La mañana había amanecido fría y húmeda sobre el campamento israelita. Una neblina baja se aferraba a la tierra, mezclándose con el humo de los últimos rescoldos de las fogatas. Josué había pasado la noche en vela, no por inquietud, sino por una certeza profunda que le hacía reposar en un silencio expectante. Se puso en pie, sintiendo el peso del manto sobre sus hombros, un peso ligero comparado con el que llevaba dentro: el de guiar a todo un pueblo a través de un río desbordado y hacia una tierra prometida que solo había visto de lejos, hacía ya tantos años.
A lo lejos, más allá del perímetro de tiendas de piel de cabra, se oía el rumor constante, un rugido sordo y poderoso. El Jordán. En esta época de la cosecha, los deshielos del norte lo hinchaban hasta hacerlo desbordar sus riberas, transformándolo en una barrera marrón y embravecida, ancha y traicionera. No era el Mar Rojo, pero para la gente que lo miraba con aprensión desde la llanura de Sitim, bien podía serlo.
Josué llamó a los oficiales del pueblo. Sus palabras no fueron un discurso florido, sino las instrucciones precisas de un pastor que conoce el terreno. «Recorred el campamento y decid al pueblo: Santificaos, porque mañana Jehová hará maravillas entre vosotros». La orden se propagó de tienda en tienda, un susurro que llevaba consigo una carga eléctrica de esperanza y temor reverente. La santificación no era un ritual vacío; era el acto tangible de preparar el corazón, de lavar las ropas, de apartar la mirada de lo cotidiano para fijarla en lo divino. Se vio a hombres y mujeres sumergiendo sus vestidos en tinajas, a familias en silencio, comiendo una comida sencilla, los ojos de los niños brillando con la curiosidad de lo que «mañana» podría traer.
Luego, Josué dio la segunda orden, la que marcaría el movimiento de aquel día. «Cuando veáis el arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y los sacerdotes levitas que la llevan, vosotros saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella». El Arca. Aquel cofre de madera de acacia recubierto de oro, con los querubines cuyas alas se tocaban. No era un talismán, sino el trono visible del Dios invisible. Su sola mención hizo que un escalofrío colectivo recorriera el campamento. La distancia que debían guardar —unos dos mil codos, la medida de un respeto sagrado— era física, pero también espiritual. Les enseñaba a seguir a Dios, no a adelantarse a Él.
El sol comenzaba a quemar la neblina cuando los sacerdotes, con paso firme y rostros serios, se colocaron bajo las varas que cruzaban los anillos del Arca. La levantaron sobre sus hombros. Un silencio sepulcal cayó sobre la multitud, roto solo por el distante rugido del río y el crujido de la arena bajo los pies de los levitas. Josué, de pie ante el pueblo, alzó la voz una vez más. «Acercaos y escuchad las palabras de Jehová vuestro Dios. En esto conoceréis que el Dios vivo está en medio de vosotros». Sus palabras cortaban el aire fresco de la mañana. «He aquí, el arca del pacto del Señor de toda la tierra pasará delante de vosotros al Jordán».
Era una locura. Un acto de fe pura. Cruzar un río crecido siguiendo a unos hombres que llevaban un cofre sagrado. Pero la alternativa —quedarse atrás, volver atrás— era una muerte más lenta. Así que, cuando los sacerdotes comenzaron a caminar, lentamente, con el peso sagrado balanceándose rítmicamente, el pueblo se puso en movimiento. Una marea humana de rostros curtidos por el desierto, de pies polvorientos, de ojos fijos en ese punto de oro que se alejaba hacia la barrera de agua.
La procesión avanzó por la llanura, y el rugido del Jordán se hizo más intenso, un trueno constante. El olor a agua fresca, a tierra mojada y a vegetación ribereña llegaba con fuerza. Por fin, llegaron a la orilla. Las aguas, turbias y rápidas, arrastraban ramas y espuma. El camino terminaba aquí. O así parecía.
Los sacerdotes no vacilaron. Con una fe que parecía tallada en piedra, dieron un paso. Luego otro. Sus pies, calzados con sandalias simples, se hundieron en el limo de la orilla. Y entonces, con el siguiente paso, pisaron la superficie del agua.
No hubo un estruendo dramático, ni un rayo partiendo el cielo. La maravilla fue silenciosa, inexorable, como si una mano gigantesca e invisible hubiera puesto un tapón río arriba. El rugido comenzó a menguar, a convertirse en un gruñido, luego en un murmullo. Las aguas, que bajaban con fuerza desde los altos de Adam, una ciudad lejana, se detuvieron. Simplemente, se quedaron quietas, amontonándose en un gran muro lejano, reluciente bajo el sol de la mañana. Y el cauce, aguas abajo, siguió corriendo hacia el Mar Salado, vaciándose, dejando al descubierto el lecho del río.
No era un lecho de arena suave. Era un camino de lodo espeso, piedras resbaladizas, raíces al descubierto y charcos residuales. Pero era seco. Firme. Los sacerdotes, con el Arca a hombros, se adentraron en ese corredor impensable, avanzando hacia el centro del cauce y deteniéndose allí, inmóviles, como columnas vivientes entre dos murallas de agua retenida.
Josué no gritó de triunfo. Respiró hondo, el aire cargado ahora de un asombro palpable. «Pasad —dijo, su voz más serena de lo que él mismo esperaba—. Pasad y tomad posesión de la tierra que Jehová vuestro Dios os da».
Y el pueblo pasó. No fue una carrera desordenada, sino una travesía solemne, apresurada sí, pero llena de una reverencia profunda. Los pies de miles y miles de personas pisaron el barro del Jordán. Los carromatos chirriaron, los animales resoplaron, los niños fueron llevados en brazos, sus cabezas girando para mirar las columnas de agua quieta a ambos lados. Algunos, al pasar cerca de donde los sacerdotes sostenían el Arca, no podían evitar tocarse el pecho, un gesto instintivo. Otros caminaban con lágrimas silenciosas surcando sus mejillas, recordando las historias de sus padres sobre otro cruce milagroso, guiado por otro profeta, en otro tiempo. Era como si la promesa de Dios tuviera una consistencia física bajo sus pies, fangosa y real.
Josué permaneció cerca de la orilla oriental hasta que los últimos rezagados comenzaron a cruzar. Su mirada recorrió el espectáculo: el río partido, el pueblo fluyendo como un solo hombre, los sacerdotes como un altar vivo en medio del milagro. No había palabras para eso. Solo la certeza de que el Dios que había hablado a Moisés en la zarpa ahora actuaba para él, para ellos. No era su valor lo que había detenido las aguas, sino la fidelidad de Aquel que había hecho la promesa.
Cuando el último israelita hubo pisado la orilla occidental, la tierra de Canaán, Josué dio una señal. Los sacerdotes, con músculos doloridos pero espíritus elevados, avanzaron lentamente hacia la nueva orilla. Sus pies, cubiertos del lodo del milagro, tocaron la tierra prometida. Y en ese instante, como si se hubiera liberado un suspiro contenido durante horas, las aguas acumuladas río arriba se dejaron caer. Regresaron con una fuerza majestuosa y terrible, llenando el cauce de nuevo, arrastrando todo a su paso, restableciendo la frontera natural. El rugido regresó, pero ahora era el sonido de un capítulo cerrado. El desierto había quedado atrás.
La gente, apiñada en la nueva orilla, miraba el río fluir nuevamente, inaccesible y normal. Un silencio los envolvía, más elocuente que cualquier cántico. No hacía falta decir nada. Lo habían visto. Lo habían vivido. Y en el lecho seco de sus dudas, ahora crecía, tan tangible como el barro en sus sandalias, la fe en que el Dios vivo estaba, en verdad, en medio de ellos. Josué se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Mañana habría que circuncidar al pueblo, celebrar la Pascua, enfrentar murallas y gigantes. Pero hoy, solo hoy, bastaba con respirar el aire de Canaán y recordar el sonido del agua deteniéndose.




