En aquellos días, cuando la fe de los creyentes era probada como oro en el crisol, la palabra del Señor resonaba en los corazones de los fieles con claridad meridiana. La comunidad de los santos, peregrina en esta tierra, caminaba entre sombras y luces, sostenida por la esperanza que no defrauda.
En la ciudad de Antioquía, donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos, se reunía una congregación fiel que brillaba como antorcha en la noche. El anciano obispo Teófilo, cuyo rostro mostraba las arrugas de décadas de servicio, se levantó un día de reposo para dirigir a los hermanos. Sus manos temblorosas sostenían el pergamino mientras su voz, aunque quebrada por los años, retumbaba con la autoridad de quien había caminado con los apóstoles.
«Hermanos amados», comenzó, «perseveremos en el amor fraternal sin fingimiento. Que vuestros hogares estén siempre abiertos para el extranjero, pues algunos, practicando la hospitalidad, han hospedado ángeles sin saberlo». La congregación escuchaba en silencio reverente, mientras el sol de la mañana filtraba su luz dorada a través de las ventanas del sencillo lugar de reunión.
Entre los oyentes se encontraba Marcos, un joven médico griego recién convertido, quien recordó cómo la semana anterior había dado posada a un viajero maltrecho que resultó ser un misionero perseguido. Al lavar sus heridas, había comprendido el significado profundo de aquel mandamiento.
El anciano continuó: «Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos; de los maltratados, como si también vosotros mismos estuvierais en el cuerpo». Al decir esto, sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar a los hermanos encarcelados en Roma, algunos de los cuales habían sido sus compañeros de ministerio. La congregación empezó a preparar cestas con alimentos y ropas para enviar a los cautivos, mientras cantaban salmos en voz baja.
Una mujer llamada Lidia, viuda de un comerciante, se levantó para testimoniar: «El matrimonio sea honroso entre todos, y el lecho sin mancilla». Contó cómo, tras quedar viuda, había rechazado propuestas deshonrosas, confiando en que Dios supliría sus necesidades. La congregación la rodeó, prometiéndole su apoyo y compañía.
El obispo prosiguió con solemnidad: «Vuestras costumbres sean sin avaricia, contentos con lo que tenéis». Y fue entonces cuando el panadero Demetrio, conocido por su ambición, cayó de rodillas arrepentido, confesando cómo había estado usando medidas falsas. La comunidad lo abrazó, restaurándolo con amor y cantando: «El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre».
«Acordaos de vuestros pastores», exhortó Teófilo, «que os hablaron la palabra de Dios». La congregación comenzó a recoger una ofrenda especial para los ancianos que habían fundado la iglesia, algunos ya muy ancianos y enfermos. Los niños llevaron frutas de sus huertos, las mujeres tejieron mantas para el invierno, y los hombres aportaron monedas para el sustento de estos siervos fieles.
La reunión culminó cuando el obispo, con voz que parecía transportarse más allá del velo, declaró: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos». Un silencio sobrecogedor llenó el lugar, como si el mismo cielo se hubiera abierto. Todos sintieron la presencia eterna del Cordero inmolado que vive para siempre.
Al terminar, la comunidad salió transformada. Marcos decidió visitar semanalmente las prisiones, Lidia abrió su casa para enseñar a las jóvenes casaderas, y Demetrio horneó pan extra para los necesitados. Por las calles de Antioquía se veía el reflejo de aquella fe práctica que adorna el evangelio.
Y así, mediante obras de justicia y misericordia, aquella iglesia demostró ser columna y baluarte de la verdad, esperando la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Porque nuestro Dios no se complace en sacrificios rituales, sino en ofrendas de alabanza que brotan de labios que confiesan su nombre, haciendo el bien y compartiendo con otros, porque de tales sacrificios se agrada Dios.




