Biblia Sagrada

El Legado de Adán

El sol se filtraba entre los altos cipreses cuando Adán, ya anciano de muchos días, sintió el peso del tiempo en sus huesos. La tierra olía a lluvia reciente y a humedad de raíces profundas. Su nieto Enós, un muchacho de ojos curiosos, se sentó a sus pies sobre la hierba húmeda.

—Abuelo, cuéntame otra vez —susurró el niño, tocando las arrugas profundas que surcaban las manos de Adán.

El viejo respiró hondo. El aire llevaba el perfume del edén perdido, un aroma que solo él podía reconocer.

—Tu bisabuelo Set —comenzó Adán, con esa voz que parecía venir del fondo de los siglos— nació cuando yo ya llevaba ciento treinta años caminando sobre esta tierra. Después de la muerte de Abel… después de que Caín se marchara… Set fue como un rocío fresco sobre la hierba marchita.

Adán miró hacia el horizonte, donde las montañas se teñían de púrpura. Recordaba el día en que Eva le puso ese nombre que significaba «compensación». Como si Dios mismo hubiera querido darles un consuelo tangible después de tanto dolor.

Los años pasaron como hojas arrastradas por el viento. Set creció fuerte y sabio, y cuando cumplió ciento cinco años, nació su hijo Enós. Fue en esos días cuando los hombres comenzaron a invocar el nombre de Yahvé con mayor fervor, como si supieran que el mundo se alejaba cada vez más de su origen divino.

Enós tuvo un hijo llamado Cainán, y Cainán a Mahalaleel. Las generaciones se sucedían como las estaciones, pero cada una llevaba en sus venas la semilla de aquel primer pecado. Mahalaleel, hombre de carácter sereno, solía sentarse junto a los arroyos a meditar en la brevedad de la vida, aunque viviera siglos enteros.

—Nuestros días son como sombras —le decía a su hijo Jared—, aunque duren novecientos años.

Jared nació cuando Mahalaleel tenía sesenta y cinco años. Fue un niño contemplativo, que prefería observar las estrellas antes que cazar o labrar la tierra. De él nació Enoc, el hombre que caminaría con Dios de una manera distinta a todos los anteriores.

Enoc era diferente desde su juventud. Mientras otros se preocupaban por construir ciudades y acumular riquezas, él pasaba las mañanas en colinas solitarias, hablando con el Cielo como quien conversa con un amigo. A los sesenta y cinco años nació su hijo Matusalén, y fue entonces cuando algo cambió en su espíritu. Comenzó a proclamar mensajes que ponían nerviosos a los poderosos.

—¡El Señor viene con sus santas miríadas! —gritaba en las plazas, con los ojos brillantes como carbones encendidos.

La gente se burlaba de él. ¿Acaso no vivían todos cientos de años? ¿Qué prisa había? Pero Enoc insistía, hablando de juicio y de santidad mientras el mundo se volvía más violento y corrupto.

Y entonces, un atardecer de otoño, ocurrió lo extraordinario. Enoc caminaba por un sendero montañoso con su hijo Matusalén, hablando de las promesas de Dios. De repente, una luz dorada lo envolvió. Matusalén, cegado momentáneamente, solo pudo ver cómo la figura de su padre se desvanecía entre destellos celestiales.

—Dios se lo llevó —susurró Matusalén después, con lágrimas en los ojos—. Caminaba con él, y ya no estuvo más.

La noticia corrió como fuego por los valles. Algunos decían que Enoc había sido el primer hombre en vencer la muerte. Otros murmuraban que era una señal de que el Creador aún miraba con favor a algunos en medio de la creciente maldad.

Matusalén, ahora patriarca, vivió más que cualquier otro hombre. Novecientos sesenta y nueve años llevaba sobre la tierra, y en sus últimos días, su nieto Noé solía sentarse junto a su lecho.

—El mundo se ha llenado de violencia —murmuraba el anciano Matusalén, agarrando con fuerza la mano de Noé—. Pero recuerda, hijo mío: el mismo Dios que se llevó a Enoc sigue viendo la justicia en los corazones.

Noé asentía en silencio. En sus ojos jóvenes brillaba una chispa de fe que pronto sería probada en las aguas del diluvio. Afuera, la lluvia comenzaba a caer, lavando la tierra que pronto daría vuelta a otra página en la larga historia de la redención.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *