peso de un pueblo que siempre buscaba nuevas formas de quebrantarse.
Al oír las palabras de Koraj, Moisés cayó rostro en tierra. No era un gesto teatral, sino el movimiento natural de un hombre que sabe que la tierra es el único testigo fiel. Cuando se levantó, tenía arena en la barba y los ojos.
—Mañana mostrará Yavé quién es suyo —dijo, y su voz sonó cansada, como si ya hubiera visto este momento en sus sueños—. Tomad incensarios, Koraj y todos los vuestros. Ponéis fuego en ellos y ofreceréis incienso ante Yavé. Él elegirá al que es santo.
La mañana siguiente amaneció con una claridad cruel. El campamento entero se había congregado, un mar de rostros ansiosos y temerosos. Los doscientos cincuenta hombres se alinearon con sus incensarios de bronce pulido, que relucían con una luz fría. Junto a ellos, Koraj, Datán y Abirán permanecían de pie con los brazos cruzados, desafiando no solo a Moisés sino al silencio de Dios.
Moisés y Aarón llegaron vestidos con sus ropas sencillas. No llevaban armas, solo sus varas, y una tristeza que parecía habitarles desde hacía años.
—Apartaos de las tiendas de estos hombres impíos —advirtió Moisés a la multitud—. No toquéis nada suyo, no sea que perezcáis en su pecado.
Entonces ocurrió lo que nadie podía describir después sin que le temblara la voz. La tierra bajo los pies de Koraj, Datán y Abirán comenzó a gemir. No fue un terremoto violento, sino algo peor: un suspiro profundo de la creación que se abría como una boca hambrienta. Las grietas se extendieron con una precisión aterradora, rodeando solo las tiendas de los rebeldes y a sus familias. Por un instante, todo fue silencio. Luego, la tierra se tragó a los hombres con sus tiendas y todos sus bienes. Un sonido sordo, como el de una piedra cayendo en un pozo infinito, resonó en los oídos de los presentes. Después, la tierra se cerró sobre ellos.
Un grito colectivo se elevó, pero fue ahogado por algo aún más terrible: un fuego que salió de la presencia de Yavé y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso. Sus cuerpos no ardieron como una hoguera común, sino que se desvanecieron como humo, dejando solo los incensarios de bronce tirados en el suelo, calientes y deformados.
El terror se apoderó del campamento. La gente huía en todas direcciones, tropezando con las piedras del desierto, pero al día siguiente la asamblea volvió a murmurar contra Moisés y Aarón.
—Vosotros habéis dado muerte al pueblo de Yavé —gritaban, ciegos de miedo.
Moisés vio entonces la nube cubrir el tabernáculo, y una gloria que era a la vez hermosa y terrible apareció. Yavé habló con una voz que no se oía con los oídos, pero que resonaba en los huesos:
—Apartaos de en medio de esta congregación, para que yo los consuma en un momento.
Moisés no huyó esta vez. Con movimientos urgentes, le dijo a Aarón que tomara su incensario, que pusiera fuego del altar y corriera a hacer expiación por el pueblo. Mientras la mortandad comenzaba a extenderse como una sombra, Aarón corrió entre los vivos y los muertos con el incienso que se elevaba como una oración tangible. Se puso en medio, y la plaga se detuvo frente a él, como una ola que choca contra un acantilado. Pero ya habían muerto catorce mil setecientas personas, además de los que perecieron por el asunto de Koraj.
Después del silencio que siguió, Yavé dio una orden a Moisés: que se recogieran los incensarios de los hombres quemados, que se hicieran láminas para cubrir el altar, como recordatorio perpetuo de que nadie que no fuera de la descendencia de Aarón podía acercarse a ofrecer incienso.
Al caer la tarde, Moisés vio cómo los artesanos martillaban el bronce de aquellos incensarios. Cada golpe sonaba como un latido doloroso. El desierto seguía ahí, inmutable, testigo de cómo la santidad no es un derecho, sino un don que quema a quienes se acercan con manos impuras. Y en el aire quedaba flotando, como el aroma del incienso que se había vuelto humo, la pregunta que nadie se atrevía a formular: ¿quién puede estar de pie ante el Santo sin ser consumido?




