Había un hombre llamado Elí, quien vivía en los confines de Jerusalén durante los días del rey Salomón. Este hombre, avanzado en años y de cabellos plateados como la luna llena sobre el monte Sion, meditaba día y noche en las palabras del Predicador.
Una tarde calurosa, mientras el sol descendía como un carbón encendido sobre el valle de Cedrón, Elí se sentó en el umbral de su casa de piedra. Su nieto pequeño, de nombre Natán, se acercó curioso al ver la profunda tristeza en los ojos del anciano.
«Abuelo, ¿por qué suspiras tan hondo?» preguntó el niño, tocando suavemente la túnica desgastada del viejo.
Elí tomó al niño en sus regazos y comenzó a hablar con voz grave como el sonido del shofar en Yom Kippur: «Escucha, hijo mío, las palabras del Sabio. Mejor es la buena fama que el ungüento precioso, y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento.»
El anciano señaló hacia el camino polvoriento donde pasaba una procesión fúnebre. «Mira, Natán, esos dolientes que llevan a su ser querido a la tumba. Hoy comprenden la brevedad de la vida, meditan en la eternidad. Mientras que en las fiestas de nacimiento solo hay risas vanas que pronto se desvanecen como el rocío matutino en el desierto de Judea.»
Los ojos del niño se abrieron ampliamente cuando Elí continuó: «Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque en el luto el corazón del sabio se purifica. Allí, entre lágrimas amargas como las aguas del Mar Muerto, los hombres recuerdan que todos hemos de morir, y los vivientes ponen esto en su corazón.»
Al caer la noche, las sombras se alargaban como mantos púrpura sobre las colinas. Elí llevó al niño al interior de la casa donde ardía una lámpara de aceite. «La tristeza del rostro alegra el corazón, hijo mío. El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los necios en la casa del placer.»
«Abuelo, ¿por qué los sabios prefieren la tristeza?» preguntó Natán con inocencia.
Elí acarició la cabeza del niño. «No es que prefieran la tristeza, pequeño, sino que reconocen que los reproches del sabio son mejor que los cantos de los necios. Porque como crepitar de espinos debajo de una olla, así es la risa del necio. También esto es vanidad.»
La lámpara proyectaba sombras danzantes en las paredes de piedra mientras Elí explicaba: «La opresión hace enloquecer al sabio, y el soborno corrompe el corazón. Mejor es el fin de las cosas que su principio, y mejor es la paciencia que la altivez del espíritu.»
El anciano se levantó y caminó lentamente hacia la ventana. «No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo reposa en el seno de los necios. Nunca digas: ‘¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?’ porque no es sabio preguntar así.»
Las estrellas comenzaban a aparecer como centinelas celestiales cuando Elí concluyó su enseñanza: «Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que teme a Dios saldrá bien en todo. La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad. Ciertamente, no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque.»
Elí abrazó al niño y susurró: «Tampoco prestes atención a todo lo que se habla, para que no oigas a tu siervo maldecirte; porque tu corazón sabe que tú también has maldecido a otros muchas veces.»
Natán, con los ojos pesados por el sueño, murmuró: «Abuelo, ahora entiendo por qué meditas tanto.»
Elí sonrió por primera vez esa noche. «He probado todo esto con sabiduría. Dije: ‘Seré sabio’, pero la sabiduría se alejó de mí. Lejos está lo que fue, y profundamente profundo, ¿quién lo hallará?»
Mientras arrullaba al niño para dormir, el anciano murmuró las últimas palabras del capítulo: «He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso. He aquí, esto he hallado, dice el Predicador, pesando las cosas una por una para hallar la razón.»
La luna plateada iluminaba el rostro dormido del niño, y Elí comprendió que aunque la sabiduría era difícil de alcanzar y la vida llena de vanidades, enseñar estas verdades a las nuevas generaciones daba sentido a su existencia bajo el sol.




