Biblia Sagrada

El Camino, la Verdad y la Vida

La estancia estaba cargada de un olor a cordero asado, hierbas amargas y cera de velas derretida. Un polvo tenue, levantado por sandalias inquietas, danzaba en los rayos oblicuos del sol que se colaban por la ventana alta. El aire no era pesado, sino espeso, como si las palabras dichas esa noche ya hubieran comenzado a condensarse en algo tangible y difícil de respirar.

Pedro seguía callado, hosco, mirando fijamente el pedazo de pan en su mano como si contuviera un enigma. Los otros hablaban en murmullos, pero sus voces eran sólo un zumbido de fondo para el silencio que se había instalado en el corazón de Tomás. Había visto la sombra cruzar el rostro del Maestro. No era la sombra de la fatiga, sino otra cosa, más profunda, como el anuncio de una tormenta lejana cuyo primer trueno ya se ha sentido en los huesos.

Y entonces Jesús habló. No con la voz tonante de la montaña, ni con el susurro compasivo junto al pozo. Habló con una calma que cortaba la tensión como un cuchillo afilado corta el aire.

—No se turbe vuestro corazón —dijo, y sus ojos recorrieron a cada uno, deteniéndose en Pedro, que no alzó la mirada, en Juan, cuyo joven rostro mostraba una confusión desgarradora—. Creéis en Dios; creed también en mí.

Tomás entrelazó sus dedos, ásperos por el oficio de carpintero que nunca del todo había abandonado. ¿Creer? Él creía. Había dejado todo para seguirle. Había visto el agua convertida en vino, había recogido los trozos sobrantes de cinco panes y dos peces hasta llenar doce canastas. Pero ahora el Maestro hablaba de partir, de un camino que ellos no podían seguir aún. Y ese ‘no podéis’ sonaba a puerta cerrada con llave.

—En la casa de mi Padre muchas moradas hay —continuó Jesús, y su voz tomó un tono casi doméstico, como si explicara el plano de una gran hacienda familiar—. Si no fuera así, os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

Fue entonces cuando la imagen se abrió en la mente de Tomás, inesperada y clara. No vio palacios de mármol o calles de oro, como en las viejas leyendas. Vio al Maestro, con las mangas remangadas, las manos marcadas por el trabajo, alisando la tierra de un cimiento, ajustando la jamba de una puerta, preparando… un hogar. La sencillez de la idea le golpeó. El cielo no como una conquista, sino como una preparación amorosa. Como cuando su padre, días antes de su boda, había añadido una habitación a la humilde casa de Nazareth.

Pero la tristeza era más fuerte que el consuelo. Tomás no pudo contenerse.

—Señor —dijo, y su voz sonó ronca en el silencio—, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?

Jesús se volvió hacia él. En sus ojos no había reproche por la interrupción, ni impaciencia. Había algo que parecía… alivio. Como si hubiera estado esperando esa pregunta exacta, formulada por ese corazón escéptico y leal.

—Yo soy el camino —dijo, y las palabras cayeron en la estancia no como una declaración filosófica, sino como un hecho geográfico, tan sólido como la roca sobre la que se asentaba la ciudad—. Y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí.

‘Camino, verdad, vida’. Tomás repitió las palabras en su mente. No eran títulos pomposos. Eran una identidad. Un mapa, una brújula y el destino mismo, fundidos en una sola persona. El camino no era una ruta que Él indicaba, era Él mismo andado. La verdad no era un conjunto de proposiciones, era su propio ser. La vida… Tomás pensó en Lázaro, saliendo del sepulcro con las vendas de la muerte colgando de sus miembros. Eso era. Eso era la vida.

Felipe, siempre práctico, siempre anhelando una certidumbre que pudiera tocar, se inclinó hacia adelante.

—Señor —suplicó—, muéstranos al Padre, y nos basta.

Una sonrisa triste, profundamente amorosa, se dibujó en los labios de Jesús.

—¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? —preguntó, y en la pregunta resonaba el eco de todos los días de caminatas polvorientas, de noches bajo las estrellas, de preguntas y respuestas junto al fuego—. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo, pues, dices tú: “Muéstranos al Padre”?

La habitación pareció hacerse más pequeña, más íntima. Tomás miró las manos de Jesús, aquellas manos que habían acariciado a los niños, tocado a los leprosos, partido el pan. En ellas, en la curva fatigada de sus hombros, en la paciencia infinita de su mirada, estaba el rostro del Dios Invisible. No era una teología abstracta. Era el corazón del Padre, latiendo en el Hijo. De pronto, la partida de Jesús adquirió un sentido nuevo, terrible y glorioso. Él no se iba para alejarse. Iba para abrir de par en par la puerta que siempre había estado entreabierta en su propia persona.

Y luego vino la promesa. No una promesa para después, para un futuro lejano y nebuloso. Una promesa para el ahora, para el vacío que su partida causaría.

—Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador —dijo Jesús, y la palabra ‘otro’ resonó con fuerza—, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad.

Otro. Uno igual a Él. Que no los dejaría huérfanos. Tomás sintió un escalofrío. La presencia de Jesús era tan tangible, tan concreta… ¿cómo podría ser reemplazada, suplida? Pero el Maestro no hablaba de un reemplazo. Hablaba de una presencia más íntima aún, si cabía. Una presencia que no estaría limitada por un cuerpo en un lugar, sino que moraría en ellos. En el corazón atribulado de Pedro, en la mente confusa de Felipe, en su propio espíritu incrédulo.

—El que me ama, mi palabra guardará —continuó Jesús—; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.

Morada. La misma palabra de antes. Él iba a preparar una morada allí, en la casa del Padre. Y ahora, el Padre y Él vendrían a hacer morada aquí, en la frágil y temblorosa casa del corazón humano. La geografía del cielo se volvía del revés. El destino final era también el punto de partida. Un círculo perfecto de amor y presencia.

Judas, no el Iscariote, el otro, preguntó con voz débil por qué se manifestaría a ellos y no al mundo. La respuesta fue un susurro cargado de amor: la obediencia nacida del amor sería el lugar de la manifestación. El mundo, ciego, no vería. Pero ellos, en su amor frágil y su obediencia titubeante, se convertirían en el tabernáculo donde Dios habitaría.

La conversación se fue apagando, como el fuego de las lámparas que comenzaba a consumir el último aceite. Las palabras finales flotaron en el aire, una orden y un don al mismo tiempo: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo… La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy”.

La paz. Tomás miró sus propias manos. No sentía una euforia súbita, ni una certeza inquebrantable. Sentía, sin embargo, una quietud extraña en medio del temor. Como el centro en calma de un huracán. La promesa no eliminaba la tormenta que se avecinaba, pero aseguraba un refugio en medio de ella.

Jesús se levantó. El movimiento rompió el hechizo de intimidad. Afuera, en la calle, se oyó el grito lejano de un vendedor nocturno. El mundo seguía girando, ignorante del coloquio que había tenido lugar en esa sala alta. Pero nada sería igual. Ellos lo sabían. Aunque no comprendieran del todo el camino, aunque la verdad fuera aún un destello en la penumbra, la vida, una vida de un género completamente nuevo, había sido depositada en ellos como una semilla indestructible.

—Levantaos —dijo Jesús, su voz de nuevo firme, decidida—. Vámonos de aquí.

Y Tomás, al ponerse en pie, sintió que no se llevaba sólo el recuerdo de unas palabras consoladoras. Se llevaba una persona entera como camino, una presencia futura como promesa, y una paz extraña, profundamente ajena al mundo, que comenzaba a echar raíces en el suelo pedregoso de su corazón. El miedo no se había ido. Pero ahora tenía, caminando delante de él, un antídoto.

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