Biblia Sagrada

El peso del cargo

El sol de Cesarea era distinto al de Jerusalén. Más blanco, más crudo, golpeando con indiferencia sobre las losas de mármol del pretorio y el azul desvaído del mar. Festo, apenas llevaba cinco días en la provincia, y ya el peso del cargo, denso como el aire salitroso, se le posaba en los hombros bajo la túnica bordada. Entre los rollos de gobierno que había heredado de su predecesor Félix, un asunto espinoso sobresalía: el del judío Pablo, un prisionero que olía a problemas.

No era un bandido común. Se leía en los informes: ciudadano romano, fariseo instruido, acusado de sedición y de profanar el Templo. Pero sobre todo, se leía entre líneas la tensión sorda, el rencor acumulado de los principales sacerdotes y ancianos de Jerusalén hacia este hombre. Félix, hábil y ambivalente, lo había tenido bajo custodia, esperando quizás un soborno que nunca llegó, o temiendo el tumulto. Ahora ese regalo envenenado era suyo.

Festo recibió a la delegación en una sala con altas ventanas, donde la brisa marina apenas movía los pesados cortinajes. Vinieron con toda pompa, con rostros graves y palabras aceitadas de formalidad. Pero en sus ojos ardía una urgencia feroz. Le pidieron, como concesión, que el prisionero fuera trasladado a Jerusalén.

—Allí, excelentísimo Festo —argumentó el que parecía portavoz, un hombre de barba cuidada y voz mesurada que no lograba ocultar un hilo de tensión—, la justicia podría seguir su curso con mayor celeridad. Las pruebas, los testigos, todo está en la ciudad santa.

Festo escuchó, apoyado en el respaldo de su silla, los dedos jugueteando con el sello de su anillo. No era un novato. Trasladar a un ciudadano romano a petición de una facción religiosa, en medio de una ruta montañosa propicia para emboscadas… Aquello olía a trampa. Olía a la muerte conveniente de un hombre molesto antes de llegar a su destino. Él, nuevo en el cargo, no podía permitirse ese escándalo, esa mancha de incompetencia o, peor, de complicidad.

—Pablo está custodiado aquí, en Cesarea —respondió, con una frialdad deliberada—. Y aquí me quedaré yo, sin demora. Los que entre vosotros tengan autoridad, que bajen también. Si este hombre ha cometido alguna falta, que la acusen aquí.

Fue una jugada rápida, propia de un administrador romano que quería controlar el tablero. No se dejó envolver por las sedas retóricas de Jerusalén. Los delegados intercambiaron miradas cargadas, pero inclinaron la cabeza. La formalidad del procedimiento romano era una muralla.

Así que, unos días después, Festo tomó asiento en el tribunal, con la solemnidad requerida. El prisionero fue conducido. Pablo no tenía el aspecto de un agitador peligroso. Era un hombre de estatura más bien baja, el rostro marcado por años de viajes y prisiones, pero la espalda recta. Y sus ojos… Festo notó que tenían una lucidez desconcertante, una calma que no cuadraba con la celda ni con las acusaciones.

Los acusadores se levantaron, uno tras otro, esgrimiendo cargos graves, tumultuosos. Hablaban de sedición, de ser una plaga que alborotaba a los judíos por todo el imperio, de ser cabecilla de la secta de los nazarenos. Incluso volvieron a sacar lo del Templo, la acusación de haber introducido a un gentil en el recinto sagrado. Pero era todo vago, general, una maraña de insinuaciones y odio teológico sin una prueba concreta que pudiera sostenerse ante un tribunal romano.

Pablo, por su parte, no se inmutó. Cuando le dieron la palabra, su voz no tembló, no se elevó en un grito defensivo. Habló con una claridad cortante.

—No he pecado en nada contra la ley de los judíos, ni contra el Templo, ni contra el César.

Festo, incómodo, sintió el peso político del momento. Querer granjearse la simpatía de los recién llegados a su provincia, era algo tentador. Pero ante él tenía a un ciudadano romano, acusado sin pruebas fehacientes. La justicia romana, al menos en teoría, debía ser ciega. Quizás, pensó, una solución intermedia. Una concesión a Jerusalén que no comprometiera su responsabilidad.

—¿Quieres subir a Jerusalén —preguntó, dirigiéndose a Pablo con un tono casi conciliador— y ser juzgado allí por estas acusaciones, ante mí?

El silencio que siguió fue denso. Todos los presentes comprendieron la trampa potencial. Pablo permaneció quieto por un instante, como sopesando no solo su vida, sino algo más grande. Y entonces, esa calma suya se transformó en una declaración de una fuerza sobrecogedora. No era un grito, sino un veredicto pronunciado desde una certeza absoluta.

—Estoy ante el tribunal del César, que es donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún agravio, como tú sabes perfectamente. Si soy culpable y he cometido algo que merezca la muerte, no rehúso morir. Pero si nada hay de lo que estos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. ¡APELO AL CÉSAR!

Las palabras resonaron en la sala alta, más fuertes que el rumor del mar. “¡Apelo al César!”. La fórmula legal, el último recurso de un ciudadano romano que desconfía de la justicia local. Un golpe maestro. Festo, sorprendido, se vio instantáneamente despojado de toda autoridad sobre el caso. Consultó en voz baja, rápidamente, con sus asesores legales. Murmullos en latín. La apelación era irrevocable. Pablo había dejado de ser su problema, para convertirse en un asunto del Imperio.

—Al César has apelado, al César irás —declaró Festo, y en su voz hubo más alivio que decepción. El problema se exportaba. La responsabilidad se diluía en la vasta maquinaria de Roma.

Pero la historia no terminó ahí. Días después, Festo recibió una visita ilustre: el rey Agripa y su hermana Berenice llegaron a Cesarea para rendir honores al nuevo procurador. En el intercambio de cortesías, entre banquetes y conversaciones, Festo sacó a colación el asunto del prisionero. Le desconcertaba. Necesitaba entender, o al menos, poder redactar un informe coherente a Roma.

—Hay un hombre —le dijo a Agripa, en el fresco del atardecer, paseando por una galería con vistas al puerto—, dejado aquí preso por Félix. Un tal Pablo. Los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos me pidieron sentencia contra él cuando estuve en Jerusalén. Les respondí lo acostumbrado: que no es costumbre de los romanos entregar a un hombre antes de que el acusado tenga frente a sí a sus acusadores y pueda defenderse de la acusación.

Agripa, un hombre conocedor de las costumbres judías, escuchó con interés. Y una curiosidad genuina, no solo política, se encendió en él.

—Yo mismo quisiera oír a ese hombre —dijo.

—Mañana lo oirás —respondió Festo, satisfecho. Al día siguiente, transformaron la gran sala de audiencias en un escenario casi teatral. Entraron con toda pompa: Agripa y Berenice, con el esplendor de su estatus real, los comandantes militares y los hombres principales de la ciudad. Y en medio de tanta magnificencia, hicieron entrar a Pablo, todavía con las cadenas.

Festo tomó la palabra, dirigiéndose a Agripa y a todos los presentes con un discurso lleno de una retórica propia de un romano pragmático.

—Rey Agripa, y todos vosotros, hombres aquí presentes: Veis a este hombre, por quien toda la multitud de los judíos me ha demandado, tanto en Jerusalén como aquí, gritando que no debe vivir ya más. Pero yo, hallando que no había cometido nada digno de muerte, y habiendo él mismo apelado al Augusto, he determinado enviarlo. Pero como no tengo nada cierto que escribir al señor, lo he sacado ante vosotros, y principalmente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarlo, tenga yo algo que escribir. Porque me parece absurdo enviar un preso sin especificar los cargos que hay contra él.

Era la confesión de una perplejidad administrativa. Festo no entendía el núcleo del conflicto, solo veía su superficie legal y política. Agripa asintió, serio, y luego se volvió hacia el hombre encadenado en el centro de la sala.

—Se te permite hablar por ti mismo.

Pablo entonces alzó la mano, no con súplica, sino con la dignidad de un embajador. Las cadenas sonaron levemente. Y comenzó a hablar. No solo se defendió. Habló de su vida farisea, de su celo, de un camino a Damasco, de una luz y una voz que lo trastornó todo. Habló de resurrección, de esperanza, de un Mesías que padeció y fue el primero en resucitar. No era una defensa legal; era un testimonio. Una proclamación.

Festo lo escuchaba, y su desconcierto crecía. Los conceptos judíos, la fe en un resucitado, le sonaban a delirio. Cuando Pablo, llevado por la fuerza de su relato, dirigió una pregunta directa al rey Agripa, preguntándole si creía en los profetas, Festo no pudo contenerse más. Su mente romana, acostumbrada a hechos tangibles y leyes escritas, se rebeló contra aquel torrente de convicción mística.

—¡Estás loco, Pablo! —exclamó, su voz cortando el clima solemne que se había creado—. ¡Las muchas letras te vuelven loco!

Pero Pablo, con una paz que parecía inalterable, volvió su mirada hacia él, y luego hacia Agripa.

—No estoy loco, excelentísimo Festo; sino que hablo palabras de verdad y de cordura. Pues el rey, delante de quien hablo con confianza, está enterado de estas cosas, porque no creo que ignore ninguna de ellas, pues esto no se ha hecho en un rincón. ¿Crees, rey Agripa, en los profetas? Sé que crees.

Agripa, puesto en evidencia, casi jugueteando con la tensión, respondió con una ironía velada:

—Por poco me persuades a hacerme cristiano.

Y Pablo, con esa mezcla de humildad y firmeza que lo caracterizaba, concluyó:

—¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, llegaseis a ser tal como yo soy, excepto estas cadenas!

El rey, el gobernador, Berenice, los oficiales, se levantaron. La audiencia había terminado. Salieron y, entre ellos, comentaban en voz baja.

—Este hombre no ha hecho nada digno de muerte o de prisión —concluyó Agripa, dirigiéndose a Festo.

Y Festo, al fin, tuvo algo concreto que escribir. No eran cargos legales, sino el veredicto de un rey cliente de Roma. Un prisionero que era un enigma teológico, un ciudadano romano que apelaba a César por miedo a una justicia parcial, y un gobernador que, entre el mármol y la brisa salina de Cesarea, solo logró entender que a veces, los hombres se mueven por razones que escapan por completo a los decretos del Imperio. Pablo iba a Roma. Su viaje, y su testimonio, continuarían. El mar, afuera, seguía su ritmo indiferente, llevando y trayendo barcos, ignorante del hombre encadenado que pronto navegaría sus aguas para cambiar, sin saberlo él mismo, el curso de muchas cosas.

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