La memoria es un río oscuro. A veces, trae a la superficie fragmentos de luz, pedazos de un todo que la mente mortal no puede contener de una sola vez. Yo, Juan, un anciano encorvado por el sol y el salitre de Patmos, a menudo me sorprendo sentado en la quietud, no recordando, sino *viendo* de nuevo. Y hay una visión que pesa más que las otras, una que, cuando viene, me deja sin aliento, como si el aire mismo se hubiera vuelto demasiado puro para estos pulmones acostumbrados al polvo.
Fue el día en que la voz, aquella que sonaba como trompeta y como el trueno de muchas aguas, me dijo: «Sube acá». No fue un viaje del cuerpo. Fue un desprenderse, un ser arrancado de la pesadez de la roca y la carne. No hubo túnel de luz, ni alas, sino un simple cambio de estado, como cuando el sueño vence a la vigilia, sólo que aquí la vigilia que ganaba era más real que todo lo que había tocado antes.
Y entonces, allí estaba.
No ante una puerta, ni en el umbral de un gran palacio, sino simplemente *presente*. El primer impacto no fue de formas, sino de atmósfera. Un aire que era a la vez quietud absoluta y energía vibrante, como la calma en el centro de una tormenta que todo lo abarca. Y luego, la luz. No venía de una lámpara ni del sol. Emanaba del centro mismo de la realidad que se abría ante mí, una luz viva, que no cegaba, sino que revelaba, como si hasta ese momento hubiera estado viendo el mundo a través de un velo espeso.
Allí, en el corazón de todo, estaba el Trono.
Intentar describirlo es como intentar contener el mar en el hueco de la mano. No era de oro, ni de marfil, aunque en su esencia contenía la idea de toda preciosidad. Era una presencia fija, el eje inmóvil alrededor del cual gira toda creación. De él y a través de él procedía un resplandor que tenía la calidez del ámbar y la pureza glacial de la esmeralda. Un arco iris, completo, perfecto, lo circundaba. No era un fragmento pálido en el cielo después de la lluvia, sino la plenitud del pacto hecho visible, un anillo de fidelidad que nunca se rompe.
Y en el Trono, Alguien estaba sentado.
La forma era inaprensible para mis ojos, una silueta de gloria condensada. Podía discernir, no con la vista, sino con el espíritu, la semblanza de una figura, pero los detalles se perdían en el fulgor. Vestiduras que fluían como ríos de luz, cabellos como la lana más blanca, pero no por edad, sino por pureza antigua. Era una presencia que inspiraba un temor que no aplasta, sino que eleva; un terror sagrado que, en lugar de hacer retroceder, atraía, porque en su núcleo palpitaba un amor tan vasto que el universo era sólo un suspiro en su pecho.
Alrededor del Trono, otros veinticuatro tronos, más pequeños, dispuestos en un círculo reverente. En ellos, sentados, estaban los ancianos. Vestían túnicas de lino blanco, inmaculadas, y sobre sus cabezas llevaban coronas de oro. Sus rostros eran sabios, serenos, y en sus ojos habitaba la paz de quienes han visto el final de la lucha y conocen su significado. No me miraron a mí; todas sus miradas, toda su atención, estaban fijas en el centro, en la fuente de la luz. Eran reyes, sí, pero reyes que habían depuesto sus cetros a los pies de Uno mayor.
Después vinieron los relámpagos y las voces, y el trueno. No como amenaza, sino como eco, como la respuesta natural de la creación a la proximidad de su Creador. Eran los acordes graves de una sinfonía demasiado grande para ser escuchada completa.
Y entonces los vi a ellos. Los Seres Vivientes.
No estaban *junto* al Trono; parecían emerger de él, ser parte de su misma esencia protectora y proclamadora. Eran cuatro, y su aspecto desbordaba toda comparación terrenal. El primero, parecido a un león, pero no una bestia salvaje; su fuerza era una fuerza consagrada, majestuosa, la dignidad misma del poder puesto al servicio. El segundo, semejante a un becerro, o quizás a un buey. En él se encarnaba una paciencia prodigiosa, la fortaleza del que sirve y carga sin quejarse, una resistencia que es en sí misma una forma de adoración. El tercero tenía rostro de hombre. Era la inteligencia, la empatía, la conciencia misma, elevada a su máxima expresión, mirando con una comprensión tan profunda que parecía abarcar todas las historias, todos los corazones. El cuarto era como un águila volando. Agudeza, perspectiva, la mirada que ve desde las alturas, que atraviesa las distancias y el tiempo, siempre en ascenso, siempre buscando la fuente.
Cada uno de ellos tenía seis alas. No eran simples apéndices para volar. Con dos se cubrían el rostro, no por miedo, sino por una reverencia infinita ante la santidad insondable. Con dos se cubrían los pies, o lo que fuera la base de su ser, un gesto de ocultamiento humilde, reconociendo que incluso su gloria era prestada. Y con dos volaban. Un vuelo constante, incansable, pero no para ir a ninguna parte, porque ya estaban en el centro. Volaban en adoración, su movimiento era su cántico.
Y no callaban. Día y noche, sin cesar, sus voces llenaban el espacio alrededor del Trono con una palabra, un ritmo, una verdad que era el latido del cielo:
«Santo, santo, santo
es el Señor Dios Todopoderoso,
el que era, el que es y el que ha de venir.»
Cada «santo» resonaba con un tono distinto, como si exploraran una dimensión diferente de la pureza absoluta. Sus voces no eran monótonas; a veces eran un clamor poderoso que hacía vibrar el aire; otras, un susurro profundo que parecía surgir de la misma estructura de la realidad. Y cada vez que lo proclamaban, algo sucedía.
Los veinticuatro ancianos, aquellos reyes coronados, se postraban. No era una inclinación protocolaria, sino un derrumbarse total, un reconocimiento físico de una supremacía incontestable. Y ante el acto de postrarse, las coronas se deslizaban de sus cabezas. Las tomaban, esas coronas que representaban toda autoridad, todo triunfo, toda victoria que habían alcanzado, y las arrojaban hacia el espacio frente al Trono. No caían al suelo. Flotaban, giraban lentamente, como ofrendas aceptadas, antes de disolverse en la luz que emanaba del centro. Era un gesto eternamente repetido: la proclamación de la santidad provocaba la rendición de toda gloria humana. Y ellos, al despojarse, no parecían empobrecidos, sino más completos, más libres.
Y entonces cantaban. Su canto no era como el de los Vivientes. Era un canto de respuesta, de testimonio. Una melodía que hablaba de valor, de entrega, de un precio pagado.
«Digno eres, Señor y Dios nuestro,
de recibir la gloria, la honra y el poder,
porque tú creaste todas las cosas;
por tu voluntad existen y fueron creadas.»
Mientras lo cantaban, el arco iris alrededor del Trono parecía brillar con más intensidad, y los relámpagos jugueteaban en silencio, como asintiendo. Los Seres Vivientes, en ese momento, decían «Amén», y la palabra era como una piedra preciosa que sellaba la verdad del canto.
Allí permanecí, no sé cuánto tiempo. El tiempo, tal como lo conozco, no corría en ese lugar. Era un presente eterno, un ahora expansivo que contenía todos los ayeres y todos los mañanas. Respiré una atmósfera de adoración pura, donde cada movimiento, cada sonido, cada latido, era parte de una sinfonía dirigida al único ser en el universo que es, por derecho propio, el centro de todo.
La visión se desvaneció, no como un sueño que se olvida, sino como un sol demasiado brillante que se aparta de la vista directa, dejando su imagen grabada en el interior de los párpados. Volví a la roca áspera de Patmos, al olor del mar, al peso de mis años. Pero nada volvió a ser igual. Porque ahora, cuando miro el cielo azul o el mar inquieto, cuando siento el viento o escucho el canto de un pájaro al amanecer, percibo el eco lejano de aquel «Santo, santo, santo». Y sé, en lo más profundo de este hueso viejo y cansado, que en el centro de todo, hay un Trono. Y que todo, absolutamente todo, está bien.




