Biblia Sagrada

La Herencia de Efraín y Manasés en Canaán

**La Herencia de los Hijos de José: Efraín y Manasés**

El sol comenzaba a elevarse sobre las colinas de Canaán, bañando la tierra prometida con una cálida luz dorada. Después de años de peregrinar por el desierto y de batallas bajo el liderazgo de Josué, los israelitas por fin estaban tomando posesión de sus heredades. Entre las tribus, los hijos de José—Efraín y Manasés—recibieron su porción, tal como el patriarca Jacob lo había profetizado mucho tiempo atrás.

La tierra asignada a los descendientes de José se extendía desde el Jordán, cerca de Jericó, hacia el este, hasta las aguas de Bet-el. Desde allí, el límite continuaba hacia Luz, pasando por el territorio de los arquitas hasta Atarot. Luego descendía hacia el oeste, hacia la tierra de los jafletitas, hasta Bet-horón de abajo y Gezer, terminando en el mar Mediterráneo. Era una tierra fértil, llena de valles cubiertos de trigo y olivares, colinas donde pastaban los rebaños, y arroyos que serpenteaban entre las rocas.

Sin embargo, a pesar de la abundancia de la tierra, los efrainitas y los manasitas no expulsaron por completo a los cananeos que habitaban en Gezer. Estos pueblos, con sus costumbres paganas y sus dioses falsos, permanecieron entre los israelitas, convirtiéndose en una espina clavada en su costado. Con el tiempo, su presencia sería una tentación constante, llevando a algunos a apartarse del Señor.

Mientras los líderes de Efraín y Manasés inspeccionaban sus nuevos territorios, un anciano de la tribu recordó las palabras de Moisés antes de cruzar el Jordán: *»El Señor vuestro Dios os lleva a una tierra buena, tierra de arroyos, de fuentes y de manantiales que brotan en valles y colinas; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel.»* (Deuteronomio 8:7-8). Y así era. La tierra fluía leche y miel, pero requería fidelidad.

Aunque los límites estaban claramente trazados, algunos clanes de Efraín sintieron que su porción era demasiado pequeña para su gran número. Se acercaron a Josué, diciendo: *»¿Por qué nos has dado solo una parte como heredad, siendo nosotros un pueblo numeroso, ya que el Señor nos ha bendecido hasta ahora?»*

Josué, con sabiduría divina, les respondió: *»Si sois un pueblo tan numeroso, subid al bosque y limpiad terreno para vosotros en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, pues la región montañosa de Efraín es demasiado estrecha para vosotros.»*

Los efrainitas, aunque valientes, dudaron. *»La región montañosa no será suficiente para nosotros—protestaron—, y todos los cananeos que habitan en el valle tienen carros de hierro, tanto los de Bet-seán como los del valle de Jezreel.»*

Pero Josué, firme en su fe, les recordó: *»No temáis a los carros de hierro, porque el Señor, vuestro Dios, está con vosotros. ¿No os ha dado ya victorias mayores? Subid, pues, y tomad posesión de la tierra que Él os ha prometido.»*

Con estas palabras, los hijos de José se dispusieron a conquistar lo que aún les faltaba. Algunos avanzaron con valentía, confiando en el poder del Señor, mientras que otros, por miedo o comodidad, permitieron que los cananeos permanecieran.

Así, la tribu de Efraín y la media tribu de Manasés recibieron su heredad, una tierra rica y abundante, pero también una prueba de su obediencia. La fidelidad al Señor determinaría si vivirían en paz o en conflicto, en bendición o en disciplina.

Y así, bajo el cielo de Canaán, la historia de Israel continuaba, escrita no solo con límites geográficos, sino con decisiones de fe.

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