El sol de media tarde caía a plomo sobre la tierra agrietada. Eleazar apoyó la espalda contra el tronco rugoso de la higuera, sintiendo el peso de sus ochenta años en cada hueso. Desde allí, en la loma, veía su pequeño huerto de olivos, las hojas grises y polvorientas, los frutos escasos y mustios. La sequía había sido larga, como un juicio silencioso del cielo.
No era la primera. Recordaba, siendo apenas un muchacho, otra sequía parecida. Su abuelo, hombre de pocas palabras y fe antigua, lo había llevado a este mismo lugar. Con un palo señaló la tierra reseca. “La tierra,” dijo con voz grave, “que bebe la lluvia que cae muchas veces sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios.” Eleazar, con la impaciencia de la juventud, solo había pensado en el hambre que retorcía su estómago. Ahora, décadas después, aquellas palabras regresaban a él no como un proverbio lejano, sino como una verdad honda, arraigada en las raíces de su propia vida.
Un ruido suave lo sacó de su ensoñación. Era Dan, su nieto, quien se sentó a su lado sin decir palabra, siguiendo la mirada del anciano hacia el valle seco. Dan tenía la fe inquieta, llena de preguntas como un cántaro con grietas. Había estado en Éfeso, había escuchado a varios maestros, y últimamente su entusiasmo por el Camino flaqueaba. Hablaba de filosofías griegas, de misterios orientales, como si lo que habían recibido fuera un simple primer escalón, algo para niños.
“Abuelo,” comenzó Dan, arrancando una brizna de hierba muerta. “A veces siento que estamos siempre en lo mismo. Los mismos salmos, las mismas advertencias, la misma espera. Como si nunca pasáramos de ser infantes, mamando leche cuando ya deberíamos estar comiendo carne sólida.”
Eleazar cerró los ojos por un momento. La palabra “leche” le trajo el recuerdo amargo de algunos que habían partido de la comunidad años atrás. Hombres y mujeres que habían gustado del don celestial, que habían sido partícipes del Espíritu Santo, que habían paladeado la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero. Los recordaba brillantes, llenos de fervor. Pero cuando vino la persecución, no la del imperio, sino la lenta y sofocante persecución de la duda, del desencanto, de la comodidad perdida, cayeron. Y no simplemente se alejaron; renegaron. Crucificaron de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y lo expusieron a vituperio. Aquello no había sido un simple tropiezo. Fue como arar sal en un campo que una vez dio trigo. La imagen, heredada de los profetas y que ahora resonaba en su corazón con la fuerza de una sentencia, le dolía.
“Dan,” dijo Eleazar, y su voz sonó como el crujir de la tierra. “No estás hablando de progresar. Estás hablando de abandonar el cimiento para correr detrás de espejismos.” Señaló hacia el pozo, al borde del huerto. Su brocal era de piedra gastada por generaciones de cuerdas. “Ese pozo nos ha dado agua por cien años. Es profundo. Su agua es fresca, incluso en esta sequía. Tú hablas de buscar nuevos manantiales, pero ¿has agotado éste? ¿Has bajado hasta el fondo?”
Hizo una pausa, dejando que el silencio y el calor hicieran su trabajo. “Lo que tú llamas ‘leche’ es el fundamento: el arrepentimiento de obras muertas, la fe en Dios, la enseñanza sobre bautismos, la imposición de manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno. Son el brocal del pozo, Dan. Sin él, te caes dentro. Dios permitiendo, iremos más allá. Pero no se construye la casa por el tejado.”
Dan bajó la cabeza, jugueteando con la brizna de hierba. “Y si uno… retrocede. ¿Hay vuelta atrás?”
La pregunta flotó en el aire caliente como un humo espeso. Eleazar sintió un nudo en la garganta. No era una cuestión teórica para él. Había visto la tierra imposible de aquellos que apostataron. No era que Dios fuera injusto; era que ellos mismos se habían vuelto como ese terreno a la orilla del camino, que recibe la lluvia pero solo produce abrojos y espinas. Su rechazo final había esterilizado su propia alma. Renovarles otra vez para arrepentimiento era imposible, porque ellos, con pleno conocimiento, habían despreciado la única fuente de renovación. No era una condena lanzada desde el cielo; era la consecuencia natural de pisar la semilla hasta hacerla polvo.
“Hijo,” murmuró, y la palabra sonó cargada de una tristeza inmensa. “Hay una línea que el corazón cruce cuando, en lugar de clamar ‘Señor, ten misericordia’, empieza a decir ‘no fue nada, no valía la pena’. Esa línea no la dibuja Dios. La dibuja el hombre, día a día, con sus dudas cultivadas como un jardín venenoso.”
Se levantó con esfuerzo, los huesos protestando. “Pero esa no es tu historia. Aún no.” Tomó del brazo a su nieto y lo guió hacia los olivos. Se detuvo frente a uno especialmente viejo, cuyo tronco retorcido parecía muerto, pero en una de sus ramas más altas había un brote tierno y verde. “Nosotros, Dan, no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma. Dios no es injusto para olvidar tu trabajo y el amor que has mostrado hacia su nombre. Él ve esta sequía. Él ve la tierra sedienta.”
Agachándose, con dedos temblorosos pero firmes, Eleazar tomó un puñado de tierra seca y la dejó caer. “La bendición está al final de la perseverancia. Como le dijo el Altísimo a Abraham, después que éste hubo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. No fue rápido. Fue un camino largo y seco, como este.”
Dan observó el brote verde en el olivo viejo. Luego miró las manos de su abuelo, surcadas como la tierra que trabajaban. Algo se asentó en su mirada, una turbulencia que cedía paso a una reflexión más quieta.
“Entonces, ¿seguimos regando?” preguntó, su voz más suave.
“Seguimos regando,” afirmó Eleazar. “Porque la lluvia llegará. Y esta tierra, que bebe la lluvia, producirá hierba provechosa. Lo ha hecho antes. Lo hará otra vez. No es una esperanza de niño. Es la certeza de un anciano que ha visto cumplirse las promesas en el surco más profundo y en el corazón más quebrantado.”
Y en ese atardecer, bajo un cielo cobrizo, la teología dejó de ser palabras para Dan. Se hizo tierra, sudor, memoria y un brote verde en medio de la sequía. Era el ancla del alma, segura y firme, que penetraba más allá del velo, donde Jesús había entrado por nosotros. No un concepto, sino una presencia. Como el agua fresca en lo profundo del pozo, esperando.




